“Juntos elevamos Groenlandia”

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Pittufik, en el noroeste de Groenlandia, y Palomares, en el levante almeriense, están unidos por una historia tan improbable como inquietante. Ambos lugares fueron escenario, con apenas dos años de diferencia, de accidentes aéreos protagonizados por sendos B-52, bombarderos estratégicos estadounidenses cargados con armas nucleares. El primero, en enero de 1966, cuando un aparato se estrelló frente a la costa española; el segundo, en enero de 1968, cuando otro B-52 cayó sobre aguas heladas groenlandesas. Dos accidentes casi gemelos, peligrosos y silenciados en plena guerra fría, enmarcados en la tensión permanente entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

Hoy, Pittufik, conocido durante décadas como Thule, sigue siendo un enclave estratégico. Alberga la única base militar de Estados Unidos en Groenlandia y vuelve a ocupar titulares en un contexto internacional marcado por el renovado interés de Washington en el Ártico y por declaraciones que han llegado incluso a plantear la anexión del territorio. En la zona viven también unos doscientos civiles groenlandeses. Aislados, azotados por el clima polar y sin conexiones terrestres con el resto del país, la base y la pequeña comunidad que la rodea dependen casi por completo del avión. Y es ahí donde entra en escena Air Greenland.

Air Greenland no es tan solo una aerolínea, sino un hilo que cose Groenlandia, un país fragmentado por el hielo

Groenlandia es un territorio autónomo de Dinamarca con más de dos millones de kilómetros cuadrados y apenas 56.000 habitantes, dispersos en pequeños asentamientos a lo largo de una costa inmensa y hostil. No hay carreteras que unan las ciudades. Tampoco hay ferrocarriles ni navegación regular durante muchos meses del año. Volar no es una opción cómoda ni rápida: es, sencillamente, la única forma real de desplazarse. Air Greenland no es solo una aerolínea, sino un hilo que cose un país fragmentado por el hielo.

La compañía conecta cerca de sesenta destinos, desde la capital, Nuuk, hasta aldeas como Kangersuatsiaq, donde viven apenas unas decenas de personas y a las que solo se accede en helicóptero, como ocurre también en Aasiaat o Tiniteqilaaq. Transporta pasajeros, además de correo, alimentos, medicinas o ayuda esencial. Opera, además, todas las evacuaciones médicas, misiones de rescate y vuelos que en cualquier otro lugar del mundo resultarían inviables por climatología o rentabilidad.

Militares alemanes embarcan en un vuelo a través de una escalera de aeronave de la compañía Air Greenland 

Militares alemanes embarcan en un vuelo a través de una escalera de aeronave de la compañía Air Greenland AFP

Esa realidad convierte a Air Greenland en una rareza también desde el punto de vista técnico. Su certificado de operador aéreo está considerado uno de los más singulares del mundo: bajo el mismo paraguas conviven Airbus A330 capaces de transportar más de 300 pasajeros en rutas internacionales, aviones Dash-8 diseñados para pistas cortas y una flota de helicópteros que va desde los H225 hasta pequeños Écureuil preparados para llevar cinco o seis personas. “Nuestra misión no es solo volar, sino mantener unida la infraestructura crítica de Groenlandia”, resume su consejero delegado, Jacob Nitter Sørensen.

En invierno, cuando las tormentas de nieve reducen la visibilidad al mínimo y el viento convierte cada aterrizaje en una tarea casi quirúrgica, la aerolínea sigue operando. Cuando las condiciones pasan a ser extremas, no siempre lo consigue y las cancelaciones son frecuentes. Aun así, detrás de cada vuelo hay una certeza compartida por pilotos, técnicos y unos pasajeros que acaban siendo casi siempre los mismos: sin Air Greenland, muchas comunidades quedarían aisladas durante semanas.

La única forma de desplazarse

El lema de la aerolínea es “Juntos elevamos Groenlandia”. En su caso no es solo un simple marketing de compañía aérea. Es una descripción de lo que ocurre diariamente en el Ártico, gracias a unas aeronaves pintadas de un color rojo intenso.

La inauguración del nuevo aeropuerto internacional de Nuuk, a finales del 2024, supuso un avance enorme. Por primera vez, la capital de Groenlandia pudo recibir vuelos de largo radio sin depender de escalas intermedias. Fue un acontecimiento vivido como algo más que una mejora de infraestructuras. “Es un paso histórico que abre Groenlandia al mundo sin perder su identidad”, afirmó entonces Malik Hegelund Olsen, presidente del consejo de la aerolínea.

Aun así, incluso con nuevos aeropuertos y rutas hacia Dinamarca, Islandia o Canadá, la esencia no cambia. La verdadera Groenlandia sigue estando en los pequeños aeródromos y helipuertos costeros; en los aviones y helicópteros que despegan con un enfermo a bordo; en los vuelos que llegan con suministros cuando el mar permanece cerrado por el hielo. En lugares como ese remoto Pittufik, unido involuntariamente a Palomares por una historia nuclear, la aviación civil sostiene y da continuidad a la vida cotidiana.

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