Mañana es Blue Monday. El lunes, socialmente impuesto, más triste del año. Un concepto discutible, pero eficaz. Como casi todo últimamente.
Nos dicen que hoy toca estar decaídos del mismo modo que nos dicen cómo meter la camiseta: por dentro, pero no del todo. Con intención, pero sin que se note. Tristes, pero funcionales. Vulnerables, pero estéticos. La emoción, igual que la ropa, también se lleva ahora a medio meter.
Durante un tiempo creímos que vestirse era una cuestión de gusto. Después entendimos que era una cuestión de tendencia. Hoy es, directamente, una cuestión de gesto. La camiseta por delante sí, por detrás no. El jersey descolocado con precisión quirúrgica. El calcetín a la altura exacta para parecer natural sin parecer despistado. No es descuido. Es coreografía.
La moda ya no propone ropa; propone actitudes. Y las actitudes funcionan como marcadores sociales. La raya del pelo, la altura del calcetín. El ya famoso millennial tuck, meter la camiseta por dentro lo justo para parecer espontáneo, pero no tanto como para revelar el esfuerzo, dicen más de ti que cualquier discurso. Yo acuñaría el concepto de millennial fuck: dejar de meter nada y asumir el desorden sin pedir perdón.
En cualquier caso, todos estos subgestos dicen más de dónde vienes, qué referencias manejas y si sabes disimular el esfuerzo. Porque lo verdaderamente imperdonable hoy no es equivocarse, sino parecer que te lo has tomado demasiado en serio. Y, sin embargo, todo esto exige una concentración agotadora.
Pienso también en Martín, que lleva casi cincuenta años puntuando mal. Deja un espacio de más antes de la coma o del punto porque, dice, visualmente le parece más bello. Como si la gramática pudiera adaptarse al gusto personal. Ahora intento convencerle de que deje de hacerlo. De que pruebe a puntuar bien. De que se sienta raro. De que aguante la incomodidad. Porque a veces el orden no es una cuestión estética, sino una forma de respeto. Y porque no todo lo que parece más bonito funciona mejor.
Estos días leo Maniac, de Benjamín Labatut, un libro que me han regalado este fin de semana y que plantea una idea poco compatible con estos tiempos frívolos de Instagram: que la naturaleza no es solo armonía, sino también desorden, irracionalidad y ruptura. Que no todo encaja. Que no todo fluye. Que el caos no es un error del sistema, sino parte esencial de él.
La naturaleza no ensaya. No corrige. No se coloca nada "un poco por dentro" para estilizarse. No intenta parecer auténtica; lo es, incluso cuando se desborda.
Nosotros, en cambio, hemos confundido armonía con control. Naturalidad con estética. Fluidez con ese esfuerzo invisible que exige parecer despreocupado mientras lo calculas todo. Quizá por eso nos obsesiona tanto la forma: porque el fondo no siempre acompaña. Porque es más fácil ajustar una camisa que aceptar una contradicción. Porque corregir un gesto resulta más llevadero que asumir una grieta.
Y aquí es donde pienso en figuras que no encajan bien en este tiempo blando. En gente que nunca intentó parecer natural. Como Álvaro Arbeloa o José Mourinho. Gusten o no. No iban de fluidos. Iban de orden, disciplina y conflicto asumido. No buscaban caer bien. Buscaban coherencia interna. Sabían que el carácter no se estiliza: se sostiene.
Frente a la estética del "todo parece improvisado", ellos representaban justo lo contrario. La convicción de que hay cosas que se entrenan, se repiten y se defienden, aunque chirríen. Nada de camisetas medio metidas. Nada de emociones a medias. Todo dentro o todo fuera.
Tal vez por eso Blue Monday funciona como concepto. Porque legitima algo que hemos intentado esconder bajo capas de estilo: que hay días grises, desordenados, poco elegantes. Que no todo se puede colocar bien. Que no todo tiene solución estética.
Y no pasa nada por llevar la camiseta por dentro o por fuera. Conviene recordar que la verdadera armonía no se ensaya frente al espejo. Y que lo verdaderamente natural, casi siempre, no queda tan bien en fotos.

Hace 2 días
1











English (US) ·