El Papa afina el tono de sus discursos en Catalunya y los adapta casi en directo

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El papa León XIV, destacan los que le han seguido de cerca en estos primeros meses, improvisa poco. Su antecesor, Francisco, era mucho más espontáneo. “Era terrible”, apuntaba estos días un vaticanista que tiene que seguir en directo los discursos de los pontífices cuando son en castellano para traducirlos al inglés si hay algún cambio.

En Catalunya, Robert Prevost, se ha saltado el guion en algunos momentos, de manera muy humana. Y también ha tenido que afinar el tono de la melodía en algunos momentos para evitar disonancias y controversias como la que se produjo hace unos días cuando se publicó el misal y se vio la bendición de la torre de Jesús solo en castellano.  A la que empezó el ruido y el bullicio con esta cuestión, los que conocen la Iglesia por dentro, dieron por sentado que se arreglaría. “La diplomacia vaticana no falla”, esgrimían. 

Las antenas de la Santa Sede captan los matices de cada coordenada casi en directo. Por ello, el lápiz con el que se han escrito estos días los discursos papales es de trazo fino. Todos han sido calibrados al milímetro porque en el Vaticano son conscientes de que cada palabra tiene consecuencias y estos días se han realizado ajustes de última hora para no herir sensibilidades ni alimentar nuevas polémicas. 

Así las cosas, se han incluido referencias más explícitas a Catalunya, se han descartado mensajes sobre la unidad de España –el Papa trata de imprimir a su iglesia un mensaje de unidad que también quiere proyectar al conjunto de la sociedad en la era de la polarización–  y se ha suavizado y modulado, que no excluido, el rechazo al aborto. En la Iglesia, resume una voz autorizada, hay dos formas de abordar este último asunto: unos hablan de la condena, otros de cómo acompañar y ayudar a las personas que han pasado por ahí. En esas aguas parece que nada el Papa; los tiempos en que la Iglesia encabezaba manifestaciones, los de Rouco Varela –presente estos días–, quedan atrás.

En cualquier caso, el hecho de que el Papa haya improvisado y haya roto el molde que se había diseñado, ha provocado que algunas cabeceras dieran por válidas afirmaciones que el Pontífice no ha pronunciado en estos dos días y que en un primer momento alguien sí había previsto. Los discursos se liberan poco antes de los actos con embargo, y solo son válidos siempre y cuando el Papa pronuncie esas palabras exactas. Igual que en el ámbito político.  Ese embargo es sagrado, aunque en esta ocasión se ha roto, tanto por parte de los que han publicado versiones iniciales como de aquellos que han contado con toda literalidad lo que se iba a decir y no se ha dicho.

Los discursos papales –aquí entran homilías y todo aquello que referencia en cada acto– son redactados por la Secretaría de Estado de la Santa Sede, en particular por las secciones que siguen los distintos países. La Iglesia local ha dejado muy claro estos días que la organización del viaje compete a Roma, aunque tiene voz y puede hacer sugerencias. Según algunas fuentes consultadas por este diario, en la elaboración de los discursos papales habrían influido también algunos sectores más conservadores de los prelados españoles presentes en la Curia romana.

Lo cierto es que, en este caso, parece que se produjo una anomalía: todas esas versiones fueron el resultado de una negociación previa. Detrás de cada una de ellas hubo un proceso de ajustes y equilibrios que no suele aflorar. En los preparativos del viaje, se negocia con el Vaticano. Una vez el Papa está en el país que le acoge, el contacto es con su séquito. 

Fuentes consultadas, apuntan que estos días la Iglesia catalana se ha tenido que dirigir en algunos momentos, aunque no siempre ha sido fácil, al maestro de ceremonias del Pontífice, el obispo Diego Giovanni Ravelli, que acompañaba ayer al Papa en el momento de la bendición de la torre de Jesús. Quien más peso ha tenido para corregir los aspectos que podían chirriar en este viaje ha sido el arzobispo de Barcelona, el cardenal Juan José Omella. 

Un sacerdote relataba a este diario hace unos días, a colación de las nuevas recomendaciones para nombrar a obispos, que Roma tiene antenas en todas partes y hace sus gestiones y sus consultas de manera anónima y analógica, pero que al final el nuncio tiene que acabar fiándose de alguien de la cúpula eclesial local. La nunciatura apostólica, la sede diplomática de la Santa Sede está en Madrid, y es donde ha residido el Papa durante las tres jornadas que ha pasado en la capital española. Esa realidad se da también en la organización de los viajes.

David Abadías, obispo auxiliar de Barcelona y encargado de la organización del viaje, daba otra clave en las semanas previas a la visita papal. Apuntó en Catalunya Religió que quien “marcaba la pauta” en todo momento era la Santa Sede. Explicaba también que aunque en el Vaticano hablan muchas lenguas, en Italia son monolingües y “no siempre entienden” la diversidad lingüística. “Sin conseguir todo, hemos conseguido más de lo que esperábamos”, añadió el prelado, que reveló también que los cambios de idioma en la liturgia –a excepción de las plegarias universales y las lecturas– tampoco tuvieron de entrada mucha acogida.

Iñaki Pardo Torregrosa

Redactor de La Vanguardia y colaborador de la revista cultural El Ciervo. Cubre la actualidad política catalana desde 2017

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