Actualizado Jueves, 19 marzo 2026 - 12:45
En nuestra regi?n en general, y en L?bano en particular, no solo experimentamos la guerra a trav?s de los titulares de las noticias o el sonido de los bombardeos; tambi?n lo hacemos en los detalles de la vida cotidiana: en la ansiedad por los cortes de luz, el temor a la escasez de combustible, el aumento del coste del transporte e incluso el precio del pan.
La guerra no se limita al frente: r?pidamente se infiltra en los hogares, en las cocinas, en el transporte, en las facturas de los generadores y en la capacidad de las familias para satisfacer sus necesidades b?sicas y sentirse seguras y estables.
Con cada nueva escalada, no solo se ve afectada la pol?tica; sus repercusiones se extienden a la vida diaria de millones de personas, especialmente cuando estas vidas dependen de sistemas energ?ticos fr?giles vinculados a los combustibles f?siles y a cadenas de suministro que pueden colapsar en cualquier momento. Esto es lo que estamos presenciando claramente hoy en medio de la guerra que asola nuestra regi?n. Cuando se interrumpen las rutas mar?timas, suben los precios del petr?leo y el gas o aumentan los temores a la escasez de suministros, entonces deja de ser un problema econ?mico abstracto. R?pidamente se convierte en una carga directa para las personas: el transporte se dificulta, la gesti?n de los negocios se encarece y el acceso a la electricidad se vuelve m?s complejo y precario, mientras las familias se enfrentan a una nueva crisis.
Mientras los ataques a?reos y terrestres generan enorme dolor y sufrimiento en unos, otros experimentan una contracci?n econ?mica y un creciente temor a que la situaci?n empeore. Pero lo que nos une a todos es una realidad: los riesgos que enfrenta una econom?a global excesivamente dependiente de los combustibles f?siles, conocida por su extrema volatilidad y su estrecha relaci?n con los conflictos, hace que nuestras sociedades sean m?s vulnerables con cada crisis.
Las repercusiones no se limitan a los pa?ses directamente afectados por el conflicto; se extienden a las econom?as de la regi?n, como Egipto, T?nez y Marruecos, donde el coste del combustible, el transporte, la electricidad y los productos b?sicos aumenta significativamente. La guerra impact? r?pidamente en los mercados, con precios del petr?leo que superaron los 100 d?lares por barril en los primeros d?as de la escalada. Todos estos pa?ses sufren la misma vulnerabilidad por su dependencia de los combustibles f?siles.
A los pocos d?as del estallido del conflicto, la energ?a se convirti? en un campo de batalla directo. Los ataques se dirigieron contra la infraestructura de combustibles f?siles, lo que llev? a Qatar a detener la producci?n de gas. El estrecho de Ormuz se convirti? en un punto cr?tico que amenazaba el suministro mundial, e Israel cort? el suministro de gas a Egipto y Jordania. Los precios del gas se dispararon aproximadamente un 50% tras una interrupci?n en la producci?n de una importante planta en Qatar. Esto demuestra claramente c?mo los combustibles f?siles pueden transformarse en una herramienta de presi?n geopol?tica que afecta directamente la vida de las personas. La energ?a renovable en nuestra regi?n ya no es simplemente un problema ambiental o clim?tico postergado. Para nosotros, hoy es una cuesti?n de resiliencia diaria, sostenibilidad y la dignidad de nuestras comunidades. Es una cuesti?n de soberan?a, no solo en su sentido pol?tico abstracto, sino en el sentido de la capacidad de las comunidades para asegurar una mayor parte de sus necesidades b?sicas a nivel local y reducir su dependencia de las fluctuaciones del mercado, las guerras y las tensiones geopol?ticas.
La soberan?a energ?tica no se trata simplemente de reemplazar una fuente de energ?a por otra; requiere una completa reestructuraci?n del sistema energ?tico. Cuanto m?s descentralizada sea la producci?n de energ?a, m?s cerca est? de la gente y m?s accesible sea para hogares, escuelas, hospitales, granjas y peque?os negocios, mayor ser? la resiliencia de nuestras comunidades en tiempos de crisis. Los sistemas distribuidos, como la energ?a solar en tejados o los peque?os proyectos comunitarios, no eliminan los riesgos por completo, pero reducen la vulnerabilidad y otorgan a las personas un mayor control sobre sus vidas y una mayor capacidad de adaptaci?n. Lo hemos visto claramente en L?bano. Ante el continuo colapso del sector el?ctrico en los ?ltimos a?os, miles de familias y empresas han recurrido a la energ?a solar, no como un lujo ni una opci?n ecol?gica, sino como un medio de supervivencia. Muchos no han adoptado estas soluciones para afrontar la crisis clim?tica, sino para garantizar el suministro el?ctrico que les permita vivir con dignidad, trabajar y estudiar.
Esta realidad se aplica a toda la regi?n. Oriente Medio y el Norte de ?frica se encuentran entre las regiones m?s ricas en energ?a solar, pero nuestras sociedades siguen siendo vulnerables a un sistema energ?tico que agrava su fragilidad con cada guerra o perturbaci?n del mercado. La paradoja reside en que poseemos los recursos para construir un futuro energ?tico m?s independiente y seguro, pero seguimos atrapados en el mismo modelo. Sin embargo, resulta alentador que algunos pa?ses de la regi?n est?n comenzando a esbozar esta transformaci?n. Marruecos aspira a generar m?s de la mitad de su electricidad a partir de fuentes renovables para 2030, mientras que los Emiratos ?rabes Unidos buscan triplicar la contribuci?n de las energ?as renovables para ese mismo a?o.
Pero lo que necesitamos hoy no son solo m?s proyectos de energ?a renovable a gran escala, por importantes que sean, sino un cambio profundo hacia un modelo energ?tico m?s equitativo y centrado en las personas. Necesitamos pol?ticas que permitan a los hogares, las comunidades, las instituciones y las empresas acceder a energ?a renovable asequible y distribuida dentro de marcos regulatorios claros y con financiamiento equitativo, reconociendo la energ?a como un derecho b?sico. .
En tiempos de guerra, toda ilusi?n se desvanece: la seguridad energ?tica no es una cuesti?n t?cnica ni de cifras de mercado; es una cuesti?n de vida cotidiana, estabilidad social y dignidad humana. Cuando la electricidad, el transporte, la conservaci?n de alimentos y el funcionamiento de escuelas y hospitales se ven afectados por conflictos que escapan al control de la poblaci?n, el problema radica en la ra?z de todo el modelo, no solo en el suministro.
Una transici?n justa hacia la energ?a renovable distribuida y en manos de la gente ya no es un lujo, sino una necesidad fundamental para fortalecer la resiliencia de las comunidades ante las crisis.
Ghiwa Nakat es directora ejecutiva de Greenpeace Oriente Medio y Norte de ?frica

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