Del uranio dependen los 416 reactores hoy en funcionamiento, así como los 63 reactores en construcción y el centenar adicional que está previsto. De los 115 nuevos diseños de reactores registrados por el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA/IAEA) en el 2025, se espera que 102 también utilicen uranio como combustible.
Sin embargo, el mercado ya está bajo presión. En el 2024, la minería suministró menos de un 80% del uranio consumido en todo el mundo; el resto se cubrió con la utilización de las existencias y el reciclaje del combustible gastado. Las previsiones sobre la demanda futura siguen siendo inciertas. Dependen del número de reactores que construyan los gobiernos y de su tipo, ya que los reactores modulares pequeños (SMR) requerirán más uranio por kilovatio-hora. Además, la creciente financiarización del mercado ha atraído desde el 2021 nuevos actores que compran y mantienen uranio únicamente como inversión.
En el 2024, la demanda mundial alcanzó unas 67.500 toneladas. Según su informe de septiembre del 2025, la Asociación Nuclear Mundial (WNA) estima que esa cifra podría aumentar hasta las 107.000 toneladas en el 2040 en el escenario más optimista y hasta 150.000 toneladas en el más pesimista. Incluso si la generación nuclear se estancara, seguirán siendo necesarias nuevas inversiones en minería. Se prevé para mediados de la década del 2030 el agotamiento de algunas de las minas más grandes del mundo situadas en Canadá y Kazajistán, que representan juntas alrededor de una quinta parte de la producción mundial.
El consumo de uranio de China refleja su desarrollo nuclear interno, y está previsto que el país se convierta en el primer consumidor del mundo a finales de la presente década
Desde el punto de vista geológico, la disponibilidad de uranio no es una preocupación apremiante. La Agencia para la Energía Nuclear (NEA) estima que los recursos recuperables identificados ascienden a unos 7,9 millones de toneladas, lo que equivale a 117 años de suministro de acuerdo con el consumo actual. Se podrían extraer otros 9 millones de toneladas de fuentes no convencionales de mayor coste, como los yacimientos de fosfato. Sin embargo, en el sector del uranio, los patrones de producción no dependen tanto de la geología como de los precios del mercado.
En la década transcurrida entre el accidente de Fukushima en el 2011 y la crisis energética del 2021, los precios del uranio se desplomaron hasta situarse entre 70 y 90 dólares por kilo, lo que obligó a las minas de alto coste a suspender sus operaciones. La producción se concentró en unos pocos lugares y, aunque los precios casi se han duplicado desde entonces, la dinámica se ha mantenido. En el 2024, Kazajistán representó un 36,8% de la producción mundial, seguido de Canadá (22,6 %), Namibia (14,3%), Australia (8,5%) y Uzbekistán (6,3%). Rusia contribuyó con un 4,5%, China con un 3%, Níger con un 2%, e India, Sudáfrica, Ucrania y EE.UU. produjeron cada uno menos de un 1%.
De modo paradójico, mientras que varios países están tratando de poner en marcha una producción nacional de uranio (es el caso de Suecia, que levantará su moratoria en el 2026), los dos mayores productores mundiales han adoptado una postura más cauta. En agosto del 2025, la empresa nacional de Kazajistán Kazatomprom anunció planes para reducir la producción en torno a un 10% en el 2026; por su parte, la canadiense Cameco rebajó su propia previsión en un 15% para ese mismo año. Si bien esas medidas se deben en parte a dificultades técnicas, ambas empresas tienen en cuenta la incertidumbre en el equilibrio entre la oferta y la demanda, ya que muchos de los reactores prometidos sobre el papel aún no han pasado de la fase de proyecto a la de construcción.
Rivalidad sino-rusa por el uranio
El aumento de la demanda vendrá impulsado por la competencia sino-rusa, aunque por diferentes motivos. El consumo de China refleja su desarrollo nuclear interno, y está previsto que el país se convierta en el primer consumidor a finales de la década, con un aumento de la demanda desde las 13.132 toneladas en el 2024 hasta las 43.000 en el 2040. El apetito de Rusia depende de su modelo de exportación, con ventas de reactores vinculadas al suministro de combustible y contratos que representan el doble del uranio que necesita para sus propios reactores.
