De pasar hambre a amasar 100 millones: el éxito de Antonio Banderas

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Hay una fecha, entre otras que abriguen su memoria, que Antonio Banderas no olvidará nunca: la del 3 de agosto de 1980, cuando dejó su Málaga natal, se plantó en Madrid en busca de fortuna como actor, pasó días en los que sólo se había alimentado con una lata de sardinas, hasta que, aguantando carros y carretas, pudo superar aquella ingrata etapa. Gracias a su cordura, ha sabido siempre mostrarse sencillo, sin innecesarios alardes. Y hoy, aquel joven algo golfo, que conquistaba jovencitas, teniendo sólo unos pocos duros en los bolsillos, ha logrado una fortuna de 100 millones de euros. Los ha ganado limpiamente, gracias a su enorme talento, en el cine y en los negocios.

Su madre le cosió los bolsillos del pantalón

Aquel día veraniego mentado al principio, Antonio se despidió de sus padres entre lágrimas. Antes de tomar el tren hacia Madrid para iniciar su difícil conquista de triunfar como actor, sin conocer a nadie en la capital, doña Ana, su madre, que era maestra, le cosió los bolsillos de sus pantalones para que nadie le robara las 15.000 pesetas que pudo darle para sus gastos. Serían insuficientes. Pues aunque se hospedó en una modesta pensión, aquel dinero le duró apenas unas pocas semanas. Se alimentaba a base de latas de conserva, o de bocadillos de calamares. Más de una noche su estómago le hacía cosquillas: no había ingerido nada sólido.

Iba ya a volverse a Málaga con el billete de tren comprado, cuando quiso despedirse de algunos colegas en el bar del Teatro María Guerrero. Esa noche cambió su suerte, al encontrarse con una de las hijas de Nuria Espert, Alicia Moreno. Encontró Antonio, gracias a ella, un papel en La hija del aire, drama lorquiano. Ya no pasó más hambre. Se haría rico años después ya instalado en el dorado Hollywood. Sus películas con Almodóvar, algo lo ayudaron para ser más conocido.

Ha sabido diversificar sus negocios

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Otros hubieran dilapidado aquellos primeros miles de dólares, pero Antonio Banderas supo ahorrar y en su momento, ya con un sólido patrimonio, pudo llegar a cuanto hoy posee. Y eso que su divorcio de Ana Leza, su primera esposa, le costó un pico. Y una cantidad desorbitada el de su segunda, Melanie Griffith.

Entre lo que tenía que desprenderse para dárselo a ella, según dictamen judicial más el estado anímico en que se encontraba por el amor que aún sentía hacia ella, le dio por refugiarse en el trabajo: en un año rodó nada menos que ¡siete películas! Pero le quedaba todavía, amén de cuanto se embolsó por ellas, 'mucha pasta en el bote', como para mantener su apartamento neoyorquino, las viviendas de su propiedad en Málaga, Marbella y Madrid, más todo ese imperio teatral que tiene montado en la capital de la Costa del Sol, su patria chica. Ya saben: el Teatro del Soho CaixaBank, y los restaurantes aledaños. Si sus producciones musicales no le producen ganancias como él ha demostrado, gana en prestigio y en generosidad con sus paisanos. Así es más feliz, aunque por otra parte sigue obteniendo ingresos con los proyectos cinematográficos que su agente americano le sugiere periódicamente.

El infarto sufrido en 2017 durante su época londinense, le abrió los ojos: "Aprendí a manejar lo que es el éxito, que no es ni la fama ni el dinero sino poder elegir lo que uno quiere, como quiere y con la gente que quiere".

Como es natural, detrás de esos millonarios negocios, tiene a quien los administra: nadie mejor y más cercano que su hermano Javier. No es la primera vez que desalmados y sinvergüenzas personajes se han aprovechado de quienes les han encomendado llevar las cuentas de sus bienes, para luego lucrarse y dejarlos casi en cueros. A la memoria me viene el caso del cantante Leonard Cohen o el del querido Luis del Olmo.

Antonio Banderas es, en definitiva, un triunfador, desde hace tiempo, en todos los sentidos. En dinero, prestigio, ser admirado, querido y viviendo en España, envidiado. Si no, cómo es que hace unas semanas a un imbécil y desequilibrado se le ocurrió difundir la especie de que estaba arruinado. Ganas de hacer daño a un personaje extraordinario.

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