Para ser un presidente que siempre alardeó de ser el primero en décadas en no iniciar ninguna guerra durante su primer mandato, parece que Donald Trump le ha cogido gusto al gatillo en este segundo. Sin embargo, cuando se miran ambos periodos con un poco de distancia, se ve que, aunque la intensidad ha aumentado en justa correspondencia con la confianza en sí mismo de Trump como presidente y seguramente con la sensación de que Dios lo salvó de su atentado por una razón, los tres ataques que ha llevado a cabo hasta ahora tampoco se diferencian tanto del asesinato de Qasem Soleimani en su primer mandato, que podía considerarse como un ensayo general antes del estreno.
¿Cómo hace Trump la guerra? ¿Cuál es la doctrina Trump, por llamarlo de algún modo? En primer lugar, la defensa sin ambages ni concesiones de cara a la galería internacional de los intereses de su país. A Trump le da igual la ONU, le damos igual sus "socios" europeos y pasa de qué digan británicos, canadienses o australianos. El único socio al que parece prestar oídos de verdad es Israel, que por otra parte parece el único con un Ejército capaz de ayudar al Tío Sam, como estamos viendo en Irán. Pero incluso en ese caso impone sus condiciones en la forma de ejecutar la guerra y en la decisión de cuándo termina, que es simplemente cuando Trump lo decida. Lo vimos el verano pasado, cuando tras el bombardeo de las instalaciones nucleares de Fordow declaró finalizadas las hostilidades contra Irán que había arrancado Israel días antes y que el Estado hebreo pretendía continuar. Y Netanyahu tuvo que tragar, pese a saber que era un error, como hemos visto ahora que han tenido que volver a atacar para terminar lo empezado.
¿Andrés cómo hace esa guerra? Pues haciendo en muchos casos lo contrario a lo que hizo el Gobierno Bush en Irak, una invasión a la que Trump se opuso en su día. Los ataques van dirigidos primero a la cúpula, sean los ayatolás o Maduro, pero sin tropas sobre el terreno ni costosos planes de construcción nacional para después de la guerra. Los cambios de régimen son bienvenidos y a largo plazo seguramente necesarios, pero no son el objetivo ni empeña fondos ni vidas humanas en perseguirlos. Prefiere opciones más limitadas como bombardeos u operaciones quirúrgicas de fuerzas especiales, de las que además se jacta públicamente como aviso a navegantes. Siempre está dispuesto a negociar, pero si las reuniones se dilatan y no ve voluntad de acuerdo, atacará mientras sus enemigos creen que lo tienen maniatado en la mesa. Eso sí, militarmente arriesga lo mínimo posible para lograr sus objetivos.
¿Y cuáles son esos objetivos? Pues esencialmente plantar cara a China, que fue el país que identificó durante su primer mandato como el gran rival geopolítico de Estados Unidos durante las próximas décadas. Lo demás es una distracción. Por eso ha atacado a Venezuela e Irán y está presionando a la dictadura cubana, los regímenes más afines a Pekín que no son potencias nucleares. Su actualización de la doctrina Monroe, que dicta que ningún país que no sea americano debe meter las narices en el continente, va también dirigida contra la influencia de China. Su empeño con Groenlandia también es debido a su deseo de que sea Estados Unidos y no el Partido Comunista Chino quien tenga el control del Ártico.
Esto no quiere decir que a Trump no le importen las vidas de venezolanos, cubanos o iraníes; simplemente que su liberación no es nunca su principal objetivo. Que dejen de ser amenazas para Estados Unidos y dejar a China con los menos aliados posibles sí lo es. Y está convencido que para lograr estos fines le basta con los medios que está empleando. Sí, posiblemente Venezuela y Cuba acaben teniendo una transición democrática e Irán no. Pero si a Trump le parece bien un terrorista del ISIS reconvertido como dictador en Siria siempre y cuando no le toque las narices, tampoco le parecerá mal que Irán siga siendo una dictadura siempre que el nuevo ayatolá acepte quedarse quietecito dentro de sus fronteras. No es lo ideal, pero Trump no es ni ha sido nunca idealista.
Naturalmente, quien quiera seguir convencido de que es tonto y no sabe lo que hace lo seguirá pensando. Pero oye, que el tonto se ha quitado de en medio a Maduro en enero, a Jamenei en febrero y quién sabe si a Miguel Díaz-Canel cualquier día de estos. Problemas para Estados Unidos que llevaban sin resolver desde hace décadas. Yo quiero más tontos así.

Hace 20 horas
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