Sin embargo, ambos países se enfrentan a una brecha estructural entre la demanda y la producción nacional. En el 2023, la división minera de Rosatom solo cubrió un 20% de las necesidades rusas, mientras que la producción china del 2022 solo satisfizo un 13% de la demanda, con reservas a menudo de mala calidad. De resultas, ambos dependen en gran medida de las importaciones; en especial, de Asia Central y África.

Alrededor de un 88% del consumo de China procede del extranjero, y las importaciones se concentran en Kazajistán y Namibia. Para garantizar el suministro, las empresas chinas han ido adquiriendo minas extranjeras desde el 2008; sobre todo, en Namibia, país que ahora cubre un 80% de su producción en el extranjero. Esa internacionalización también refleja la competencia interna entre las dos principales empresas nucleares chinas: el dominio de Corporación Nuclear Nacional de China (CNNC) empujó a su rival Grupo General de Energía Nuclear de (CGN) a buscar la independencia mediante inversiones en el extranjero.
Rusia, en cambio, satisface alrededor de un tercio de las necesidades de Rosatom mediante importaciones (procedentes casi en su totalidad de Kazajistán) y ha tenido dificultades para expandir sus empresas mineras en el extranjero. De modo que se apoya en estrategias técnicas y utiliza la capacidad de enriquecimiento excedente para alargar el uranio natural reenriqueciendo el uranio empobrecido.
¿Seguirá Asia Central siendo el centro geopolítico del uranio?
Asia Central constituye el epicentro de la oposición sino-rusa. Kazajistán se erige como la mayor fuente de uranio del mundo gracias a sus favorables condiciones geológicas. Posee dos tercios de las reservas mundiales explotables mediante lixiviación in situ, una técnica de bajo coste que consiste en perforar pozos en un yacimiento de uranio y bombear una solución a través de la roca. Sin embargo, la capacidad del país para responder al aumento de la demanda sigue siendo incierta, ya que se enfrenta a una escasez de suministro de ácido sulfúrico, el principal agente lixiviante.
Desde su independencia, el país ha integrado el uranio en su diplomacia multivectorial. Solo dos de las catorce minas del país son propiedad exclusiva de Kazatomprom. Las demás son empresas conjuntas con grupos extranjeros que, según la legislación kazaja, no pueden operar de forma independiente. Astaná ha negociado sistemáticamente la explotación de sus yacimientos por parte de empresas extranjeras a cambio de apoyo para el desarrollo del sector nuclear local. Este acuerdo permite a Kazatomprom mantener el control sobre más de la mitad de la producción en el 2023; le sigue la rusa Rosatom (21%), muy por delante de la china CGN, la francesa Orano y la canadiense Cameco (6% cada una).
Kazajistán se erige como la mayor fuente de uranio del mundo por sus condiciones geológicas. Posee dos tercios de las reservas mundiales explotables con lixiviación in situ, una técnica de bajo coste
Aunque Rusia continúa siendo el primer importador de uranio kazajo, Kazatomprom se está orientando cada vez más hacia China. El grupo firmó en el 2023 y el 2024 dos acuerdos de venta con la CNNC cuyas cifras se desconocen, pero se cree que superan los 2.500 millones de dólares. Entre enero y julio de 2024, un 45% de los ingresos por exportación de uranio de Kazajistán procedieron de China.
Otra señal de ese cambio en detrimento de Rusia es que la CNNC construyó un almacén de uranio en el puerto ferroviario fronterizo sinokazajo de Alashankou para aumentar sus exportaciones hacia el este. Las tensiones con Rosatom también han aumentado. Desde el 2020, 19 ejecutivos que dirigían los departamentos centrales del grupo han dimitido tras criticar la postura prorrusa de Kazatomprom.
