El romanticismo del fútbol profesional

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La semana pasada fue un pésimo día para el madridismo, y, sin embargo, bueno para el fútbol profesional. La victoria del Albacete, el gran partido de la Cultural Leonesa contra el Athletic Club, o el del Racing de Santander contra el FC Barcelona, son emoción y pasión en estado puro: la esencia del fútbol.

En Inglaterra, a la épica de los modestos la denominan “la magia de la FA Cup”: la aceptación colectiva de que la FA Cup existe para que lo improbable tenga siempre una oportunidad. En España ese lugar lo ha ocupado históricamente la Copa del Rey, cuando ha sabido resistirse a la tentación de blindar a los grandes. La victoria del Albacete no es una excepción incómoda, sino una última expresión de gestas deportivas anteriores: la eliminación del Real Madrid frente al Alcorcón, la llegada del Mirandés a semifinales, las eliminaciones de otros grandes a manos de modestos como el Cádiz, el Numancia, Mallorca, la Cultural Leonesa… Esa imprevisibilidad es el gran activo del fútbol, como deporte, como negocio y como producto de entretenimiento. ¿Qué otro espectáculo puede ofrecer un guion tan radicalmente abierto?

La magia no nace del desorden, sino de un sistema que se atreve a convivir con la incertidumbre, y el formato a partido único alimenta esa magia, ya que multiplica el factor sorpresa. En un ecosistema dominado por fondos soberanos, propietarios multimillonarios, presupuestos estratosféricos y fichajes descomunales, la esencia del fútbol sigue viva. Durante años se ha repetido que la profesionalización, la globalización y la entrada masiva de capital amenazan esa esencia, que cuanta más industria, menos magia. Pero el error radica en plantear el debate como una contradicción, ya que la esencia del fútbol no sobrevive al caos ni a la precariedad. Necesita estructuras, reglas claras y competiciones creíbles. Un fútbol poco profesionalizado no es más romántico, sino más vulnerable.

La imprevisibilidad es la esencia del fútbol, pero dicha competitividad depende también del diseño del ecosistema: reparto de ingresos, centralización de derechos televisivos, mecanismos de solidaridad, control financiero, formatos de competición, ayudas al descenso, y un largo etc. Paradójicamente, cuanto menos regulado esté el sistema, más previsible se vuelve. Sin contrapesos, las diferencias económicas aumentan y conducen al fatalismo deportivo, que, a su vez, destruye la esencia.

Una industria del fútbol fuerte, profesional y cohesionada puede ser el mejor instrumento para preservar aquello que más valoramos. La emoción no es un residuo romántico del pasado, sino el principal activo económico del presente. La industria del fútbol vive de la incertidumbre tanto como de sus aficionados. Sin emoción, sin sorpresa, sin noches como la de Albacete, el negocio se desvaloriza. Esencia y profesionalización deben caminar de la mano, como explicaba recientemente en El País Semanal Marián Mouriño, quien, desde su llegada a la Presidencia del Celta de Vigo, ha trabajado la profesionalización desde la esencia del celtismo, colocando al fan en el centro de la acción.

Los clubes modestos son quienes más necesitan un sistema profesional sólido, una mejor gobernanza, mejor sistema arbitral y ayudas para inversión en infraestructuras, formación y talento local. La victoria del Albacete se estima que reportará unos 2 millones de euros a la ciudad y al club, gracias a 1,5 millones en taquilla que representan un ingreso importante en su presupuesto anual de 12 millones.

La derrota del Madrid no es una mala noticia para el fútbol moderno, sino una prueba de que la esencia y la magia del fútbol disfrutan de excelente salud. Eduardo Galeano escribió que “el fútbol es la única religión que no tiene ateos”. Y no hay mejor formar de alimentar la fe que con la profesionalización de la industria.

Marian Otamendi es la CEO del World Football Summit.

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