Todos tenemos la tendencia de examinar los momentos de la historia, los cambios sociales o políticos, desde perspectivas demasiado inmediatas, producto de la rapidez con la que se transmite la información. Los cambios siempre han marchado dependientes de la velocidad de hacer llegar una noticia al otro rincón del mundo y de su difusión y ahora lo hace a la velocidad de la luz. Pero la velocidad depende también de la ausencia de filtros académicos o periodísticos a las opiniones que se vierten por todas partes y que aparecen incluso sorpresivamente para nosotros en las pantallas de nuestros teléfonos, lo que no significa casualidad. La velocidad con la que nos llegan no nos deja tiempo para el análisis sosegado o para su evaluación, las aceptamos sin más discernimiento, sin saber que las intenciones son siempre interesadas.
Nuestros análisis y reacciones son tan inmediatos, que resulta curioso que Donald Trump llegó a su segundo mandato hace solo quince meses, le ha dado un revolcón al Globo y todos aceptamos que el mundo de hoy y de mañana es muy diferente al del último mundial de fútbol y armamos tesis ideológicas y filosóficas que abonan dicho cambio revolucionario.
En España hoy es Vox, pero hace solo ocho años era Ciudadanos y hace diez era Podemos. Clasificamos olas y tendencias que apenas puede tener un sustento social en tan corta vida y que terminarán como todas las olas gigantes pacíficamente en la playa. Hablamos del enorme cambio en los Estados Unidos, de la ola conservadora que arrasa en el país, pero es la misma nación que votó por el demócrata Biden hace cinco años de forma mayoritaria y seguramente el mismo país que rechazará a Trump en noviembre.
Con la economía ocurre lo mismo. Es cierto que la inteligencia artificial es el futuro, pero solo una parte ínfima de él. El mundo se seguirá moviendo en trenes o coches, consumiendo productos de consumo como nunca lo había hecho que necesitan de más fábricas que nunca, y la gente no deja de viajar por mucha realidad aumentada que pueda disfrutar en casa. Hablamos de la guerra del petróleo cuando menos dependencia tenemos de él desde que se descubrió. Las bolsas suben al pairo de valoraciones que tampoco tienen perspectivas históricas, suponiendo que las nuevas tecnologías generarán resultados astronómicos que pocas veces han ocurrido en la historia. Una simple duda sobre los resultados del ejercicio de las tecnológicas produciría un shock de billones de dólares en un solo día por las capitalizaciones alcanzadas.
Finalmente condenamos a Europa al ostracismo porque no ha dado una respuesta unitaria a Rusia, a Trump, a la inmigración o a la política de seguridad. La mayor parte de los analistas concluyen en la muerte de Europa, en su irrelevancia, en el auge del nacionalismo o del autoritarismo o en el fin de estado de bienestar o incluso de la democracia, basándonos en análisis que pierden la perspectiva histórica, todo por una declaración o un resultado electoral concreto.
Lo cierto es que, como señala Yasha Mounk en The people vs democracy, la fragilidad de la democracia liberal proviene de su éxito, al producir prosperidad y diversidad, ha creado grupos de insatisfechos que fomentan el resentimiento y el populismo, siendo la respuesta adecuada, no la destrucción del sistema, sino su reforzamiento.
Estoy convencido de que el mundo prefiere la libertad sobre la dictadura, la educación y la cultura a la ignorancia; que prefiere vivir en París que en Shanghái o en Madrid antes que en la boyante Addis Abeba. En conclusión, asumimos corrientes o ideas nacidas anteayer y sobre ellas construimos las teorías sobre la que se asentará el mundo del futuro, como si todo fuera tan fácil o traumático.
La integración social no era un problema hace cuarenta años. Las redes sociales no existían hace veinte años; la longevidad, gracias a los avances de la medicina de los últimos cincuenta años, está transformando las sociedades como nunca. En esta Europa pequeña y diversa se han producido más de la mitad de las guerras de la historia moderna, y la transformación del Viejo Continente desde Roma, a las corrientes bárbaras, al feudalismo, a las monarquías, a los imperios, a las naciones, el imperialismo y a la globalización han ido marcando un devenir que necesariamente comporta numerosas tensiones, y que ahora ignoramos demandando soluciones inmediatas.
Pero si aceptamos que debemos tener esta perspectiva temporal diferente, a largo plazo, ¿cuál es entonces la naturaleza del cambio al que nos encaminamos? ¿Quién será quién cuando termine este siglo en toda esta complejidad?