Más al sur, el presidente uzbeko Shavkat Mirziyóyev pretende aprovechar la ola del renacimiento nuclear y planea triplicar la producción de uranio de su país de aquí al 2030. Para financiar ese crecimiento, Taskent busca replicar el modelo de Kazajistán. La empresa estatal Navoiyuran se ha asociado con Orano y la CNNC para desarrollar yacimientos de alto coste; Rusia, por su parte, aún no ha reinvertido. Con todo, las negociaciones en curso de Rosatom para el suministro de reactores a Uzbekistán podrían desembocar en una renovada participación rusa.
Como parte de los planes de 'dominio energético' de Trump, la política federal está intentando crear una reserva nacional de uranio y acelerar la concesión de nuevas licencias mineras
La perspectiva de un mayor suministro de uranio procedente de Asia Central también plantea la cuestión del transporte a los mercados occidentales. Una parte significativa de las exportaciones de Kazajistán sigue transitando por Rusia. Para reducir esa dependencia, Kazajistán abrió en el 2018 un nuevo corredor a través del mar Caspio, Azerbaiyán y Georgia que llega hasta el mar Negro y el Mediterráneo. Por él pasó en el 2023 alrededor de un 10% de la producción anual de Kazatomprom. Sin embargo, su expansión se enfrenta a algunos obstáculos. La naturaleza radiactiva del uranio impone restricciones logísticas; y las tensiones políticas entre Azerbaiyán y Armenia, o dentro de la propia Georgia, añaden más incertidumbre.
El nuevo panorama del uranio en el continente africano
La carrera chino-rusa por el uranio en Asia Central tiene su eco en África. El sector del uranio de Níger, que en su día fue el principal productor del continente, ya se encontraba en declive antes del golpe de Estado de julio del 2023. La producción se redujo a la mitad entre el 2013 y el 2022, y en el 2023 solo quedaba una mina en activo. Níger no ha exportado uranio desde enero del 2024, después de que el cierre de las fronteras cortara la línea ferroviaria al puerto de Cotonú, en Benín. Tras el golpe de Estado, Rusia ha utilizado el uranio de Níger como arma en su guerra informativa contra Occidente amplificando dos relatos: en primer lugar, enmarcando la presencia de Francia como una explotación neocolonial y, en segundo lugar, haciendo hincapié en la dependencia de Europa de las importaciones nigerinas para alimentar la inquietud de la opinión pública. La relación de la junta con las empresas occidentales de uranio es heterogénea. La francesa Orano y la canadiense GoviEx han sido expulsadas del país, pero otras, como Global Atomic de Canadá y ENRG de Australia, han tenido mejor suerte. Aunque los actores chinos ya se han establecido en la industria del uranio nigerina, los rumores sobre el plan de Rosatom de sustituir a Orano aún no se han confirmado.

El declive de Níger se ve compensado por el aumento de la producción de Namibia, que casi se duplicó entre el 2022 y el 2023. El país compensa sus yacimientos de baja calidad con una estabilidad política, un marco fiscal atractivo y sólidas capacidades logísticas. El reciente crecimiento de Namibia se debe en gran medida a la inversión china. La mina de Husab es propiedad en un 90% de CGN y del Banco de Desarrollo de China, mientras que Rössing es propiedad en un 68,6% de la CNNC. En el 2023, un 80% de las exportaciones de uranio de Namibia se destinaron a China, frente a solo un 13% de una década antes. El intento de Rusia de competir con China en el mercado namibio fue frenado por el Gobierno, que bloqueó su proyecto alegando problemas relacionados con el agua, aunque esa decisión pudo estar influida por intereses chinos. De todos modos, el agua sigue siendo un obstáculo clave. Namibia se enfrenta a una grave sequía, y tanto la mina de Husab como la de Rössing han sufrido cortes en el suministro. Husab es el segundo mayor consumidor de agua del país tras la capital, Windhoek.
¿Puede Occidente satisfacer sus propias necesidades?
