Mi Mundial fue el de España 1982. No porque yo fuera fan de aquella selección española, ni en casa nos hiciera una ilusión especial que se celebrara aquí. El mío fue aquel Mundial porque tenía diez años, y creo que es entonces, y eso quizá es así hasta los catorce, cuando la imaginación de un niño aficionado al fútbol se encuentra en el momento de máxima fertilidad para plantar todo tipo de tubérculos: héroes, villanos, aciertos y pifias, sonidos, imágenes y formas que recordará el resto de su vida, sin que lo pueda evitar. Ciertamente, no se qué hacer, de toda esta información. Y envejecer quizá es eso: ir regurgitándola aquí y allí, cuando ya nadie la espera ni la quiere. Todavía hoy, por ejemplo, me saltan a la memoria nombres de jugadores de la selección francesa, como Trésor, el elegante Tigana o Alain Giresse, a quien recuerdo como un Brel rechoncho, o el suplente Genghini, que en las faltas directas colocaba la pelota en la cruceta y de quien nunca más tuve noticia. Eder, Falcão, Zico, Júnior, estrellas de Brasil. Magath, Kaltz, Breitner, Brieghel, ya no digamos Rummenigge. L’ urlo di Tardelli , aquella enloquecida celebración del centrocampista italiano después de marcar el 2-0 en la final (“nací con aquel grito dentro mío”, diría unos años después, “y aquel fue el momento en que salió”). La paloma de la paz de Picasso, reproducido a base de voluntarios vestidos de blanco, encima del césped del Camp Nou, el día de la inauguración. Y cosas más abstractas, como la parábola que dibujó la estirada hacia atrás del portero pelirrojo belga Custers, incapaz de atrapar un remate bombeado con la cabeza del delantero pelirrojo polaco Boniek. O más inquietantes, como la cabellera rizada, al estilo Louis XIV, del portero Schummacher, que llevaba los shorts tan ajustados como Maradona. La combinación de las dos cosas, como una pesadilla: cabelleras voluminosas, shorts ajustados. Tengo barrios enteros en el cerebro, con conexiones neuronales que se encienden con todo este grupo de nombres y de caras, de maneras de correr, de llevar las medias o de peinarse, sobreviviendo tozudas por encima del pobre Naranjito, aquella olvidable mascota sin cuello.
Aún hoy me saltan a la memoria nombres de jugadores de la selección francesa, como Trésor, el elegante Tigana o Giresse
¿Qué nos pasa, que mantenemos esta fidelidad a las primeras veces? También nos aficionamos a las bandas musicales por un disco concreto, y entonces parece que nunca vuelven a estar a la altura. Dicen que los artistas son autorreferenciales y autobiográficos hasta la extenuación. Pero me temo que los espectadores también lo somos. Y me compadezco de los que teníais esta edad tan tierna, en el año 2002. Sin poder evitarlo, os debe volver a la memoria aquella mancha de pelo, triangular como un bigote, que coronaba la parte frontal del cráneo rapado de Ronaldo Nazario. Paciencia.

Hace 4 horas
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