Si nos centramos en el desarrollo económico, que es la cuestión mollar y que tiene como único objetivo mejorar la vida de todas las personas y en particular de los que están más desfavorecidos, resulta evidente que estamos ante un enorme proceso democratizador. Todas las tecnologías disruptivas han nacido de empresas que no existían hace cincuenta años; jóvenes de menos de treinta y cinco años de todos los rincones del mundo nos apabullan con su innovación, con su talento, con su espíritu emprendedor. La IA, desconocida hace apenas cinco años, vive ya a diario con nosotros. La descarbonización es un hecho por mucho que Trump crea marchar en la dirección contraria, incluso en los Estados Unidos. Por mucho que Trump se empeñe en desmontar las Montañas Rocosas para sacarles el costoso petróleo enquistado en sus piedras, sus reservas son muy limitadas y cada vez más costosas. Cada guerra en Oriente Medio nos conducirá a la energía nuclear, a la electrificación y a los combustibles eficientes, en una tendencia imparable.
También, la innovación en la agricultura ha conseguido un objetivo que parecía inalcanzable a comienzos de siglo: el fin del hambre en el mundo y en una generación esta situación ya no será dependiente de una sequía o una mala cosecha, porque la abundancia y los excedentes generarán un amplio comercio y unas sociedades que demandarán de todo a pasos agigantados con las tensiones propias de sociedades que deberán correr mucho más deprisa para no perder el tren global.
La caída de la natalidad en África avanza a una velocidad desconocida en la historia. Ese mercado de dos mil millones de personas comenzará a desmoronarse en dos generaciones y entraremos en una etapa sin presión poblacional que ya no regresará. El número de media de hijos por mujer ha caído en los últimos cincuenta años en Europa un 40% y en Estados Unidos un 30%. En los últimos diez años, solo en Etiopia se ha reducido un 30%, Indonesia un 20% y Pakistán un 15. Es muy posible que en veinte años más estos países se encuentren en tasas de reproducción similares a las europeas y por lo tanto en retroceso demográfico. La perspectiva a largo plazo nos muestra un escenario muy diferente del que nos quieren advertir los influencers del miedo.
En este mundo al que nos abocamos, la tecnología resolverá gran parte de los problemas demográficos de Europa con fábricas, transportes, administraciones, minería, agricultura y comercio autónomos, y nosotros todavía estamos pensando en el relevo generacional para garantizar las pensiones sin darnos cuenta de que el mundo ya avanza en otra dirección mucho más disruptiva.
¿Qué será Europa en un par de generaciones: un continente más dividido, más irrelevante, más pobre, más inseguro? Esta es la pregunta clave que hay que responder con perspectiva, olvidándonos por un momento de Orban, Putin, Trump o Sánchez y pensando en un futuro en el que ninguno de nosotros estará.
Este europeísmo convencido no puede hacernos caer en la complacencia. El abandono de las élites de sus propias responsabilidades en busca de un acomodo social, el sentimiento compartido de que las normas y la verdad son irrelevantes o que incluso han dejado de existir, están en el germen de nuestros problemas.
Esa Europa denostada en la que, sin embargo, todo el mundo quiere vivir, sigue siendo el faro de aquellos valores que el mundo ambiciona. Incluso los free riders que aprovechan la globalización para vivir en Dubái o Andorra recurren al sistema de protección europeo cuando descubren la trampa en la que han caído. La inmensa mayoría de la población ambiciona libertad, razón, cultura, justicia social, y nadie ha certificado todavía la defunción de nuestros valores.
Europa, con todos sus defectos y complejidades, sigue en su sitio y seguirá porque, como la Iglesia, su trascendencia traspasa generaciones. Todos hablan del milagro de China y de su vertiginoso crecimiento como si un repentino cambio de paradigma no tuviera muchas sombras. Dice Dan Wang en su interesante obra Breakneck: China's Quest to Engineer the Future que el éxito de China es la ausencia de regulación y el predominio de la ingeniería sobre la filosofía y el derecho, también lo fue para la revolución industrial europea, pero su éxito y continuidad exigieron de la regulación para que la ola industrial no nos hiciera caer en el abismo, para que el éxito no se midiera en valores absolutos con independencia de su distribución. Bajo esa asombrosa escenificación, hay una dictadura que recela de los cambios, que se mantiene por el ejercicio de la violencia contra sus ciudadanos, una sociedad envejecida sin escudo social, una economía que ya no presta su excedente a los bolsillos occidentales, sino que toma a préstamo de esos mismos bolsillos, y que sobrevive industrialmente por la explotación de cientos de millones de trabajadores que viven en condiciones insalubres o insoportables. No hay fundamento en China para asegurar su hegemonía ni su futuro como gran faro y potencia militar. La sociedad china necesariamente se abalanzará hacia la disrupción de su sistema político y social porque no hay gobierno ni ejército capaz de dominar a mil millones de descontentos y formados ciudadanos.
