“¿Os imagináis vivir en Ceuta y ver vuestra ciudad así?” comienza su texto en Instagram stories la influencer María Pombo (3,5 millones de seguidores).. ¿Así cómo? ¿con gente de fuera que huye de la pobreza, de la miseria, de la desesperanza o que, simplemente, quiere mejorar su vida, ya que no vale que solo aceptemos como razón válida para migrar las grandes calamidades? De hecho, el grueso de las personas migrantes que viven en España han llegado por vía aérea y la mayoría a Madrid, ciudad que tú y yo compartimos. Entran con visado de turista y luego se quedan. Para comprender las imágenes de Ceuta antes de lanzar un mensaje así, que pueden ver millones de personas, deberíamos tener la mínima responsabilidad de comprender la realidad de la hablamos.
No obstante, me parece importante recordar que María Pombo no ha sido la única que ha leído un ejercicio de desesperación como una revancha en la que se deshumanizada y criminaliza a los migrantes. Esta forma de leer el mundo, que comparte con otras influcencers como Jessica Goicoechea, implica no ya tener cerrados los ojos a la realidad sino haber decidido cosérselos para no ver las razones por las que ocurre.

Para los africanos, por mucho que los pidan, que hagan la cola durante horas, día tras día, delante de la Embajada de España es mucho más difícil que les den visado. No es que sean una panda de masoquistas idiotas o que quieran experimentar emociones fuertes, como esos que escalan edificios altísimos sin arnés por el gusto de sentir la adrenalina. No. Nacen siendo leídos como una amenaza para el bienestar europeo pese a que por sus venas corra la sangre de los artífices del mismo.
Y no es que no cumplan los requisitos requeridos para obtener una visa. De hecho, en muchas ocasiones, se trata de estudiantes que quieren continuar formándose en centros educativos que, por estar en Occidente, expiden títulos cuya credibilidad internacional es muy superior a los de su país. Pero en esas filas, además, hay personas que quieren juntarse con sus familiares residentes aquí porque la distancia duele o que desean venir a trabajar debido a que los sueldos que ganan ahí son demasiado bajos como para tirar p’alante.
Hay muchas más categorías, pero me limitaré a citar tres que son bastante perversas: la de quienes vienen debido a que la pesca, su modus vivendi transmitido de generación en generación ha desaparecido. La presencia de grandes buques, contra los que ningún barco pequeño podría competir, les deja sin peces a base de llevarse por delante todo lo que encuentran. Esos buques, por cierto, llevan banderas de naciones ricas norteñas o de oriente
La otra sería la de aquellos que huyen de un desierto que avanza imparable como consecuencia del cambio climático generado al otro lado del Mediterráneo o del Atlántico, con sus emisiones de CO2 a tutiplén.
Cierro con la de los dictadores colaboracionistas con Europa y EEUU a los que se apoya para llegar o mantenerse en el poder a fin de que dejen a un buen precio las materias primas. Da igual si maltratan a sus ciudadanos. Los derechos humanos son patrimonio de unos cuantos.
De modo que me puedo imaginar las calamidades que han pasado porque yo he viajado y migrado, pero con un pasaporte de los que abre puertas y que, como mucho, requiere hacerse un ETA, un ESTA o un visado online o en aeropuerto de destino.
Lo que sí que no me imagino es vivir en la cara B del mundo a sabiendas de que a escasos kilómetros está la A, justo al otro lado de esa frontera dentada que separa territorios y continentes, pese a que Ceuta esté en África. La cara A dista de ser perfecta, ojo, pero hay unos mínimos que son máximos al otro lado de la valla.
Ahora bien, que quede claro que el hecho de que una de las caras de la misma moneda sea rica y la otra esté empobrecida no se debe solo a una mala gestión o a la tendencia a acumular, por decirlo suave, de la monarquía alauita, en este caso concreto. No, pensar así es dejar de lado las desigualdades históricas, perder de vista el colonialismo, no reconocer cómo Europa subdesarrolló África, cómo la esquilmaba hace décadas con el “pleno derecho” que les dio a varias naciones europeas repartirse un continente y sacar lo que había ahí, traerlo para acá e invertir ese parné en un montón de iniciativas que sirvieron para dar pasos de gigante. Ahora bien, se despreocuparon de lo que les sucedía a los desposeídos que, por culpa de la acción rapaz colona, dieron grandes pasos también pero de cangrejo. Y con el engranaje bien montado, se generó una dependencia útil y sine die. Por tanto, también se esquilma ahora, a través de acuerdos que se firman sin los flashes mediáticos y que sirven para que se forren por la sordi Estados multinacionales y expat. Estos últimos, por cierto, son los migrantes ricos y blancos a los que les cambian el nombre porque ni el significante quieren compartir, por si se les pega algo, con negros y los marrones.
Lo de tener miedo es repugnante. Más que nada porque, que sepamos, las únicas personas que han muerto (67, de momento) son las migrantes, que son los eternas prescindibles, los daños colaterales que no le importan a nadie salvo a sus familiares.
Entiendo por las palabras de estas influencers que les dan miedo los moros no porque vayan a hacer nada sino por el mero hecho de existir y también por ser pobres. Y no voy a decir eso que tanto odio de “no es racismo, es aporofobia” ya que en su caso, y en otros tantos, tengo clarísimo que son las dos cosas.
Lo de tener miedo es repugnante. Más que nada porque, que sepamos, las únicas personas que han muerto (67, de momento) son las migrantes, que son las eternas prescindibles, los daños colaterales que no le importan a nadie salvo a sus familiares.
De verdad que no me puedo creer que haya gente que piense que hay quien migra por gusto cuando a la mayoría le gustaría quedarse en su tierra y cerca de sus familiares, pero con unas condiciones dignas . Y esto lo digo como hija de un señor ecuatoguineano que llegó en el 66 de lo que, por aquel entonces, era una provincia española y que echó de menos cada día el lugar en el que le nació.
Casi nadie se muere por venir, lo que sucede, en realidad, es que debido a que se les priva de tener vías seguras por la no emisión de visados, hay personas que se mueren viniendo a un sitio en el que son culpables hasta que se demuestre lo contrario y ni siquiera nos hacemos cargo.
*Lucía Mbomío es reportera, periodista, escritora y cocreadora del proyecto Afromayores.

Hace 12 horas
1










English (US) ·