Lo que está ocurriendo desde hace un año en EE UU está inspirando muchas reflexiones sobre un cambio de régimen a nivel global, sobre todo después del secuestro del dictador Nicolás Maduro, hecho inédito, más que nada, por la desfachatez con la que se ha violado el Derecho internacional público. Sin embargo, más allá de que esta deriva, que puede escalar, tenga probablemente como justificación principal que Trump consiga que no se hable del caso Epstein, a nivel jurídico se puede estar operando realmente ese cambio de forma de gobernanza. Puede que sea útil conocer el modus operandi de ese cambio.
No voy a comparar a Trump con Hitler porque creo que la personalidad de ambos tiene poco que ver, siendo Trump tal vez más similar al Nerón de Peter Ustinov. Pero sí conviene asomarse a la historia de cómo los nazis obtuvieron el poder absoluto en Alemania. Hitler ganó por la mínima las elecciones en noviembre de 1932, pero enseguida llamó a celebrar nuevos comicios en marzo de 1933 que ya fueron víctima de todo tipo de trapacerías, entre otras, ataques y persecuciones a la oposición, resultando finalmente, tras la exclusión ilegal de los escaños del partido comunista, una mayoría absoluta del partido nazi que permitió al Parlamento aprobar en ese mismo mes de marzo una “Ley de remedio de la miseria del Pueblo y del Imperio”, más conocida como Ermächtigungsgesetz o ley habilitante. Esa ley, de solo cinco artículos, supuso el suicidio del Parlamento al conferir todos los poderes legislativos al Gobierno de Hitler, permitiéndole incluso ir más allá de la Constitución. Lo más triste es que semejante ley claramente inconstitucional —rompía la separación de poderes– requería una mayoría parlamentaria de dos tercios, que se obtuvo al convencer los nazis a algunos partidos mayoritariamente centristas. Poco después, para julio de ese mismo año, fueron prohibidos todos los partidos salvo el nacionalsocialista. Nunca más volvió a haber elecciones libres.
Lo meteórico de algunas declaraciones políticas de estos días recuerdan poderosamente a lo anterior. Pese a que hay, sin duda, diferencias notorias, Trump ha dicho que su poder como comandante en jefe del Ejército solo está limitado por su propia conciencia, lo que supone una declaración netamente dictatorial. Sin embargo, el Congreso y el Senado de EE UU mantienen —todavía— su poder y Trump está muy preocupado por ganar las elecciones de mitad de mandato, en las que se renueva por completo el Congreso y en parte el Senado. Y esa preocupación obedece, precisamente, a que la democracia aún resiste en EE UU y, por consiguiente, podría perder las elecciones.
Sin embargo, ¿qué ocurriría si, como hizo Hitler, anulara, al menos en parte, la libertad de los ciudadanos a la hora de votar, obteniendo una victoria irregular? En ese caso, la situación sería que obtendría un parlamento a su favor. ¿Podría dicho parlamento, irregularmente elegido, constituirse válidamente? Una vez constituido, ¿podría aprobar una ley habilitante?
Curiosamente, ambas preguntas tienen la misma respuesta. En última instancia, serían los jueces quienes tendrían la última palabra para validar las elecciones, y desde luego para decir si una ley semejante sería constitucional. Si anularan todo lo sucedido como contrario a la separación de poderes, la democracia podría tener una oportunidad de mantenerse. De lo contrario, tal y como sucedió en la Alemania nazi, la separación de poderes dejaría de existir y EE UU pasaría a tener un dictador, todo con la sumisa colaboración de un poder judicial que habría perdido también su independencia definitivamente. Por cierto, hay que recordar que los magistrados nominados por el Partido Republicano tienen una mayoría de seis sobre nueve en el Tribunal Supremo. Al margen de ello, conviene insistir en que si los jueces, en general, entran en política y se muestran colaboracionistas con el dictador o con quien pretende serlo, la democracia se extingue.
En todo caso, también podría suceder que una Cámara de Representantes y un Senado libremente elegidos fueran tan sumisos a Trump como el Partido Comunista chino a su líder. Sea cual fuere el camino, ¿cómo se lucha contra un dictador? En los momentos actuales es muy complicado, sobre todo porque la tecnología nos ha hecho ciudadanos transparentes y, por tanto, muy fácilmente rastreables por las autoridades, cosa que hasta ahora no le ha importado demasiado a la mayoría de la gente, pero que en un contexto de dictadura impediría prácticamente la rebelión, lo que perpetuaría el poder de la dictadura y condenaría a la población a un infierno ilimitado en el tiempo. Ser conscientes de ello puede que, algún día feliz, haga que, por fin, se limiten las funcionalidades de los sistemas informáticos y telemáticos, especialmente los utilizados explícita o subrepticiamente por la policía, en respeto estricto de nuestra intimidad. Ojalá.
Desde luego, en ese contexto siniestro cualquier cosa es posible, desde la guerra civil si las fuerzas armadas se parten en diversos bandos, hasta una aceptación sumisa de un pueblo pacifista que, por mucho que tenga un sinnúmero de armas —sobre todo cortas— en su casa, más allá de bravatas solo está acostumbrado a protestar con pancartas, y no es consciente de que, históricamente, la defensa de la libertad ha sido muchísimo más cruenta que decir cuatro frases ingeniosas en una red social.
Los mecanismos pacíficos de defensa de la democracia existen, pero son limitados y no es tan difícil superarlos si los ciudadanos corrientes y cargos públicos de mentalidad autoritaria, colaboran con el aspirante a dictador colonizando el parlamento y la Justicia.
Prevenir lo anterior solo es posible con una dosis enorme de educación ciudadana acerca de la importancia de mantener las instituciones democráticas. Lamentablemente, parece que en las últimas décadas, la corrupción estructural del funcionamiento de demasiados partidos políticos ha persuadido a las gentes de algo que Hitler ya decía en Mein Kampf: el parlamento es inútil y es mejor que un grupo de personas bien preparadas tenga el poder absoluto.
Solo se desactiva ese estremecedor y estúpido pensamiento si la gente ama la libertad y entiende por qué existe la separación de poderes. De lo contrario, volveremos a ser súbditos, y no ciudadanos.

Hace 10 horas
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