Dado que el sector del uranio de Asia Central y África está cada vez más controlado por Rusia y China, cabe preguntarse si Occidente está en posición de satisfacer sus propias necesidades. La respuesta no vendrá de Australia. Ese país posee las mayores reservas de uranio del mundo, pero en el 2023 solo representaba un 9% de la producción mundial.
La principal limitación es política. La extracción de uranio requiere la aprobación del Gobierno federal y de los diferentes estados, pero solo Australia Meridional permite la extracción (también la permite Tasmania, pero no tiene yacimientos). El Territorio del Norte, pese a apoyar la minería, carece de autoridad constitucional y debe seguir las recomendaciones federales. Así, 11 de los 13 proyectos más avanzados del país (que representan alrededor de un 20% de los recursos australianos) se encuentran en estados donde la minería está prohibida. Un segundo obstáculo son los derechos territoriales de los indígenas, ya que muchos yacimientos se encuentran cerca de territorios aborígenes. Por último, la producción de Australia podría desplomarse, ya que el principal centro de producción del país, Olympic Dam (donde el uranio es un subproducto de la extracción de cobre), tiene previsto ampliar su actividad a yacimientos más rentables que contienen menos uranio.
A corto plazo, el uranio natural sigue siendo insustituible. India es pionera en la diversificación mineral y apuesta por el torio, abundante en su territorio, para reducir su dependencia del uranio
Canadá podría ofrecer mejores perspectivas. Antaño segundo mayor productor mundial de uranio, ha ido recuperando su producción tras años de declive y pasó de 3.880 toneladas en el 2020 a 9.500 en el 2023. Ottawa ha tomado medidas para apoyar al sector. Desde el 2022, el uranio se ha incluido en la Estrategia de Minerales Críticos de Canadá, que ofrece un crédito fiscal de un 30% para la exploración y tiene como objetivo proteger los recursos estratégicos de potencias hostiles. Con todo, las perspectivas de crecimiento dependen del desarrollo de nuevas minas, que se enfrentan a un aumento de los costes y a la clara oposición de las Primeras Naciones.
El intento de EE.UU. de reconstruir su sector nacional del uranio
Sin embargo, es muy probable que la nueva producción de Canadá sea absorbida por su vecino del sur. En septiembre del 2024, el Departamento de Energía de EE.UU. dio a conocer un plan nuclear encaminado a triplicar la capacidad de generación en el 2050. Ello requerirá entre 55.000 y 75.000 toneladas de uranio al año, en comparación con las apenas 20.000 toneladas del 2023. El sector nuclear estadounidense depende de las importaciones; sobre todo, de Canadá, Australia y Kazajistán (que suministraron más de dos tercios de las importaciones), mientras que Rusia representa un 12%. Las minas nacionales solo proporcionaron un 5%. La producción estadounidense se ha desplomado, puesto que pasó de las 1.884 toneladas en el 2014 a solo 190 en el 2023. Como parte de los planes de “dominio energético” de Trump, la política federal está intentando reactivar el sector mediante la creación de una reserva nacional de uranio y la aceleración de la concesión de nuevas licencias mineras. Por otra parte, el suministro de uranio se convierte en una cuestión de defensa: el Pentágono necesita asegurar el uranio estadounidense, ya que los suministros importados suelen conllevar restricciones de uso pacífico incompatibles con la producción del tritio necesario para las armas nucleares.
La estrategia de Donald Trump para reactivar el uranio parece eficaz hasta ahora. En el 2024, la producción estadounidense de concentrado de uranio se multiplicó por trece. Sin embargo, existen dudas sobre si esta dinámica podrá continuar: los precios de producción siguen situados por encima del nivel del mercado, aumentan las incertidumbres sobre el futuro de la política de Trump hacia las importaciones rusas y se están gestando conflictos en el territorio de los indios nativos del que se extrae el uranio.
