La noticia del malestar ciudadano contra la restauración de las gárgolas del Hostal dos Reis Católicos en la compostelana Praza do Obradoiro dio esta primavera la vuelta al mundo, y cayó como un jarro de agua helada sobre el arquitecto responsable del Plan Director contratado por Turespaña, Fernando Cobos. Este martes el especialista en patrimonio acudió a Santiago invitado por el Colegio de Arquitectos de Galicia (COAG), y después de defender su polémica intervención como la más eficaz para solucionar los problemas generados por una lluvia “cada vez más torrencial”, se despachó contra los críticos y los medios que se hicieron eco. Y se detuvo un buen rato en la gárgola que, sin duda, concentra más miradas que ninguna otra: aquella que representa a un hombre agachado que vierte el agua por el ano. Una vez ensartado en esta escultura el tubo metálico, o “lanza”, propuesto por el estudio vallisoletano de Cobos, esta imagen se convirtió en el foco de una polémica que ha obligado a la Consellería de Cultura de la Xunta a decir que se estudiarán otras alternativas. El malestar había crecido entre los compostelanos, y varios colectivos vecinales, junto con Apatrigal (Asociación para a Defensa do Patrimonio Cultural Galego), elevaron su queja hasta el Icomos (Consejo Internacional de Monumentos y Sitios) en España, del que también es asesor Cobos.
En su conferencia en el COAG, en presencia sobre todo de arquitectos y en un acto al que había que acudir con invitación, Cobos, que iba hablando mientras se sucedían las imágenes en la pantalla, optó por redoblar su apuesta: bromeó (montaje de IA con trompeta y gárgola mediante) con convertir la figura que los vecinos dicen “sodomizada” en un “maravilloso culo trompetero”. Es decir, al estilo de (y aquí también fue profuso en fotografías) las representaciones medievales en las que aparecían hombres soplando flautas y trompas con el ano. Mientras él hablaba, iban apareciendo antiguos manuscritos iluminados y hasta El Jardín de las Delicias de El Bosco, donde también hay un personaje que toca una melodía con la misma ardua técnica instrumental. “Pongámosle una trompeta”, clamó el director de la restauración del parador de Santiago. Y el foro para el que hablaba rió. En el turno de debate no hubo mayor comentario crítico que el de Benxamín Vázquez, estudioso de las gárgolas de Santiago, que le pidió al arquitecto “respeto para el patrimonio” y dio su opinión: “estas lanzas son agresivas, excesivas”. Otro asistente al acto alabó el trabajo restaurador del ponente, pero luego le recordó al arquitecto que “la polémica es enriquecedora y nos demuestra que la ciudad ama su patrimonio”. Y además, le afeó: “el patrimonio es un bien público”, no hubiera estado mal “informar a la gente”, “tenemos la obligación que explicar las intervenciones”.
Por lo demás, Cobos vino a Santiago de la mano del COAG (que según su director, Ángel Cid, “no tiene opinión” en este tema) para recalcar que su sistema de evacuación es la consecuencia del “más profundo estudio” histórico, documental y estructural, y que “solo desde un exhaustivo conocimiento del edificio” se pueden tomar estas decisiones. La mejor solución debe ser “la menos mala”, la que cause menos daño y la “más reversible”. “Llevar la contraria al edificio suele salir mal”, comentó, en referencia a las opciones planteadas por los críticos y entre las que se contemplan canalizaciones ocultas y bajantes para evitar las lanzas de cobre de 90 centímetros en la fachada principal del monumento y en una de las plazas más universales que tiene España.
“Ha habido polémica porque hay un culo”, zanjó en un momento de su charla sobre la restauración (de la fachada, de los patios, de la capilla) el arquitecto director de las obras del que está considerado el hotel más antiguo de España. Y enumeró algunas “alternativas a la polémica, no a la solución técnica”: Llevar las gárgolas a un museo y poner otras; poner una cadena para bajar el agua (lo cual, según él, también inspiraría jugosos titulares); o quitar los caños “y dejar que el daño nos dé la razón”, algo que no le parece “ético”.
Los tubos metálicos están calculados, expuso, en relación a la profundidad del balcón sobre el que antes vertían y al componente de los vientos que azotan el Hostal. En los próximos dos años “vamos a probar si nos quedamos cortos o largos”, anunció, y puso ejemplos de otros edificios históricos, en España o Inglaterra, donde las gárgolas también llevan caño. Los elementos de la fachada y las propias gárgolas se encontraban, antes de la intervención, “reventados”, repitió varias veces, e insistió en que la propuesta inicial de colocar caños de 84 centímetros ya la hizo Rodrigo Gil de Hontañón en 1561, y en que hay evidencias de que pudieron llegar a estar presentes en las reformas de los siglos XVII y XIX.
Pero en su exposición redujo el problema estético de su propuesta a una cuestión de percepción, algo que ya no es “tan terrible” porque en estos meses el cobre de los caños se ha oxidado y ya “no brilla”. Además, según él, los teléfonos de “los peregrinos” no tienen el zoom de las cámaras de la prensa. “Nosotros no hemos roto nada. Se puede sacar el agua por otro lado pero tiene un coste y lo va a pagar el edificio”, “si usted ve una gárgola sodomizada donde hay un caño, yo no puedo hacer mucho”, desafió. “Yo soy arquitecto, no soy psiquiatra”, abundó en referencia a quienes se pudieron llegar a escandalizar y a lo que calificó de “polémica ridícula”.

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