Empezó la tarde con escandalera, que se calmó según el orden natural de las cosas en el fútbol. Marcó Mbappé tras el descanso y Asencio añadió el segundo con un cabezazo perfecto, suficiente para serenar algo los ánimos y significar la victoria del Real Madrid sobre el Levante, último de la fila en Primera División. Una macedonia de reacciones acompañó la retirada de los jugadores. Algunos aplausos, una proporción parecida de abucheos y la desgana general de la hinchada, aunque el realizador televisivo no perdió el tiempo y emitió la imagen de dos jóvenes aficionados que portaban un cartelito con un mensaje contundente: Florentino dimisión.
Vistas las relaciones entre el Real Madrid y la Liga de Fútbol Profesional, encargada de la realización, la imagen merece interpretarse como un pellizco de monja a Florentino Pérez, de los que tanto le molestan. Aunque el ambiente se crispó al principio del partido, subrayado por la irritación del público contra el equipo, determinados jugadores y las decisiones del club, nunca derivó en plebiscito contra el presidente. Al régimen se le han abierto algunas fisuras, pero no corre el menor peligro.
Se escuchará la reacción del club a la aparición del cartel de marras en los televisores. Florentino Pérez es hipersensible a cualquier detalle que le cuestione. En términos estéticos sí tiene razones para preocuparse. Por vez primera desde la temporada 2005-2006, el Bernabéu está que trina. La hinchada no oculta su frustración y la reparte a granel. No se escucharon gritos unánimes contra el presidente, pero la pañolada y la bronca tuvo un carácter universal. No se libró ni el tato.
Enfado en la grada
Ana Beltran / ReutersEl Madrid venía del despido de Xabi Alonso, expuesto durante meses a un severo tratamiento de descrédito, y del desastre en Albacete, precedido por la derrota contra el Barça en la final de Supercopa. Demasiado forraje para el estómago del madridismo. Esta vez no existía un dique de contención institucional. El descontento de los aficionados alcanza, por lo menos circunstancialmente al nivel más alto del club, así que el personal manifestó su enfado.
En 2006, Florentino Pérez estuvo mucho más sujeto que ahora a la presión popular. Era la etapa final de los galácticos, salpimentada por unos fichajes rarísimos: Pablo García, Gravesen, Diogo y Cicinho, entre otras luminarias. El grado de desconcierto era de tal calibre que el Real Madrid terminó dirigido por López Caro. De la dirección deportiva se encargaba Benito Floro. Contra pronóstico, Florentino Pérez, duro entre los duros, desveló una mandíbula de cristal. No aguantó la presión.
Florentino Pérez es hipersensible a cualquier detalle que le cuestione
Dimitió a mitad de temporada y declaró que había sido víctima de su paternalismo con los jugadores, coartada que nadie se tragó. Un día después ya estaba arrepentido de su decisión. Tres años después regresó con su versión 2.0 de los galácticos: Cristiano Ronaldo, Kaká y Benzema. Desde entonces, el Madrid es mucho más que un club. Es un régimen con una aprobación social impresionante, sin contestación interna, pero con demasiados frentes abiertos en los últimos meses. En los dos últimos años, el Madrid transmite una sensación de aislamiento –su solitaria presencia en el proyecto Superliga es toda una metáfora– y desconcierto. Hasta el vecindario se le resiste.
Esta vez el fútbol no oculta las tensiones. En todo caso, las magnifica. Año y medio sin un trofeo que llevarse a las vitrinas, inestabilidad en el equipo, cuestionables decisiones deportivas del club, hegemonía del Barça en las competiciones nacionales, una carga, en definitiva, casi insoportable para la hinchada. Así lo expresó en el partido contra el Levante, que explotó las angustias del Madrid en el primer tiempo, pero se quebró en la segunda parte. Salió Güler, que ha soportado la etiqueta de protegido de Xabi Alonso durante toda la temporada, y cambió el rumbo del partido, pero no del ambiente. Para muestra, el cartelito de marras.

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