Biografía descomunal del solitario Fernando Pessoa

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Apenas nadie supo nada de Fernando Pessoa hasta varias décadas después de su muerte en 1935, y hoy en cambio somos capaces de leer una biografía de 1.400 páginas con una cronología casi microscópica de sus avatares: un baúl gigante ha seguido suministrando información nueva hasta principios del siglo XXI, y esta descomunal biografía de Richard Zenith se beneficia de todo ello como ninguna otra antes.

Es verdad que, a ratos, la minuciosidad analítica casi causa impaciencia y no siempre empujan la lectura las excursiones informativas de contexto histórico. A cambio, ese microdetallismo permite saber que el último libro que recibió en su etapa de formación en Durban (Sudáfrica) fueron unas Obras completas de Shakespeare que lo turbarían en el viaje de regreso a Lisboa, en 1905, como adolescente que estaba consolidando de forma impresionante su cuadro ficticio de sociabilidad íntima. Lo demuestra muy bien Zenith: Pessoa mantiene correspondencia ya desde Lisboa con personajes que conoció en Durban (donde se escolarizó al acompañar a su madre y a su padrastro como cónsul portugués allí), pero en realidad no existieron nunca. Las cartas que recibe Pessoa a sus 14 años y los personajes que las firman son de ficción, como también lo es el autor del poema que manda por entonces a la conocida revista británica Punch, aunque la carta que escribe sí lleva su firma (real, si algo es real en el mundo de Pessoa). Ese fue el origen del mundo literario que iba a construir, y también de su desbordante identidad plural.

No publicaron el poema —por supuesto, escrito en inglés—, pese a que en él se había propuesto, con 16 años, “alcanzar lo ridículo mediante la suma de lo serio y lo grotesco”, según escribe en la carta. Es delator que un poco después, abandonados los estudios universitarios de letras recién empezados, Pessoa se obstinase en identificar la genealogía de su propia genialidad en otros genios, al hilo del impacto que le causó Degeneración de Max Nordau, todavía recordado por él en una entrevista de 1932 como libro crucial de su formación y tan presente en el omniabarcador Libro del desasosiego, que firmó como Bernardo Soares, y omnipresente, con razón, en la biografía de Zenith.

Las múltiples y dispersas notas confesionales conservadas ratifican un sentimiento de soledad radical y la incapacidad de generar en los demás lo que su heterónimo y, en realidad, alter ego, Bernardo Soares llama “una simpatía violenta”. Equivalía a sentirse “tan solo como un barco que naufraga en el mar” (como dice una de esas notas, al hilo de una traducción de Ignacio Vidal-Folch que fluye sin obstáculos). No sería exactamente así, porque frecuentó los núcleos de la nueva literatura desde muy temprano —su filiación semihomoerótica con Mário de Sá-Carneiro o su desdén por Almada-Negreiros (’no es un genio’), su colaboración en Orpheu y en Presença, etc—, pese a los múltiples fracasos que cosechó tras fundirse una sustanciosa herencia de una abuela tras fundar un conato de editorial. Solo pudo o supo ganarse la vida como ocasional crítico y poeta, y sobre todo como traductor y escribiente de cartas comerciales en inglés y francés para empresas de exportación.

Zenith da espacio importante a la relación entre Pessoa y uno de los hermanos de su padrastro, Henrique Rosa, escritor sin suerte, pero determinante para convertir al joven en un progresista republicano y anticlerical de firmes convicciones pesimistas y paradójicamente racionalista. Ahí nace el impulso de otro de sus infinitos proyectos, un panfleto anticlerical en inglés y, como casi todo en él, también inacabado: “Casarse por la iglesia es una estupidez”. Amén, lo cual no quita para que no se curase nunca de una misoginia correosa de fondo ni superase tampoco una ineptitud o atrofia sexual tanto hetero como homosexual hasta su muerte a los 47 años. Es verdad también que la intermitente relación amorosa con Ofelia Queiroz —registrada en infinitas cartas— no fue exactamente vulgar: “Eres ácido sulfúrico” fue la enigmática frase que una vez le dictó a Pessoa la pasión amorosa por Ofelia…

En una carta de 1935 confiesa que “desde que me conozco como siendo aquello a lo que llamo yo [¿no es de una impactante genialidad esta frase?], me acuerdo de haber definido —en figura, movimientos, carácter e historia— diversas figuras irreales que, para mí, eran tan visibles y mías como las cosas de aquello a lo que llamamos, acaso abusivamente, la vida real": que para Pessoa es la “tendencia a crear en torno a mí un mundo ficticio, a rodearme de amigos y conocidos que nunca existieron”. Sí, son sus heterónimos, o excrecencias literarias sobre el papel de su personalidad imaginativa e incontinente. Desde los periódicos y revistas que fabricaba a mano en la primera adolescencia, llenos de autores inventados, hasta el parto en 1914 de los heterónimos gigantes (los deslumbrantes y profundamente dispares poetas Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Ricardo Reis), se despliega un colosal mosaico de invenciones fiel a la profecía de Pessoa en 1912 sobre la aparición inminente de un Gran Poeta portugués que rivalizaría o incluso eclipsaría a Luis de Camões: era evidentemente él, el Supra-Camões.

La literatura náufraga, fragmentaria, sustantivamente inacabada de Pessoa acabó siendo, muchas décadas después de su muerte en 1935, su paradójica plenitud.

Pessoa. Una biografía

Richard Zenith
Traducción de Ignacio Vidal-Folch
Acantilado, 2025
1.488 páginas, 56 euros

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