La ausencia de una estrategia europea común
Si bien el Gobierno estadounidense parece haber comprendido que cualquier renacimiento nuclear necesita una política sólida de suministro de uranio, no ocurre lo mismo en Europa. En el 2023, los doce estados miembros de la Unión Europea que explotan centrales nucleares consumieron un 22% de la demanda mundial. Ese año, las importaciones comunitarias de uranio procedieron principalmente de Canadá (32,9%), Rusia (23%, aunque es imposible distinguir los volúmenes extraídos en la propia Rusia de los extraídos por Rosatom en Kazajistán), Kazajistán (21%) y Níger (14%), seguidos de Namibia (3,9%), Australia (2,5%) y Uzbekistán (1,9%). La dependencia de Rosatom refleja la anterior dependencia de los países de Europa Central dotados de reactores de diseño soviético, para los que solían obtener su combustible de Rusia. Desde la invasión de Ucrania en el 2022 se han puesto en marcha estrategias de diversificación que aliviarán esa dependencia. Dentro de la Unión Europea, la última mina de uranio cerró en el 2021 en Rumanía. Si bien la guerra en Ucrania ha relanzado el debate sobre el desarrollo de los yacimientos europeos sin explotar, la mayoría de esos proyectos se encuentra en una fase muy temprana, con la única excepción de Finlandia.
Cada uno de los doce estados nucleares de la Unión Europea sigue su propia estrategia de suministro, determinada en gran medida por el grado de participación estatal. Sin embargo, la energía nuclear sigue siendo la rama más federalizada del sector energético europeo. En teoría, el Tratado Euratom sienta las bases para una política común de suministro. En la práctica, esas herramientas nunca se han utilizado plenamente. Dos mecanismos podrían reforzar el enfoque europeo. El artículo 72 otorga a la Agencia de Abastecimiento de Euratom (AAE) el derecho a crear reservas de uranio, algo que nunca ha hecho. Más relevante aun es el artículo 52, que otorga a la AAE la autoridad exclusiva para aprobar los contratos de suministro entre las empresas de servicios públicos de la Unión Europea y los productores de uranio no pertenecientes a la Unión. La agencia puede negarse a firmar cualquier acuerdo que considere una amenaza para la seguridad del suministro de Europa. La cuestión fundamental radica aquí: ¿cómo debe definirse esa amenaza? La relación con Rusia ilustra la dificultad de establecer una interpretación común. En 1994, los estados comunitarios firmaron la Declaración de Corfú, que pretendía limitar la cuota de Rusia en las importaciones de combustible nuclear a un 20%. Sin embargo, la declaración no tiene fuerza jurídica vinculante y los estados miembros interpretan ese límite de un 20% de forma diferente.
¿Un renacimiento nuclear sin uranio natural?
A corto plazo, el uranio natural sigue siendo insustituible. India es pionera en la diversificación mineral y apuesta por el torio para reducir su dependencia del uranio. El torio es un material fértil pero no fisible y debe combinarse con otros materiales. El camino no es fácil. La estrategia en tres fases de India consiste en generar primero plutonio a partir de reactores de uranio natural, luego utilizarlo en reactores reproductores rápidos con torio para producir uranio-233 y finalmente pasar a combustibles de torio-uranio. Dicho camino refleja tanto la base de recursos del país (uranio escaso, torio abundante) como sus dificultades pasadas para acceder a combustible extranjero al no ser firmante del Tratado de No Proliferación de las Armas Nucleares.
Más allá del torio, la escasez podría mitigarse mediante fuentes secundarias. El uranio reciclado del combustible gastado ya cubre un 3,5% de la demanda mundial y podría ampliarse si más países se unieran a Francia, Rusia, China e India en su búsqueda. Las empresas de enriquecimiento también poseen vastas reservas de residuos de uranio empobrecido que aún contienen material recuperable. Las 330.000 toneladas de Orano solo en Francia equivaldrían a ocho años de consumo nacional si se volvieran a enriquecer. Sin embargo, al igual que las nuevas minas, esas opciones requieren una fuerte inversión, y el sector sigue esperando pruebas de que el renacimiento nuclear vaya a durar.
Teva Meyer es investigador asociado del IRIS y profesor titular de Geopolítica y de Geografía en la Universidad de Alta Alsacia (Mulhouse, Francia)
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