Desafío humanitario y diplomático

Hace 1 día 3

La llegada de miles de personas por mar a Ceuta procedentes de territorio marroquí plantea una emergencia humanitaria y al mismo tiempo un desafío político para España. Quienes cruzan la frontera lo hacen sorteando a nado un espigón y poniendo en peligro su integridad física y vida. Al menos 18 murieron este jueves. La ciudad autónoma ha revivido las imágenes de hace cinco años, cuando en un día alcanzaron la playa ceutí 5.000 jóvenes con un trasfondo de tensiones bilaterales. La inusitada afluencia de inmigrantes desde hace una semana obliga a poner todos los medios posibles para la acogida en las mejores condiciones de los recién llegados y una máxima cooperación entre las administraciones —autonómica, estatal y europea— para reforzar las capacidades locales ante esta situación que ya las desborda. Teniendo en cuenta los antecedentes, esta crisis exige sobre todo garantizar la máxima confianza entre países vecinos y evitar que la inmigración sea utilizada como medida de presión diplomática, como ya ha sucedido otras veces con Marruecos.

No son nuevos los repuntes en la entrada de inmigrantes, ni tampoco es la primera vez en la que ciudadanos marroquíes saltan al agua o caminan por escarpados espigones mientras la policía de su país mira hacia otro lado. Pero esta llegada masiva, más grave que las anteriores, no ocurre en el vacío. La pobreza y la falta de expectativas entre una parte de la juventud de Marruecos es una explicación, pero no la única. El Tribunal Supremo sentenció hace tres semanas que es admisible el rechazo inmediato de quienes acaban de cruzarla irregularmente la frontera cuando estos inmigrantes hayan entrado en España superando una valla u otro “elemento de contención”. Pero no si llegan por una zona sin vallas, como el mar.

No obstante, sería erróneo explicar esta crisis por una decisión judicial o por las condiciones socioeconómicas de los migrantes. El núcleo es otro: la tolerancia de las autoridades de este país ante las salidas irregulares hacia un territorio autónomo español que Rabat reclama como propio. Si el Gobierno marroquí no hace nada por disipar esta impresión, inevitablemente fomentará la sospecha de que, como hace cinco años, usa a los inmigrantes para coaccionar a un país vecino y amigo. La tensión en Ceuta llega cuando Pedro Sánchez acababa de viajar a Argelia, rival regional del reino alauí. Coincide con la resolución del contencioso entre Madrid y Londres por Gibraltar, donde Marruecos podría ver un paralelismo con Ceuta y Melilla, e incluso con una discusión más discreta sobre la sede de la final del Mundial de 2030, organizado junto a España y Portugal.

Cualquier tentación de volver a usar la inmigración como medio de presión es inaceptable. Sin una solución que preserve el respeto escrupuloso de los derechos de los inmigrantes y a la vez restablezca el control de la frontera, el riesgo es que se abone el terreno para que los xenófobos jueguen a la confusión. España puede exhibir un éxito indudable en la última regularización de inmigrantes que viven y trabajan en este país, y debe preservarlo. Lo que sucede en Ceuta es un problema muy diferente y el peligro sería que, además de forzar al Gobierno español a modificar sus posiciones diplomáticas, estos hechos dañen la convivencia en los territorios autónomos y sean combustible para la extrema derecha. “El respeto a las fronteras mutuas es la base sobre la que se construye la vecindad de países amigos y las relaciones fructíferas para ambos”, dijo Sánchez, que este viernes viajará a Ceuta, durante la crisis de 2021, y este llamamiento sigue siendo tan válido hoy como entonces.

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