Los Estados Unidos presentan una curiosa pero tradicional dualidad. Para mantener su hegemonía, están dispuestos a sobreexplotar sus recursos, a dominar a los productores de petróleo cuando cada vez son menos relevantes, a mirar a su pasado industrial que ya está obsoleto y que murió para que América fuera grande. Están enfrascados en una ola de conservadurismo religioso como mecanismo de defensa ante la dimensión de los cambios sociales, cuando esta corriente es paralela a la mayor desacralización de la sociedad, es decir la religión es una fachada ideológica, pero se encuentra lejos de una asunción moral, lo que se manifiesta en iglesias cada vez más vacías mientras que los actos de exaltación pagano-religiosa concentran la parafernalia mística.
Frente a esta sociedad languideciente que sobrevive por el peso electoral de los despoblados estados republicanos, Texas evoluciona desde el conservadurismo a una innovación impresionante, arrebatándole el liderazgo a California. Se trata de sociedades que engloban una economía superior a la de Alemania y que están evolucionando muy deprisa con las universidades y los centros de investigación en los que se concentran millones de jóvenes de todo el mundo que son la base de este enorme desarrollo económico y que se hallan muy lejos de los postulados del movimiento MAGA.
Pero dentro de cien años, el mundo seguirá creyendo que el predominio de la razón sobre los impulsos o la irracionalidad es la base de la civilización; que la libertad no tiene una alternativa mejor, que la cultura y la educación son la base del futuro y de la convivencia pacífica, que una sociedad que ignora o discrimina al diferente está abocada al conflicto civil y a su extinción, que el mundo prefiere la paz a la guerra más justa y el entendimiento al conflicto permanente.
Cuando las potencias se percaten de que a pesar de su verborrea belicista y supremacista nada mejora, que los cambios prometidos no llegan y que ni siquiera sirven a sus objetivos, entonces estas claudicarán y cambiarán o comenzarán a decaer en la irrelevancia, porque no hay manera de frenar el progreso.
Es cierto que el poder de la información dirigida y de la que es solo propaganda lleva a los pueblos a creer que hay guerras justas, que algunos estamos tocados por el dedo de Dios y otros por el del infierno; que podemos abusar del débil para nuestra conveniencia o satisfacción; pero es un camino que lleva al fracaso a largo plazo. Los pueblos influenciados por la falsa información tienden a creer en ella porque no quieren asumir los cambios ni están dispuestos a hacer los sacrificios para evitar aquello que tanto temen y porque necesitan reafirmarse en su ignorancia.
Es lo que representa Europa lo que puede acabar con la guerra, con los conflictos que nunca tienen fin porque es quien más ha aprendido con ellos. Pero la tarea es ingente para conseguir estos objetivos. Europa debe tomar decisiones difíciles en el entorno actual. La recuperación y la dirección de las élites es crítico ya que solo ellas pueden asumir la ingente tarea de liderar a las sociedades. Europa debe reconstruirse abandonando toda la influencia colectivista y benefactora e incidiendo en los valores de la ética individual y colectiva, el bien común y los derechos individuales, en la protección de la propiedad privada y en la iniciativa privada como motor de desarrollo económico, todo ello moderado, pero no dirigido por los gobiernos democráticos simplemente para garantizar que estamos en el camino correcto, no para construir nuevos caminos que se alejan de nuestras raíces. Como señalaba Roger Scruton, nuestra civilización se sostiene sobre un conjunto de prácticas y lealtades que no son meramente utilitarias: la religión, la tradición y la memoria colectiva sostienen la idea de un buen orden social y a ellos debemos asirnos para progresar éticamente.
Europa tiene tres grandes pilares: la religión cristiana basada en el amor al prójimo; Grecia con el predominio de la razón sobre el misticismo o la ignorancia y en Roma con la vigencia del imperio de la ley sobre la anarquía. Y si hubiera que establecer una prelación, siempre triunfaría Grecia, porque la religión y el derecho pueden ser manipulados como lo hemos visto tantas veces, pero la razón es inmutable, poderosa, sólida. Fuera de estos valores europeos y occidentales solo hay caos, desesperanza y pobreza. No tengo duda de que esta decadente Europa sigue siendo el espejo en el que cualquier ciudadano del mundo desea reflejarse, y por eso el Viejo Continente resurgirá una vez más.
La "constelación postnacional" que argumentaba Habermas resultará clave en este renacimiento de Europa, pero este camino no significa abandonar lo nacional, lo atávico, la historia propia, pero sí construir un patriotismo europeo, una seña de identidad común y unas instituciones que representen no a naciones sino a ideas, a proyectos y no a cuotas, delimitando con claridad un marco común de justicia, libertad y seguridad y una aproximación menos intervencionista en las políticas nacionales, en definitiva, un modelo federal europeo.

Hace 13 horas
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