La cesta de la compra en España ya no es solo una lista de bienes básicos. El Instituto Nacional de Estadística (INE) ha actualizado a inicios de este año la metodología para medir mejor la inflación. Esta modernización, realizada por mandato de la Comisión Europea, no solo incorpora nuevos productos y servicios, sino que también reclasifica otros ya existentes y ajusta su peso dentro del indicador con el objetivo de garantizar que el Índice de Precios al Consumo (IPC) represente mejor en qué gastan su dinero los ciudadanos. El resultado es una cesta de la compra más diversa —la última revisión fue hace cinco años—, pasando de 462 a 487 artículos. Cuando se baja al detalle, se confirma el desplazamiento hacia una economía más de servicios, con especial peso en aquellos que simplifican la vida cotidiana. Lo que hace una década era marginal, como las suscripciones a plataformas, la entrega a domicilio, la comida preparada o las bebidas vegetales, ahora gana visibilidad y entra de lleno en los presupuestos familiares.
En el centro del cambio destaca la irrupción de servicios que definen la vida urbana contemporánea. Por primera vez, el INE otorga entidad estadística a los servicios de repartidores como Glovo, incorporando al índice el coste del envío de comida a domicilio y de entregas del supermercado. Es una respuesta directa al auge de las compras en línea que no se contemplaba en la base anterior.
La nueva metodología reorganiza el ocio con una subclase dedicada solo a las suscripciones a plataformas de contenido en streaming. Aunque la emisión de música y cine existía en la base anterior de 2021, estaba dispersa en otras categorías de soportes de grabación o cuotas de televisión. Ahora, el gasto en Netflix o Spotify se mide de forma independiente, lo que refleja su estatus de servicio básico para el consumidor moderno. El turismo también refleja cambios importantes con la incorporación a la estadística de las autocaravanas y remolques en la categoría de “grandes equipos duraderos para fines recreativos”.
En alimentación, la reestructuración demuestra el peso que han ganado en los últimos años las comidas preparadas, que adquieren su propia categoría. En ella se incorporan las pizzas y quiches —que en la metodología previa estaban en el grupo de cereales—, las croquetas listas para consumir, cremas, purés y demás platos listos para su ingesta con independencia de su composición.
La actualización también modifica toda la gama de bebidas. La cerveza con limón —incluidos formatos como Shandy o Radler— aparece de forma explícita en la nueva lista del INE. A este producto se suman el tinto de verano y la sangría, que ganan peso propio. En el ámbito no alcohólico, el mosto y las bebidas energéticas o isotónicas dejan de agruparse con los refrescos y pasan a tener su propia categoría, lo que permite seguir mejor su evolución de precios y demuestra su penetración en los hogares españoles. Las bebidas vegetales también se separan de los lácteos y obtienen una subclase propia, señal de que han dejado de ser marginales.
En la nueva base del INE se integran algunos de los productos que cobraron relevancia durante la pandemia y que ahora se usan de forma cotidiana, como los geles hidroalcohólicos y líquidos antisépticos para manos. Además, aparecen por primera vez los anticonceptivos no orales, como pueden ser los preservativos (aunque no aparecen con ese nombre).
El vestuario, por su parte, simplifica la segmentación por edades, con una excepción para bebés menores de dos años. Desaparece además toda la categoría dedicada a los artículos de mercería, donde hasta la última revisión se incluían las corbatas, bufandas, sombreros o gorras. Su desaparición indica una pérdida de relevancia dentro del consumo actual, ya que, según los criterios del INE, para que un bien o servicio figure en las subclases del IPC, debe suponer al menos el 0,3% del gasto total de los hogares. Las que no superan esta tasa no se consideran en el cálculo de la inflación.
Para entender cómo han evolucionado los hábitos de consumo en España, no basta con fijarse en qué productos entran o salen de la cesta del IPC. La clave está en el peso que tiene cada grupo dentro del índice, es decir, cuánto influye en el cálculo de la inflación. Para ello el INE utiliza las ponderaciones. Una vez más, se observa que el protagonismo ha ido desplazándose de los bienes hacia los servicios.
En 2026, la alimentación y las bebidas no alcohólicas siguen ocupando la primera posición, con un 17,4% del gasto, pero muy cerca ya se sitúan los restaurantes y los servicios de alojamiento, que alcanzan el 17%. El transporte y la vivienda ―que incluye el alquiler de la vivienda habitual y los gastos derivados de su uso, como agua, electricidad o gas― completan los grandes pilares del índice.
Estas ponderaciones se actualizan cada año a partir de fuentes como la Encuesta de Presupuestos Familiares, lo que permite que el IPC se adapte a los cambios en los hábitos de la población. El INE ha incorporado además técnicas como el web scraping —un método para captar precios directamente de internet— y el uso de datos de ventas de las empresas, lo que mejora la precisión de la información.

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