Mientras las bombas caen en Oriente Próximo, la Reserva Federal ha decidido esperar. Jerome Powell, el presidente del organismo encargado de fijar el coste de endeudamiento en Estados Unidos, ha impuesto la prudencia en la penúltima reunión de su convulso mandato, que concluye en mayo. La Fed ha decidido este miércoles mantener sin cambios, por segunda reunión consecutiva este año, los tipos de interés en una horquilla de entre el 3,75% y el 3,5% en medio de una creciente incertidumbre por la guerra de Irán. La decisión contó con el voto en contra de Stephen Miran, el exasesor económico de Trump en la Casa Blanca, que apostó por una bajada de los tipos de un cuarto de punto.
“Las implicaciones de los acontecimientos en Oriente Medio para la economía estadounidense son inciertas. El Comité está atento a los riesgos que conlleva su doble mandato”, ha señalado la Fed a través de un comunicado. El organismo ha recalcado que el panorama es “incierto”.
El banco central estadounidense ha publicado sus nuevas perspectivas. Los economistas del organismo calculan que la inflación crecerá hasta el 2,7%, tres décimas más de lo previsto en su último informe de diciembre. Por el contrario, eleva su pronóstico de crecimiento en una décima hasta el 2,4% para este año. Y mantiene la tasa de desempleo en el mismo nivel que hace tres meses, en el 4,4%.
Los 12 banqueros centrales que integran el Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC, el organismo de la Fed que decide sobre los tipos de interés) llegaban a la cita con una profunda división. Mientras la economía mundial contiene el aliento ante los crecientes problemas de suministro de petróleo por el bloqueo iraní en el estrecho de Ormuz, se amplía la brecha entre quienes opinan que no es el momento de reducir los tipos, e incluso se abren a la posibilidad de subirlos si se enquista el conflicto en Irán, y los que apuestan por ahondar en la rebaja del precio del dinero.
Con todo, el organismo encargado de dictar las políticas monetarias ha rebajado sus expectativas de recortes de tipos ante la amenaza de un rebrote de las tensiones inflacionarias. El barril de crudo se ha encarecido más de un 40% desde el inicio de los bombardeos en Teherán, hasta acariciar este miércoles los 110 dólares tras el ataque de Estados Unidos al mayor campo de gas natural del mundo, South Pars, un inmenso yacimiento que Irán comparte con Qatar. La operación amenaza con desencadenar una respuesta de Irán a otras instalaciones críticas y provocar una escalada sin precedentes en el mercado energético. La tensión en los mercados energéticos ha arrastrado a la gasolina —ha subido un 27% en Estados Unidos, el segundo mayor aumento mensual en más de 30 años— y ha sembrado el terreno para una nueva espiral inflacionaria.
La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha trastocado las perspectivas de inflación y crecimiento de la Fed. De los 19 participantes del FOMC (12 con voto y siete sin derecho a él), siete indicaron que esperaban que las tasas se mantuvieran sin cambios este año, uno más que en la última actualización de diciembre. Además, hay más resistencia para aprobar dos rebajas de tipos que la que se reflejó hace tres meses.
Fue Karl Marx quien escribió en El 18 brumario de Bonaparte que la historia se repite, primero como tragedia, luego como farsa. “El presidente de la Reserva Federal ha advertido que si la guerra del Golfo dura más de tres meses, la economía norteamericana se enfrentaría a una recesión mucho más profunda y duradera de lo que él mismo pensaba hace pocos días”. La cita, que bien podría aplicarse a Powell, corresponde a un artículo de Jesús Mota publicado por este periódico hace 35 años para reflejar la preocupación de Alan Greenspan, el legendario gobernador de la Fed entre 1987 y 2006, con motivo de la primera guerra del Golfo en 1991.
Tres décadas y media después, las preocupaciones del máximo mandatario de la Reserva Federal en aquella época guardan paralelismos con las que tiene su actual sucesor. La duración de la guerra del Golfo marcará las constantes vitales de la economía estadounidense, que ya antes de la guerra enviaba mensajes contradictorios: con una inflación persistente y un mercado laboral con síntomas de debilidad.
Los economistas, además, están preocupados por el desempeño de la economía tras la revisión del dato de crecimiento del último tramo de 2025. La oficina estadística de Estados Unidos rebajó a la mitad el PIB del cuarto trimestre, hasta el 0,7%, por el mayor impacto de los aranceles y el cierre del gobierno del pasado otoño, el más largo de la historia del país.
Las dos fuerzas contrapuestas alimentan la división en la Fed. Los votos disidentes son, también, reflejo de las presiones que está recibiendo el banco central por parte de la Casa Blanca. El presidente estadounidense, Donald Trump, lanzó el año pasado una campaña de acoso y derribo contra Powell, con insultos, menosprecios, intentos de despidos e incluso con una controvertida investigación criminal. Trump empuja para que la Fed baje los tipos de forma más agresiva para dopar a la economía antes de las elecciones de mitad de mandato de este próximo noviembre. Las encuestas no le favorecen y corre el riesgo de ver recortados sus poderes presidenciales.
El inquilino del Despacho Oval ha intentado colonizar la Fed. Ha colocado a tres de los banqueros centrales: Stephen Miran era, hasta hace unos meses, el asesor económico de Trump en la Casa Blanca; Christopher Waller fue nombrado por el republicano en su anterior mandato; y Michelle Bowman, también nombrada por Trump el año pasado. Aunque ha sido Miran la única voz discordante en esta cita, los otros dos apuestas por más rebajas a lo largo del año que el resto de banqueros centrales.

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