No fue un espejismo, fue real; aunque solo fue un instante. Hablamos del discurso que el Papa pronunció ante el Congreso; recibido con aplausos desde todos los escaños. León XIV apeló a la concordia, a la necesidad de escucharse, a la importancia de la palabra, a rebajar el tono y a recuperar la capacidad de entender al otro sin convertir cada discrepancia en una batalla acompañada de insultos (y bulos) en las redes sociales. ¿Por qué será que en algún momento me recordó al cardenal Tarancón? (por cierto, valenciano). Nadie pareció sentirse incómodo con sus palabras. Al contrario. Gobierno y oposición las celebraron con entusiasmo. No duró mucho. Al día siguiente, en la sesión de control al Gobierno, y con el Papa ya en Barcelona, cada uno, en Madrid, volvió a recuperar su papel, entre mucho ruido.
El Papa entiende muy bien el momento, así en España como en Europa y en el mundo. Sabe que la polarización discursiva es el preludio de las violencias físicas que ya se están produciendo en diferentes geografías, algunas en forma de guerra. En nuestro país este contexto ya es también una realidad que se nutre, y mucho, del ascenso de la derecha extrema y de la abundancia de casos, presuntos, de corrupción que, últimamente, contaminan la imagen del Gobierno de Pedro Sánchez y que llevan años castigando al principal partido de la oposición, el PP. Se busca la demolición del contrario, sin espacio para la tregua o el entendimiento, y se instala en las partes el objetivo de la resistencia como forma de sostenerse en el escenario. Y todo sucede en Madrid, siempre en Madrid.
León XIV vino a recordarnos el papel de las instituciones para los ciudadanos
Sería injusto concluir que el Papa predicó en el desierto. Porque crece, lentamente, la percepción de que esa misma polarización nos va a llevar, poco a poco, al abismo, con la estrecha colaboración de las empresas que controlan la IA. Que una institución como la Iglesia católica esté abogando por ir a contracorriente de los nuevos tiempos, contra ese dominio que supone el control del paradigma digital en forma de monopolios privados sin control desde los poderes públicos, no deja de ser algo, casi, revolucionario. Y no sería descartable que en un futuro no muy lejano las fuerzas políticas que recuperen credibilidad sean aquellas que, justamente, tengan la capacidad de entender estos riesgos y de volver a escuchar a sus votantes.
El Papa vino, al fin, a subrayar el papel de las instituciones como la suya. Instituciones que deben recuperar el papel de garantes de la cohesión social y la dignidad de las personas. Cosa que, a día de hoy, muchos parecen haber olvidado, pues han encontrado en la bronca su espacio de confort, erosionándolas. Punto y aparte son esos “otros” que, directamente, quieren dinamitarlas desde dentro, y que deberían sentirse aludidos. León XIV nos ha recordado, al fin, la importancia de ser “ciudadanos” en este mundo tan complejo.

Licenciado en Ciencias de la Información por la UAB y Doctor en Comunicación por la UV. Delegado en València y redactor jefe de La Vanguardia desde 1991

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