Hace unos día escribí una crítica a la encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV. Lo hice desde una perspectiva liberal, secular y humanista. Pero dado que el libertario presidente argentino Javier Milei acaba de publicar en Financial Times su propuesta legislativa sobre inteligencia artificial –cero regulación prematura, creación de "sociedades automatizadas" y un régimen fiscal ultracompetitivo–, me parece oportuno conectar las dos piezas. Estamos ante dos visiones antagónicas sobre el fenómeno más importante de la historia humana desde la invención de la escritura.
León XIV hace un diagnóstico serio acerca de que la IA no es neutra, toma el rostro de quien la diseña y financia. Por eso exige gobernanza y responsabilidad. Usa la imagen de la Torre de Babel para alertar contra el orgullo de unos pocos plutócratas que pretenden suplantar al bien común, y propone reconstruir Jerusalén como Nehemías, es decir, con trabajo compartido y dignidad humana como piedra angular.
Coincido con él, como expliqué, en lo básico y es que la dignidad humana no es negociable. La IA debe ser siempre instrumento, nunca sustituto. El poder concentrado en manos de Musk, Altman o Deepseek –y su programador, el Partido Comunista Chino– es un riesgo real porque mercantiliza la verdad y puede convertir la ecología de la comunicación en un campo de batalla oligopólico.
Pero aquí termina el acuerdo. Porque la solución que propone el Papa –más regulación, más multilateralismo, más "gobernanza global"– confunde lo social con lo socialista. Es el mismo error que la Iglesia lleva cometiendo desde hace siglo y medio al creer que el Estado, o una autoridad supranacional, es el guardián natural del bien común. Los monopolios epistémicos solo se rompen con competencia abierta, no con un superárbitro que, tarde o temprano, será capturado.
Ahí entra Milei. Mientras el Vaticano publica encíclicas, el presidente argentino presenta una ley que es puro liberalismo aplicado al siglo XXI. Cero regulación ex ante para que la IA pueda experimentar, fallar y evolucionar sin la mano mortal de la burocracia. Una nueva figura jurídica –la sociedad automatizada– que otorga personalidad jurídica y responsabilidad limitada a entidades operadas exclusivamente por algoritmos, sin necesidad de directores humanos. Baja carga impositiva y gobernanza flexible para atraer capital y talento.
Como recuerda Milei, es la actualización exacta de lo que la Compañía Holandesa de las Indias Orientales hizo en el siglo XVII con la responsabilidad limitada, cuando abrió la puerta al capitalismo moderno. Milei quiere que Argentina sea el Ámsterdam del siglo XXI para las corporaciones no humanas. En lugar de temer a la Torre de Babel, propone construirla con espíritu ateniense, es decir, plural, curiosa, competitiva, donde la IA no sea controlada desde arriba sino expuesta a la competencia neodarwiniana entre modelos divergentes. Como decía Popper, los sesgos solo se vuelven visibles y corregibles cuando hay contraste. Un solo árbitro –sea el Vaticano, la UE, la ONU o Pekín– los vuelve invisibles.
La paradoja es deliciosa. La Iglesia, que necesitó dieciocho siglos para condenar formalmente la esclavitud que ella misma reguló con bulas pontificias, hoy advierte contra los oligopolios tecnológicos. Es saludable que entre en el debate, pero su receta repite el viejo patrón. Milei, en cambio, apuesta por lo que siempre ha funcionado, el método liberal consistente en libertad, propiedad, competencia y responsabilidad. No reconstruye Jerusalén, sino que resucita Atenas junto al Río de la Plata. Y lo hace en un país que hasta hace poco era sinónimo de populismo y decadencia. El solo hecho de que Peter Thiel haya mudado sus maletas a Buenos Aires ya es un veredicto del mercado.
Por eso sugiero, como hice en mi crítica anterior, que la Iglesia use sus jesuitas, dominicos y amor por la humanidad para crear su propia IA de código abierto, orientada a la verdad, el bien y la belleza, que diría Santo Tomás de Aquino. Que compita con Grok, con Claude, con los modelos chinos y con los que surjan en Argentina. La verdadera defensa de lo humano no está en prohibir, sino en multiplicar las voces hasta que ninguna narrativa pueda imponerse como verdad única.
La pregunta sigue siendo si haremos la IA para el hombre o el hombre para la IA. Mi respuesta liberal y humanista es que para el hombre. Y el camino más seguro es el que propone Milei a través de competencia radical, derechos de propiedad extendidos a las nuevas inteligencias y cero miedo al futuro. Una Torre de Babel con espíritu ateniense, donde la IA burle cualquier monopolio ideológico –sea de Silicon Valley, de Pekín o del Vaticano–. Que el Papa rece por nosotros en el más allá. Yo prefiero que Milei legisle a favor de nuestro futuro en el más acá.

Hace 2 días
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