Mi hermano mayor fue uno de los últimos españolitos que hizo la mili. Como quería ver mundo, la hizo como oficial y en una fragata recorriendo el Atlántico Norte, que compensa con abundante entretenimiento la comodidad perdida frente a reposar las nalgas en una silla de escritorio o mirar crecer los hierbajos desde una garita. El caso es que mientras estaba en prácticas alguien cometió la imprudencia de permitirle manejar el timón de un patrullero de 350 toneladas. Olvidaron comentarle un detalle; el indicador mecánico del timón marca el ángulo que se le está sumando al giro, no el ángulo en el que se encuentra el timón. Como resultado, para cuando mi hermano favorito dejó de meterle giro, el timón siguió torciéndose hasta finalmente quebrarse: cuando él creía que ya había dejado de girar, en realidad le quedaba mucho recorrido. Tanto, que se pasó de rosca y acabó rompiéndose por pura inercia.
Me ha venido a la cabeza esta anécdota, que sus compañeros de armas le recuerdan cada vez que pueden, a cuenta de los disturbios de Belfast de esta semana. La causa inmediata fue el intento de asesinato en mitad de la calle de un señor cualquiera a manos de un refugiado sudanés que intentó decapitarle después de torturarle salvajemente ante los ojos aterrorizados de los transeúntes. Más allá del suceso, las causas profundas abarcan casi todo lo que una sociedad puede padecer. Inseguridad ciudadana creciente, sueldos estancados y una crisis de vivienda que hace que la que sufrimos en España parezca una resaca dominical. Los inmigrantes como colectivo no son los culpables de ninguno de esos problemas. Pero la política de puertas abiertas los agrava todos.
Nadie es culpable de los crímenes que comete otra persona sólo por compartir colectivo, raza, religión, origen. Los inmigrantes a los que les quemaron las casas no tenían nada que ver con el demente que le sacó los ojos a un hombre. Creo que lo tenemos bastante claro. Y los atacantes deberán ser juzgados y condenados. Pero eso no va a resolver el problema de fondo: que desde el Brexit hasta hoy han llegado millones de personas de manera ilegal, y que cualquier problema preexistente se agrava por la presencia de esos millones de personas. Los pisos son más caros, la sanidad está más saturada, el nivel de la educación pública se desploma, y es más peligroso salir a la calle. A eso se añade una justicia de doble rasero que entre un asesino extranjero y una víctima europea prefiere creer al asesino, y esposar a la víctima, como le pasó a Henry Nowak. Y la sensación es que los políticos no responden ante su electorado, y que votar no sirve para nada.
Un 90% de los problemas relacionados con la inmigración se solucionarían cumpliendo las leyes que ya existen. Imaginemos un Estado que requisa la mercancía a los manteros, los encierra en el calabozo y los expulsa a su país. Un Estado que no deja que un ilegal llegue a ser reincidente porque con el primer delito lo echa de una patada en el culo. Un estado que persigue implacablemente a los padres de las niñas obligadas a casarse por la fuerza con parientes cincuenta años mayores en su país de origen. Un Estado que devuelve a los menas con sus padres, tal y como dice la ley que debe hacerse. Un Estado que no permite que haya vendedores de comida sin licencia ni control en las bocas del metro. Todo es complicadísimo y dificilísimo, pero en 2020 no hubo problema alguno en destinar recursos infinitos para evitar que alguien pudiera pasear por la calle o ir a comprar a un supermercado en el pueblo de enfrente. Helicópteros aterrizaron en la playa para multar a gente que paseaba a su perro. Docenas de policías vigilaban que los comensales se subieran la mascarilla después de apagar el cigarrillo en la terraza de un bar. El Estado es una maquinaria inmensamente poderosa cuando hay voluntad política. Pero no hay voluntad de hacer cumplir las leyes, al menos ciertas leyes. Y ese es uno de los problemas de fondo en prácticamente toda Europa. Que tenemos sistemas legales pensados para una demografía que está dejando de existir.
Lo de Belfast no es un aviso. Es el principio de lo que está por venir. El sentimiento anti inmigración lleva diez años creciendo lenta pero inexorablemente y la práctica totalidad de los políticos ha entendido que las únicas medidas que había que tomar era perseguir a la disidencia y asegurarse de que determinadas opiniones no quedaran sin castigo. Y no malinterpretemos: los crímenes contra los inmigrantes deben ser perseguidos. Pero cuando las turbas empiezan a quemar cosas sin que nadie se lo diga conviene entender por qué sucede. Y sucede porque durante al menos un par de décadas los únicos partidos que han hablado abiertamente de los problemas inherentes a la llegada masiva de inmigrantes y refugiados, y las consecuencias inevitables de llenar ciudades y pueblos de gente con ideas políticas y sociales que en Europa no se ven desde el siglo XIX, han sido los unánimemente denominado como extremistas, y ahora, cuando parece que la cosa se está empezando a doblar pero en realidad ya está rota, ya es tarde para que el resto de políticos se lleven las manos a la cabeza. Ahora los extremistas ya no lo son tanto, porque una y otra vez suceden cosas que les dan la razón.
El movimiento Black Lives Matter quemó cientos de ciudades a lo largo de meses, y en respuesta, miles de políticos de Estados Unidos y el Reino Unido se fotografiaron y grabaron de rodillas. Lo de Belfast es sólo el principio. Y no ha recibido ninguna respuesta. Habrá más y será peor.

Hace 8 horas
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