“Estoy superfeliz, pero, de repente, no puedo parar de llorar”. “No soy capaz de quitarme la pulsera del hospital”. La influencer María Pombo, con 3,3 millones de seguidores en Instagram, describía hace unos días en sus redes sociales cómo se sentía en los primeros días tras el nacimiento de su tercera y, según ella, última hija. Su testimonio ha generado sorpresa en parte del público y una fuerte identificación en muchas mujeres. Y es que según las especialistas en salud mental perinatal, lo que relata la creadora de contenido no es una contradicción ni una rareza, sino una experiencia frecuente en el posparto temprano.
La doctora Blanca Molins, especialista en salud mental perinatal en Tranquilamente, clínica privada en Madrid, explica que el posparto es uno de los momentos de mayor transformación neurobiológica en la vida de una mujer. “El cerebro materno no vuelve al estado previo al embarazo tras el parto. Al contrario, continúa reorganizándose para priorizar el cuidado del recién nacido”, señala. Este proceso, añade, es esencial para la supervivencia del bebé y se acompaña de cambios hormonales intensos que influyen directamente en el estado emocional de la madre.
Desde el punto de vista endocrino, Molins subraya que el parto marca una ruptura abrupta del equilibrio hormonal mantenido durante el embarazo. “Cuando nace el bebé y se expulsa la placenta, los niveles de estrógenos y progesterona caen de forma brusca”, prosigue, “los estrógenos actúan como moduladores del estado de ánimo, de modo que su descenso favorece una mayor labilidad emocional, con llanto fácil, hipersensibilidad o irritabilidad”. “La progesterona tiene un efecto ansiolítico natural, por lo que su caída puede aumentar la vulnerabilidad al estrés”, agrega.
A estos cambios se suman otras hormonas activas en el posparto. Según la especialista, la oxitocina favorece el vínculo con el bebé y la salida de la leche, mientras que la prolactina, que durante la gestación estaba parcialmente bloqueada por los estrógenos y la progesterona, estimula la lactancia y refuerza el instinto de cuidado. “Es un sistema biológico finamente ajustado para proteger al recién nacido, pero con un impacto emocional muy notable en la madre”, apunta.
Desde la práctica asistencial, Abigail Núñez de Arenas Baeza, matrona y CEO de BMUM —espacio para el bienestar y el cuidado de la salud integral de la mujer—, señala que este impacto no puede entenderse únicamente desde lo hormonal. “El posparto es también una etapa de enorme vulnerabilidad emocional”, afirma. “Aparecen miedos, inseguridades, dudas sobre la propia capacidad para maternar, cansancio extremo y una privación de sueño muy acusada”. En muchos casos, añade, “emergen vivencias emocionales pasadas que hasta ese momento habían permanecido más silenciadas”.
En este contexto, Núñez de Arenas explica que es frecuente la aparición del llamado baby blues o maternity blues. “Se trata de una reacción emocional transitoria que suele aparecer entre el tercer y el quinto día tras el parto y que puede durar hasta dos semanas. No es una enfermedad ni un trastorno psicológico”, indica. Según los datos que maneja la práctica clínica, entre el 50% y el 70% de las mujeres experimentan este estado tras dar a luz. “Como matrona lo veo a diario”, explica. “Mujeres que aman profundamente a su bebé y, al mismo tiempo, se sienten tristes, desbordadas o confusas. Esa coexistencia de emociones no es patológica”. A esta experiencia, señala, se la denomina ambivalencia afectiva: la presencia simultánea de sentimientos aparentemente opuestos como alegría y tristeza, amor y miedo o gratitud y sensación de pérdida.
Molins coincide en que estas emociones no deben interpretarse como una falta de vínculo ni como un fracaso materno. “El posparto implica también un cambio de identidad”, prosigue Núñez de Arenas, “no solo nace un bebé, nace una madre”. Y ese proceso conlleva despedidas, ajustes y duelos simbólicos, según explica. Para la matrona, sentir tristeza porque un parto pueda ser el último, como ha expresado María Pombo, “no invalida en absoluto el amor ni la felicidad por el hijo que acaba de nacer”.
Ambas especialistas subrayan la importancia de diferenciar el baby blues del inicio de una depresión posparto. Núñez de Arenas advierte que cuando la tristeza se intensifica, se prolonga más allá de las dos semanas, interfiere de forma significativa en el día a día o aparece una sensación persistente de desesperanza ya no hablamos de baby blues: “En estos casos, es fundamental la valoración por parte de un profesional”.
El entorno cercano desempeña también un papel clave en este periodo. Según Molins, los cambios emocionales del posparto pueden desconcertar si no se entienden como parte de un proceso biológico y emocional normal: “El apoyo cercano no elimina los cambios hormonales, pero sí puede amortiguar su impacto. Escuchar, acompañar y no minimizar lo que ocurre resulta, en este sentido, esencial”. Desde la mirada de la matrona, Núñez de Arenas insiste en la necesidad de acompañar sin juicio: “Decirle a una mujer que lo que siente es frecuente y esperable puede aliviar más que cualquier consejo. El baby blues no se trata: se acompaña. Y para ello es imprescindible que la mujer no esté sola y cuente con una red de apoyo real”.
Los cambios físicos y emocionales del posparto no deben entenderse como un fallo del organismo, sino como una respuesta adaptativa. “El cuerpo y el cerebro se están preparando para el vínculo y el cuidado”, explica Molins. En este sentido, la visibilización de estas experiencias por parte de figuras públicas contribuye, según la experta, a mostrar una maternidad más real y menos idealizada. Comprender lo que ocurre en el posparto temprano permite reducir la culpa, acompañar mejor a las madres y detectar a tiempo cuándo es necesario pedir ayuda profesional: “Porque el parto no es el final del proceso, sino el inicio de una transformación profunda que merece ser explicada, respetada y cuidada”.

Hace 1 día
3










English (US) ·