La muerte del ‘cringe’

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El año pasado, Timothée Chalamet contó que aspira a ser uno de los mejores actores del mundo. “Este sector es subjetivo, pero yo quiero ser uno de los grandes. Sé que la gente no suele hablar así, pero persigo la excelencia”. Pronunció esas palabras al recoger el premio SAG por su interpretación de Bob Dylan. Dijo que le inspiraban Daniel Day-Lewis, Marlon Brando, Viola Davis, Michael Jordan y Michael Phelps. “Lo más elegante sería restar importancia al esfuerzo que he dedicado a este papel y a lo mucho que significa para mí, pero la verdad es que lo he dado todo”.

Expuso su ambición así, sin rodeos, ante un teatro que acabó siendo todo el mundo, porque el discurso se hizo viral. El único recuerdo que tengo de algo parecido es el de Penélope Cruz con el Oscar en la mano explicando que creció en Alcobendas, “where this was not a very realistic dream”, y por aquel entonces yo tenía nueve años. Las palabras de Chalamet desencadenaron una conversación en redes sociales sobre la autenticidad y la ambición, y pensé que, después de tanto tiempo, por fin íbamos a asistir a la muerte del cringe.

Evidentemente esto no ha pasado todavía. El cringe es un término acuñado por las generaciones nacidas a partir de los noventa y hace referencia a la vergüenza ajena exagerada. La palabra eleva esa emoción a una categoría superior de bochorno, una que a veces tiene que ver con el asco —“qué grima me da esta obra de teatro”— y otras con la humillación —“esta persona es ridícula, cómo puede haber subido eso a sus redes”.

La sensación de tener o provocar vergüenza ajena está completamente enraizada en la manera de experimentar la vida de mi generación y de los más pequeños; la responsabilidad es en gran parte de las redes sociales. Pero este verano han regresado los vídeoanálisis sobre el tema, y la mayoría de los creadores de contenido coinciden en que el cringe es una cárcel que desincentiva cualquier intento sincero de probar cosas nuevas.

“Y los alumnos me decían: ‘quiero ser actor, pero es un poco cringe’. Lo que en realidad intentan decirme es que no quieren ser percibidos como alguien que se esfuerza y se toma en serio sus sueños, porque ser demasiado intenso es ridículo”, se desahogaba una profesora estadounidense hace unas semanas en sus redes sociales.

*subo un dibujo*
*me da cringe*
*lo borro*
*repetir el ciclo*

— AL 🦈 ❤️'s Damian🫀 (@AguacateMole) August 7, 2025

Es una forma extrema de autoconciencia, alimentada por el ego y por el miedo a fracasar en público. Para evitarlo, muchos jóvenes intentan parecer imperturbables y despreocupados —nonchalant, se dice ahora—. Seleccionamos minuciosamente las fotos que publicamos en Instagram y analizamos los rasgos de personalidad que infieren las de los demás. Nos da escalofríos ver a un amigo exponerse en redes.

que cringe mi yo de antes (la semana pasada)

— vera (@veramaida_) July 14, 2023

Pero, desde hace un año, veo cosas. Vuelve la teatralización a los conciertos, como a los de Chappell Roan. Rusowsky ha grabado una canción con Las Ketchup; Amaia ha tocado una flauta que en realidad es una silla en el Tiny Desk. Cada vez más personas comparten sus dibujos en TikTok, vuelve a ponerse de moda la comedia de monólogo y proliferan las cuentas que explican cómo conseguir trabajo en el New York Times o entrar en una gran editorial. En internet hay mil artículos del tipo: “Dar cringe vuelve a estar de moda”.

Claro que hay situaciones que provocan vergüenza ajena, pero suelen nacer de la incapacidad de leer el contexto, de la ignorancia más supina o de una autoestima desmesurada. No de la autenticidad. Sin autenticidad nos habríamos perdido muchas cosas: los pasos de baile de Mick Jagger, el amor por Maradona, la serie Girls, a Lady Gaga, a Jim Carrey, Paquita Salas. Igual nos habríamos perdido hasta a Carmen Machi.

Ahí fuera hay gente con muchísimo menos talento consiguiendo tus sueños porque no tuvo miedo al éxito, ni al cringe.

— Carmen (@vertigoconverso) December 17, 2025
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