
Las palabras tienen sabor a excomunión: “el papel moral de Estados Unidos en la lucha contra el mal en el mundo y en la construcción de una paz justa ha quedado reducido a categorías partidistas que fomentan la polarización y políticas destructivas”. La Iglesia de León XIV no deja margen a la ambigüedad.
Tres cardenales muy próximos al Papa —Blaise Cupich, Robert McElroy y Joseph William Tobin—, arzobispos de Chicago (la ciudad natal de Prevost), Washington y Newark, respectivamente, condenan con una dureza inédita las políticas de Donald Trump.
En especial, tras la operación militar en Venezuela que condujo a la captura del expresidente Nicolás Maduro. Y ante las amenazas que ponen en cuestión la soberanía de Groenlandia, hechos que —escriben— “han planteado interrogantes fundamentales sobre el uso de la fuerza militar y sobre el verdadero significado de la paz”.
Que no se trata de una posición aislada lo demuestra el hecho de que el comunicado haya sido difundido por L’Osservatore Romano y por Vatican News, los órganos oficiales del Vaticano.
El trasfondo es el discurso pronunciado por León XIV ante el cuerpo diplomático el pasado 9 de enero, cuando denunció la ligereza de quienes “invaden fronteras mediante el uso de la fuerza”.
Preámbulo
León XIV pronunció el 9 de enero ante el cuerpo diplomático un discurso en el que denunciaba a quienes “invaden fronteras mediante el uso de la fuerza”
Los cardenales estadounidenses aseguran inspirarse directamente en esas posiciones del Pontífice, que —afirman— “nos ha proporcionado una brújula ética duradera para definir el rumbo de la política exterior estadounidense en los próximos años”.
A partir de esas palabras, los purpurados añaden: “Debemos aplicar sus enseñanzas a la conducta de nuestra nación y de sus dirigentes. No podemos permanecer inertes mientras se toman decisiones que condenan a millones de personas a vivir atrapadas para siempre en los márgenes de la existencia. La acción militar debe considerarse solo como último recurso en situaciones extremas, no como un instrumento habitual de la política nacional”.
Trump, en definitiva, se encontrará con un obstáculo: “En los próximos meses predicaremos, enseñaremos y nos comprometeremos para hacer posible ese nivel más alto de responsabilidad que nos pide el Papa”.
La Iglesia estadounidense, sin embargo, no es ajena a la polarización que Prevost ha señalado como uno de los males de nuestro tiempo. La prueba de esa fractura es que el documento no ha sido firmado por el presidente de la Conferencia Episcopal, Paul S. Coakley, quien hace apenas unos días fue recibido en la Casa Blanca por Donald Trump y por el vicepresidente JD Vance, católico converso.

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