‘Casados a primera vista’: bodas de cuento de hadas, divorcios de película de terror

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Aunque parezca datar de las primera épocas de Cuatro y La Sexta, Casados a primera vista es posterior a los años dorados de los dating show (Quién quiere casarse con mi hijo, Granjero busca esposa, I love Escassi, Un príncipe para Corina). Su primera edición fue hace apenas 10 años y, tras cuatro ediciones en Antena 3, pasa ahora a Telecinco. La premisa se mantiene: “tres expertos” (sic) hacen un test de compatibilidad entre personas anónimas y eligen a parejas que podrían enamorarse a primera vista. La condición sine qua non es casarse en televisión, probablemente sin papeles de por medio (no como en anteriores ediciones donde la boda se hacía en otro país).

Sin el interés que provocarían los calamitosos divorcios tras unas impulsivas bodas por bienes gananciales, las parejas se dan (o no) el sí quiero en presencia de los familiares y amigos con más tragaderas y más ganas de salir en televisión. La primera diferencia respecto a la versión de Antena 3 es la homogeneidad de los participantes. Todos están en torno a la treintena y todas las parejas son caucásicas (con una fuerte presencia de andaluces) y heterosexuales. En anteriores ediciones, además, no primó tanto la buena presencia. Es innegable que en 2026 los retoques estéticos están al alcance de los bolsillos de muchísimos españoles, pero sorprende que nadie en televisión parezca haberse conformado con la cara y la dentadura con la que nació. Por mor de la diversidad, Telecinco también ha admitido a algunos participantes que no parecen tener retoque alguno.

En el apartado estético, esta entrega bebe de tres fuentes: la cadena china Shein y los catálogos de bodas del 2018, y las webs de escorts en Dubái. Con estos tres referentes de plena actualidad, Casados a primera vista abandona definitivamente el estilo de los 2000 (Princesas de barrio, Next, El diario de Patricia) para abrazar con entusiasmo los tonos beige y las bombillas Edison.

Para presentarnos a los novios y las novias, se organiza una suerte de despedida de solteros y solteras en la que podemos conocer un poco del pasado y presente de cada uno de ellos. “Es una gran oportunidad casarme con un hombre al que no conozco”, dice sin un atisbo de ironía una de las participantes. El bufé libre de lugares comunes sobre la vida y el amor no se hace esperar; quieren historias de cuentos de hadas, idilios de película, mariposas en el estómago, música de orquesta. Quieren estar enamorados, no amar. “Quiero una mujer bajita”, dice uno.

Ellas se abren más que ellos. Ellas, por ende, también critican más, al menos según el montaje. Varios contrayentes vienen con niño incluido. Ya se lo comentarán a la pareja después de la boda. Y a sus niños ya se lo explicarán los compañeros del colegio cualquier día de estos.

Ana, de Torremolinos, perdió a su marido en un accidente de tráfico (ya lo contó en Hay una cosa que te quiero decir) y busca una nueva ilusión y un padre para sus dos hijos. ¿Qué mejor manera de superar un trauma que ir a un reality a exponerse a las chanzas de cientos de miles de desconocidos? Luija solo ha tenido un par de relaciones (y le ha sido infiel unas cuantas veces a una de ellas), es aficionado a la aventura, y es de Málaga. Por lo menos viven cerca, así que tan desencaminados no están los expertos.

Ainhoa es de Madrid y se define como “pija de barrio” (que es como ser un pez soluble), mientras que Marc vive en Barcelona, pero es de Andorra (afirmación que hace que la familia de Ainhoa asienta deleitada). “Al besarla me he empalmado un poco”, afirma Marc tras la boda. Ainhoa sale del metro de vestida de boda y pasea por la Gran Vía madrileña como si estuviera en la cabecera de Sexo en Nueva York. Marc llega en una moto reluciente que aparca frente a una alfombra roja. De su familia, solo su horrorizada madre ha aceptado ir. Marc y Ainhoa quieren un amor de película, pero no especifican si esa película es de Nora Ephron o de Park Chan-wook. Tendrán suerte si se queda en una de Danny de Vito (en concreto La guerra de los Rose).

Al ver a Ana y Ainhoa elegir vestido entre al menos tres opciones (poco presupuesto para esta edición) nos queda claro que han ido allí a que las pongan guapas y las vistan de novia gratis. Y sospecho que con el resto de las participantes va a ser igual. El vestido, el maquillaje, el peinado, el entorno idílico, y las fotos. En estos tiempos en los que las bodas ya duran tres días (la preboda, la boda, y la copa del día después) y precisan mínimo dos vestidos (el de la ceremonia y el del baile) aceptar un enlace así de humilde es toda una declaración de principios.

Pero en este formato la boda es lo de menos. Lo jugoso llega después, cuando se conocen. Si tanto les gustan las películas y los cuentos de hadas, más les habría valido revisar Frozen. Si algo nos enseñó esa película es que casarse con un desconocido es una malísima idea.

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