Infantino se estrella con su plan

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El 19 de julio, el esloveno Alekxander Ceferin, presidente de la UEFA, no acudió a la final de la Copa del Mundo. Su ausencia no pasó inadvertida, pero apenas mereció interés mediático. España, asociada a la UEFA, derrotó a Argentina, pero estaba claro que no era la fiesta de Ceferin. La final, presidida por Donald Trump, había coronado al suizo Gianni Infantino, presidente de la FIFA, como Cesar Imperator del planeta fútbol.

Dos semanas después, 55 federaciones europeas, dirigidas por Ceferin, declararon un boicot total a todas las competiciones de la FIFA, incluido el Mundial 2030, si Infantino no retiraba su propuesta de crear la entidad privada FIFA Forward Enterprises (FFE), destinada a gestionar los derechos comerciales de todas las competiciones pertenecientes a la FIFA, desde las más consagradas, como la Copa del Mundo, hasta las más novedosas, caso del Mundial de Clubs.

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Embriagado de poder y adherido a Donald Trump como un quinceañero enamorado, Infantino ha operado en solitario, de espaldas a la propia FIFA en demasiadas ocasiones, persuadido de la magnitud de su éxito en el Mundial, que ha obtenido unos ingresos de 14.000 millones de euros, frente a los 3.000 millones de presupuesto de la competición. Peor vista y, desde luego muy sospechosa, ha sido la supeditación del producto fútbol a los intereses económicos, políticos y comerciales de Estados Unidos, país refractario a un juego que no denominan por su nombre y lo llaman soccer , pero repentinamente deslumbrado por las inmensas posibilidades que ofrece como negocio.

En los últimos dos años, Infantino ha masajeado hasta la ridiculez el inabarcable ego de Trump. Nunca le faltó el desparpajo. En sus primeros tiempos tenía el aire de los animadores en las fiestas playeras. Con esa jovialidad presentaba cada año el sorteo de la Liga de Campeones. Con los años, Infantino se ha empeñado en desnaturalizar el fútbol y llevarlo a un proceso vomitivo de americanización: partidos de cuatro tiempos sin otro afán que exprimir aún más la teta comercial, precios escandalosos de las entradas, supeditación a las injerencias en asuntos estrictamente deportivos –caso de la anulación de la tarjeta roja al delantero estadounidense Balogun o la derogación de la sanción que impedía jugar a Cristiano los dos primeros partidos del Mundial– o el delirante espectáculo de media hora de duración en el intermedio de la final.

Gianni Infantino, abogado suizo que presumía de su modesto origen, irradiaba en el Mundial un grado cómico de autosatisfacción, pero su trabajo estaba hecho. La FIFA se le quedaba corta. No tenía que dar explicaciones a nadie, ni a sus consejeros más cercanos, ni a los presidentes de las distintas federaciones continentales. Había completado el círculo que le había llevado de su admiración por Vladimir Putin (Mundial 2018) y el emir de Qatar (Mundial 2022) al compadreo con Donald Trump. ¿Para qué dar explicaciones a nadie de sus planes? Y su plan también tenía un aire familiar y sospechoso. Infantino quería privatizar la FIFA, venderla a trozos, obtener unas ganancias descomunales y olvidarse de los molestos Ceferin que pululan por el fútbol, de manera que llegó a un acuerdo con Joshua Kushner, hermano de Jared, el yerno de Trump, y creador a finales de abril de Thrive Eternal, fondo de inversión que tres meses después, y no por casualidad, se haría cargo, por 4.000 millones, del 21% de FIFA Forward Enterprises (FFE). Todo ello con un anuncio inquietante: 53 días para que las federaciones lo aprobasen. De lo contrario, los opositores se atendrían a ciertas consecuencias. Recibirían la mitad que los demás.

El plan de Infantino ha sonado feo, secretista y amenazador para la buena salud del fútbol. Para el entorno Trump sonaba de maravilla. El problema es que Europa tenía mucho que decir y ha dicho tan rotundamente que Infantino ha girado sobre sus pasos, como lo hizo en la Superliga. Como César Imperator ha durado dos semanas. Vienen elecciones y el seguro ganador se encuentra en una inesperada situación de debilidad. Su plan le ha estallado en la cara.

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