La primavera tiene dos diagnósticos posibles. Astenia o abstemia. El primero lo firma un médico. El segundo, una misma (antes del primer aperitivo).
La astenia primaveral es ese cansancio difuso que te hace creer que necesitas parar, dormir más, cuidarte. La abstemia primaveral, en cambio, es una mentira elegante que dura hasta que alguien te reta a un "¿vinito?" y tu respuesta viene con acto y resaca.
La primavera no invita a la moderación. Invita a negociar con ella. Y, en medio de ese estado de confusión estacional, por primera vez en años, no voy a la Feria de Abril que empieza mañana con el Pescaíto.
Todos sabemos que madurar es entender que la vida no siempre es una fiesta. A veces es una agenda.
Y estoy entre la astenia de no tener energía para una semana entera de sevillanas y la abstemia de prometerme que este año íbamos a beber menos. Ninguna de las dos es del todo cierta, pero ambas suenan bien en voz alta.
Y lo digo con una mezcla de dolor y alivio, porque la Feria es maravillosa, hasta que recuerdas los baños, las colas infinitas para un taxi y ese momento en el que el vestido deja de ser un gesto estético para convertirse en una carga estructural. Arquitectura emocional, pero sin ascensor.
Y es que hay un momento en el que la vida deja de ser una sucesión de fiestas y empieza a ser una sucesión de decisiones. Y algunas implican no estar.
Mientras tanto, Madrid decidió que también necesitaba su Feria. Madrilucía. El nombre ya era una declaración de intenciones. Malas. Malas intenciones. Una especie de simulacro folclórico que, por suerte, se ha pospuesto a 2027. Hay cosas que necesitan cocción lenta. Y otras que directamente necesitan quedarse fuera de la carta.
Intentar replicar la Feria de Sevilla en Madrid es como montar un Moët Winter Lounge en mitad de un paisaje que no entiende de invierno. Almería en pleno agosto. Por ejemplo. Champán con hielo en un entorno casi desértico. Todo perfectamente colocado, todo perfectamente frío… menos el contexto. La estética impecable, la experiencia discutible. Porque el problema no es el producto. Es el lugar en el que decides consumirlo.
Esta semana, en cambio, Nicolás Montenegro trajo a Madrid pequeños fragmentos de feria y de Andalucía en su desfile junto a Vanitatis. Y ahí sí. Cuando se entiende el formato, cuando se respeta la escala, cuando no se pretende sustituir sino evocar, la cosa funciona. Pero esto es moda. Lo otro, postureo.
Siempre se ha dicho que a Madrid solo le falta playa. Y no. El día que tengamos playa perderemos algo importante: la ficción. Vestidos somos todos más interesantes. La ropa ordena, estiliza, incluso engaña. Pero cuando quitas capas (y no solo de tela) aparece la verdad. Y la verdad, en bikini y nevera portátil, duele más.
Les escribo desde As Pedriñas Novas, en la calle Ortega y Gasset 66, un sitio que todavía resiste a que lo invadan los interioristas. Una rareza en Madrid. Aquí, una tuna de Ingenieros de Caminos y de Medicina canta a cambio de unas cervezas. Y de pronto pienso que eso sí es primavera. No la astenia. No la abstemia. Sino esa energía rara que no necesita excusas ni etiquetas. Gente joven que no busca anestesiarse para disfrutar. Que no negocia con la noche; la vive.
Y entonces entiendo que no es que estemos cansados. Ni que queramos beber menos. Es que no sabemos muy bien cómo estar. Quizá por eso hablamos de astenia cuando estamos saturados, y de abstemia cuando queremos parecerlo. Pero la realidad es mucho más simple. La primavera, como el amor, no se explica. Se elige.

Hace 3 horas
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