El otro Entscheidungsproblem

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A principios del siglo XX la lengua de la ciencia era el alemán. Durante décadas, los filósofos y científicos más destacados del mundo pensaban, se expresaban y dudaban en esta lengua. Es en la lengua de Flick que Einstein puso el tiempo en su sitio; Planck cuantificó la naturaleza; Heisenberg formuló el principio de incertidumbre, y Schrödinger habló y no habló con su gato. Las aportaciones a la lógica de los matemáticos David Hilbert y Kurt Gödel condujeron al Entscheidungsproblem (el problema de la decisión): ¿existe un procedimiento automático capaz de decidir la verdad o falsedad de cualquier enunciado matemático?

No fue hasta 1936 que Alan Turing demostró que no puede existir ningún algoritmo universal capaz de resolver todas las cuestiones matemáticas, estableciendo así los fundamentos teóricos de la computación. En el origen de los ordenadores y de la IA se encuentra este debate filosófico.

Las universidades americanas bajan, las chinas suben

Paradójicamente, en los años en que Alan Turing trabaja en el Entscheidungsproblem, Gödel, Einstein y otros muchos deben huir de Europa: desafectos al régimen y además científicos de renombre, resultan doblemente peligrosos. Toda la ciencia que no apuntala a los postulados nazis –prácticamente toda– es cancelada. Físicos, matemáticos, químicos y filósofos se refugian mayoritariamente en EE.UU., y con ellos viajan ideas, métodos y preguntas. Así es como se destruye el ecosistema científico europeo y el inglés sustituye al alemán como lengua franca científica.

Esto explica la hegemonía en investigación de las universidades de EE.UU., que durante décadas han encabezado todos los rankings globales. Pero esa hegemonía muestra señales de erosión. Según los últimos rankings globales, las universidades de China han superado en publicaciones científicas a algunas de las universidades más prestigiosas de EE.UU.

“Harvard ya no es la primera” es un titular que debería preocupar a las autoridades federales, si no fuera porque es, en buena parte, un resultado buscado. Las políticas de financiación y regulación de la administración Trump han contribuido de forma decisiva. El ejecutivo ha congelado y recortado fondos federales para la investigación, ha desmantelado organismos, ha reducido el número de visados a científicos y estudiantes, y ha chantajeado a instituciones para que se alineen con determinados postulados –incluida la retirada de programas o cambios en prácticas académicas a cambio de financiación. Todo muy 1936.

El siglo XX comenzó con la ciencia hablando alemán y terminó con la ciencia hablando inglés. El siglo XXI comenzó hablando inglés pero con la producción científica desplazándose hacia China puede que vuelva a cambiar de idioma antes de acabar. El verdadero Entscheidungsproblem para muchos científicos de hoy ya no es lógico ni matemático, sino lingüístico: ¿debo aprender chino?

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