Si hace unos meses Hansi Flick se inició en el mundo de la autoayuda con aquel mensaje tan oportuno como necesario de “El ego mata el éxito”, ahora ha completado su reflexión con otra verdad: “El éxito no es propiedad, está solo de alquiler”. Desde un criterio autoexigente, Flick ofrece a la opinión publica ideas fáciles de compartir. Por ejemplo: que el nombre de los jugadores y del club no te hacen ganar partidos y sí, en cambio, la mentalidad que demuestras en el césped.
Es una obviedad que conviene repetir porque, en el fragor de la euforia y de una sumisión ciega a los principios del éxito, es saludable que alguien recupere el sentido común de las prioridades (sobre la naturaleza del éxito aplicada a la cultura culé, es bueno recordar aquella verdad melancólica expresada por Joaquim Maria Puyal: “El éxito no se discute”).
Hansi Flick ofrece a la opinión pública ideas fáciles de compartir
Contra la Real Sociedad, la mentalidad del Barça tropezó con tres goles anulados por faltas o fueras de juego evidentes y no tan evidentes, cinco palos, un penalti nonato, paradones de Remiro y sin la penitencia de los diez minutos iniciales de incertidumbre que suelen obligar a convertir los partidos en gestas. Ayer la gesta pasaba por superar la lluvia, el cansancio causado por el calendario, la animación de un estadio, Anoeta, que cuando se lo propone, intimida en el mejor sentido de la tradición futbolística y una adversidad tan persistente como el esfuerzo de combatirla. Con más del 75% de posesión y un juego espléndido, el Barça vio cómo la Real le marcaba el típico gol de Oyarzábal (que es el tipo de delantero que no aspira a convertirse en cromo globalizado pero que tiene un nivel de eficacia superlativo), y, tras el empate, otro gol de alma vulnerable.
Había que volver a remontar y el motor de la mentalidad no podía ser el ausente Raphinha. En el fútbol de Flick, por suerte, la mentalidad es vinculante, incluso indispensable, pero no excluye otras virtudes.
De los cinco postes que lamentó el Barça, Olmo contabilizó dos
ANDER GILLENEA / AFPNo todos los entrenadores lo hacen. Didier Deschamps, que ha anunciado que, después del Mundial, dejará de ser el seleccionador de Francia, acumula muchos títulos, pero no ha logrado enamorar a la afición, que lo considera futbolísticamente tacaño, aburrido y defensivo. Dice Deschamps: “Más allá de la calidad y el talento, hay dos aspectos importantes: el sentido de equipo y la mentalidad”. Ayer el Barça jugó muy bien y equiparó la calidad, el talento, el sentido de equipo y la mentalidad, pero no pudo superar ni la fatalidad ni las servidumbres de un VAR que, cuando sopla en contra, puede resultar desesperante.
Ayer, en el programa Vía Lliure (RAC1), Carlos Zanón soltó un comentario espontáneo sobre la falsa polémica de la decisión de Dro de pagar su cláusula de rescisión y fichar por otro equipo. “¡Que lo obliguen a ser titular en Anoeta y que se lesione!”, exclamó Zanón en un registro de ironía cruel que solo se entiende desde un sentido tribunero de la vida.
El adiós de Dro también incorpora una variedad de mentalidades, en este caso la de unos jóvenes que no comparten los protocolos tradicionales y entienden el derecho a decidir como un privilegio adquirido y no como una lenta y agónica meritocracia. También es normal que Flick se muestre contrariado ante esta prisa existencial. Pero debe entender que su demostrado paternalismo de club tiene que competir con otros valores de padrinazgo, seducción, tutela y sacrificio.

Hace 1 día
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