Admiro el ingenio de Sandra Petrignani para elegir el hilo en el que va ensartando literariamente las cuentas de su vida: juguetes de la infancia, casas de otras escritoras, un retrato de Natalia Ginzburg… En esta ocasión, utiliza a sus perros como percha para colgar retazos autobiográficos. Perros de la infancia, de sus matrimonios, perros vinculados a un lugar. Quienes vivimos con animales domésticos sabemos que su presencia —o su ausencia— acota distintas etapas: yo tuve tres gatos de la misma camada durante 20 años y parte del significado de esa época pasa por la compañía de Miranda, Simonetta y Brumario. Nuestros animales sirven para armar el relato vital, dotarlo de cronología y escenario, pero también para prefigurar y representar las circunstancias, más o menos terribles, de una muerte, la muerte en sí, el duelo. Autobiografías y metáforas animales —prosopopeyas— a menudo son pura elegía. El dolor no siempre desgarra y los relatos autobiográficos no nacen siempre del ajuste de cuentas o la desesperación. A veces, como dice Modiano, se trata solamente de “pasar a limpio nuestro pasado” y buscar acomodo, en el corazón, para lo inevitable de nuestros destinos. Incluso de los más halagüeños. La escritura convoca un sentimiento melancólico y, a la vez, el impulso solar de sobrevivir; un impulso solar que deslumbra en vívidas páginas de erotismo femenino: los juegos infantiles con Wendy, la agresión de Corallina... Bajo el peso de la ausencia, aparece el mandato de vivir y, sin embargo, qué difícil y, otra vez, el mandato de la luz y, sin embargo…
El encadenamiento adversativo tiende a infinito y deviene en una concepción de la escritura: “El deseo de escribir y la certidumbre de que ya no vale la pena”, el leitmotiv del escritor-receptor a quien se dirige el texto. La protagonista-narradora se llama Elettra, es una mujer que se reconoce en el carácter paterno, recuerda a sus abuelas —no tanto a su madre— y organiza su historia a partir de la conversación con este otro escritor, amante, amigo, fantasma a su manera, cuya obra lee para aprender a escribir. También le escribe para entenderse a sí misma, aunque siente que “cuando más profundizamos en nosotros mismos, más descubrimos que no somos nosotros mismos”, un replanteamiento excelente del concepto de vida interior y de la imagen de Alicia al atravesar el espejo. Creo que Sandra Petrignani, con su sobrenombre y su diálogo con el escritor, alude a su asimilación no traumática de la cultura patriarcal en un texto donde las referencias a escritoras también son frecuentes: Anne Carson, Jamaica Kincaid, Los perros de mi vida de Elizabeth von Armin… En este último caso, hay que fijarse en el contraste entre los títulos “Los perros de mi vida”/”Autobiografía de mis perros”: Von Armin coloca el peso en “mi vida”, mientras que Petrignani hace que los perros adquieran textura humana, un espíritu transmigratorio, en sintonía con la reencarnación y el respeto a cada pequeño ser vivo. El argumento no será admisible para etólogos, animalistas y detractores de una sentimentalidad pequeñoburguesa, pero la capacidad de observación y al amor por el lenguaje de Sandra Petrignani, convierten en preciosos los retratos de Ruggero, Celeste, Guapa, Mago y otros animales de compañía. Porque aquí la palabra vive y la vida habita las palabras.

Autobiografía de mis perros
Sandra Petrignani
Traducción de Andrés Catalán Rubio
Nórdica, 2026
240 páginas, 20,95 euros

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