Alerta antiislamista

Hace 1 día 1

¿A qué teme la izquierda cuando declara una "alerta antifascista"? ¿Teme que las minorías pierdan derechos, que nos apaleen por la calle, que nos impidan votar o tomar nuestras propias decisiones, incluida la forma de vestir o con quién nos acostamos? No he escuchado a ninguno de los partidos españoles calificados de fascistas —el PP, Ciudadanos (que en paz descanse), Vox…— proponer nada semejante. ¿Está de verdad justificado ese miedo?

Puedo comprender que teman un cambio en lo que se considera correcto o incorrecto, o que vuelva a valorarse positivamente que una mujer no lleve minifalda; algo que la propia izquierda ya trató de normalizar cuando Ione Belarra animaba a las mujeres a no vestir primorosas. Pero ¿cuál es el miedo? ¿Están los votantes del PP cometiendo atentados? ¿Ha defendido alguien que el feminismo ha ido demasiado lejos al permitir que las mujeres estudien en la universidad? ¿Se ha propuesto cerrar las fronteras a todos los inmigrantes o segregar los espacios según el color de la piel? No son mensajes que esté escuchando de ellos. Si ellos representan el fascismo en España, parece un fascismo extraordinariamente amable.

Sí que escucho mensajes de esa naturaleza procedentes de determinados movimientos religiosos que conviven con nosotros, sin que la izquierda active ante ellos una alarma comparable. Apenas pasa una semana sin que conozcamos un atentado o una agresión cometidos en nombre de una religión cuyo profeta ni siquiera puede ser representado sin exponerse a amenazas de muerte. En apenas tres días, Europa asistió a dos ataques dirigidos contra algunos de los colectivos que la izquierda afirma proteger con mayor determinación: en Berlín, un extremista islamista vinculado al Estado Islámico embistió con una furgoneta a los asistentes al Orgullo y atacó después con un cuchillo, dejando una mujer muerta y veintinueve heridos; en París, otro hombre apuñaló a tres mujeres —una de ellas embarazada— mientras afirmaba que Alá se lo había ordenado.

Ante estos hechos, la reacción más reveladora por parte de los representantes de la izquierda llegó durante la vigilia de Berlín, cuando la cantante Nyya reconoció que su primer pensamiento había sido: "Ojalá no sea un 'kanake'; ojalá sea una persona blanca y cristiana". La frase resume la contradicción y el delirio identitario en el que está inmerso Occidente: incluso cuando el extremismo islamista agrede a homosexuales y mujeres, la preocupación de la izquierda no es la naturaleza de la amenaza, sino las consecuencias que la identidad del agresor pueda tener para su relato político. El problema no es la violencia, sino quién la ejerce y si puede ser señalado sin alterar la jerarquía moral de víctimas y opresores sobre la que descansa ese relato.

También resulta paradójico que quienes reciben un trato menos hostil por parte del islamismo sean precisamente los hombres blancos, heterosexuales, cristianos y "patriarcales" que la izquierda presenta como sus grandes enemigos históricos. Los supuestos fascistas contra los que se proclama la alerta permanente son, curiosamente, quienes menos motivos tienen para temer al islamismo. Es más, bajo un régimen islamista, esos hombres malvados podrían intercambiar mujeres como mercancía y obligarlas a obedecer, deberían estar encantados en vez de resistirse a tan progresista cambio estructural.

Conviene recordar que en la gramática de la izquierda posmoderna, una minoría no se define por su peso demográfico, sino por el lugar que ocupa en el relato político. Lo decisivo no es cuántos integran un grupo, sino si puede ser presentado como excluido, agraviado o víctima del sistema. Por eso las mujeres, pese a constituir la mitad de la población, siguen siendo tratadas como una minoría cuando el análisis se formula en términos de poder.

La palabra "minoría" ya no designa a un grupo pequeño, sino a un colectivo investido de autoridad moral y convertido en fuente de legitimidad política. Lo que la izquierda teme perder no son los derechos de quienes dice proteger, sino su voto, el poder que este le proporciona y los recursos económicos que lleva aparejados. Y cuando la seguridad esté realmente en peligro, las mujeres, los homosexuales y los inmigrantes acudirán a los partidos dispuestos a tomar medidas. La izquierda no teme al "fascismo"; teme perder el poder que le otorgan con su voto aquellos a quienes finge proteger.

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