Las buenas intenciones estallan en sitios como Belfast

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Desde la zona cero de la inmigración ilegal, el Papa ha sido injusto con Europa. Pero digamos primero, lo urgente: no bendijo la política migratoria, si es que existe, del Gobierno de Sánchez. Fueron allí un montón de ministros para recibir no cristianamente esa bendición. Alguno, como Elma Saiz, de Migraciones de aves, hasta agradeció "el espaldarazo". Ese lenguaje. Cierto que en las palabras que pronunció León XIV, debidamente segmentadas, se pueden encontrar elementos a favor del espaldarazo, como se encuentran, si se buscan, los contrario. Pero en la medida en que España es Europa, y lo es, hay que incluir a España y a su Gobierno en la crítica que hizo el Papa: "Europa no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas".

Es la crítica que se puede esperar desde la Iglesia y desde la religión. Es una llamada a las conciencias, como suele decirse, y no corresponde derivar de ella una hoja de ruta política.

De hecho, a cualquier traducción a la prosa política se le podrá oponer otra que también responde al supuesto original y al conjunto de las reflexiones que hizo. Pero ésta en concreto, la que censura una contradicción europea entre unos elevados principios y una incapacidad para evitar que mueran inmigrantes que intentan llegar, es un recurso demasiado fácil que, por lo mismo, impide ver hasta qué punto los grandes principios europeos están entre las fuerzas motrices de esta tragedia.

Los países europeos, unos más que otros, no sólo atraen a inmigrantes de países pobres por motivos económicos. El joven africano que paga un dineral a una mafia para llegar a Canarias en un cayuco que puede hundirse en alta mar no viene sólo porque somos más ricos. Viene también porque sabe que si llega, si sobrevive, se le dará asistencia, se le protegerá, al menos durante un tiempo, y tendrá ciertas ayudas y ciertos derechos. Esto es un gran incentivo. Uno que atrae, especialmente, a la inmigración ilegal. No es porque no haya suficientes vías legales. Las vías legales van a buscar a personas cualificadas que puedan integrarse en el mercado laboral. Para gente sin estudios y sin oficio esas vías no son practicables, de modo que entran por la puerta de atrás.

Cualquiera que consiga entrar por la puerta trasera que abren los traficantes, las mafias y las ONGs, lo hace confiado en que Europa, por sus elevados principios, por su política de acogida, por su derecho de asilo, por sus regularizaciones no le va a dejar tirado. Por eso se arriesgan a morir en el mar. Porque tenemos unos principios morales y políticos y una legislación consecuente con ellos y no tenemos una política que ponga límites. No tenemos una política que desincentive el tráfico de seres humanos por el Mediterráneo y el Atlántico. No tenemos una política capaz de poner fin a oleadas de inmigración masiva, descontrolada y no adaptada a los mercados laborales que acaban condenando a una parte de los que llegan a la marginación y a la delincuencia. O a una vida sujeta a la asistencia de Estados con problemas crecientes para mantener sus prestaciones y servicios públicos.

La dignidad humana no tiene pasaporte, dijo el Papa y es verdad. Sólo que los derechos fundamentales que permiten preservarla no existirían sin los Estados, sus cartas de ciudadanía y, sí, sus pasaportes. La religión, no, pero la política tiene que medir las consecuencias imprevistas que pueden tener, incluso, los principios más excelsos y saber contrarrestarlas. Las buenas intenciones quedan magníficas sobre el papel, pero luego estallan en lugares como Belfast, porque alguien que no debía tener un visado lo tiene y saca un cuchillo para degollar a una persona. Lo dice el proverbio: el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones. Es el camino de Europa.

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