Taiwo era un optimista kamikaze, quizás porque estaba acostumbrado a perder. Le conocí en Lagos, Nigeria, encima de su canoa y con el porte resuelto de quien siempre lucha hasta el final. Hasta la derrota, siempre. Su batalla era en dos frentes: era uno de los líderes del barrio de Makoko, conocida como la Venecia de Nigeria porque sus calles están inundadas y los vecinos se desplazan en embarcaciones, y también el fundador de una escuela sobre el agua aceitosa, donde estudiaban 385 niños. Ante las dificultades, siempre repetía lo mismo: “Venceremos”.
Taiwo era también muy culé y el amor común por el club blaugrana nos mantuvo cerca en la distancia con mensajes de alegría compartida o de refugio ante una eliminatoria en el alambre. Se había hecho del Barça, decía, por la diversión. La vida en aquel asentamiento informal, de 200.000 habitantes hacinados en casas flotantes, ya era suficientemente dura, así que para Taiwo el fútbol era un atajo para estar contento. Se había enamorado del juego de ataque del Barça de Pep y de Luis Enrique pero vivía en una nube desde la llegada de Flick. Acostumbrado al caos de Makoko, el Barça del alemán, irresistiblemente imperfecto, le hacía vibrar como nunca. Me ocurre algo parecido: si el Pep Team fue la coronación del fútbol control y el equipo de Lucho fue electricidad pura, el de Flick es una invitación semanal a la felicidad. Ha habido pocos equipos tan divertidos como el Dream Teen , capaz de mezclar la insolencia juvenil con la solidaridad de trinchera. He perdido la cuenta de los partidos del Barça de Flick en que me he descubierto sonriéndole al televisor. Mientras, en Madrid, Arbeloa, cuyos méritos son haber sido soldado de Mourinho y hacer la pelota al jefe, mentaba esta semana al espíritu de Juanito y soltaba frases huecas de Mr Wonderful (“el fracaso está en el camino al éxito”, tras palmar con el Albacete), el Barça tiene en Flick a un técnico feliz y capaz. Ayer se vistió de Cruyff: “Si quieres jugar en el Barça, debe ser con el 100% de tu corazón. Tienes que vivir por los colores del Barça. A los demás, no los quiero”.
Mientras Arbeloa menta al espíritu de Juanito, el Barça tiene en Flick a un técnico feliz y capaz
Desde que Flick llegó al banquillo culé, Taiwo no se había perdido un partido. Esta semana, por primera vez, no ha podido porque libraba una lucha ineludible y desigual: el gobierno de Nigeria, que quiere construir un barrio de lujo en el lugar privilegiado donde se asienta Makoko, envió a la policía y a cien grúas para destruir el barrio entero. Cuatro mil familias han perdido sus casas y, sin alternativa, duermen en sus canoas, bajo la lluvia y el frío.
Taiwo, desesperado, trataba de mantener una esperanza que se le escurre entre los dedos. “Venceremos”, me escribió ayer.
Taiwo era un optimista kamikaze.

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