?lvaro Mart?nez-Echevarr?a*
Actualizado Viernes, 12 junio 2026 - 12:41
Envuelto en el entusiasmo de centenares de miles de personas y con una atronadora presencia juvenil, Le?n XIV vino a Espa?a. Durante d?cadas, las visitas a nuestra naci?n de los sucesivos pont?fices de la Iglesia Cat?lica eran algo habitual. Lo hizo, en numerosas ocasiones, el en?rgico y carism?tico Papa nacido en la entonces maltratada tierra de Polonia; tambi?n el poderoso intelectual teut?nico que le sucedi? y finalmente lo ha hecho el bondadoso matem?tico norteamericano que hoy ocupa la Silla de San Pedro.
Se recupera as? una tradici?n s?lo interrumpida por el peculiar porte?o que tan empe?ado estuvo en mostrar el poco afecto que sent?a hacia nuestro pa?s. Este hecho no deja de ser peculiar. Constituye un notable fracaso espa?ol evangelizar la mitad del orbe y recibir el ol?mpico rechazo del primer Pont?fice procedente de esa porci?n del mundo evangelizada por Espa?a. De todas formas, el fracaso es algo consustancial a la religi?n cat?lica, pues el primer gran fracasado fue su fundador.
Eso no es un hecho habitual en las grandes religiones: Confucio, un poderoso pensador que vivi? lleno de prestigio hasta el final de sus d?as; Buda -el bello Pr?ncipe Sidharta- muri? pl?cidamente entre aromas, suaves melod?as y homenajes florales; tambi?n Mahoma, conquistador de tierras, almas y mentes, triunf? sin paliativos durante su azarosa vida. Sin embargo, Jes?s de Nazaret muri? ejecutado como un vulgar malhechor y abandonado hasta por sus m?s ac?rrimos seguidores. Precisamente a esa cuadrilla de cobardes fue a la que el nazareno encomend? la difusi?n de su incre?ble mensaje.
Y en la hedonista sociedad romana hablaron de castidad; defendieron que los patricios y senadores de Roma eran tan iguales como sus esclavos y predicaron el perd?n de las ofensas y el amor a los enemigos entre multitudes acostumbradas al sanguinario espect?culo del Circo Romano y sus gladiadores. Sin embargo -con ese discurso radical- aquellos disc?pulos que fracasaron ante la Cruz cambiaron el mundo, convirtiendo los valores que proclamaban en el m?s noble de los fundamentos de la civilizaci?n occidental.
El ?xito parad?jico de esa doctrina conduce necesariamente a preguntarse qui?n era aquel que fracas? en el calvario. Lo cierto es que los brillantes y triunfales fundadores de las grandes religiones, se defin?an a s? mismos privilegiados portadores o profetas del mensaje de la divinidad; pero no as? Jes?s, pues cuando hablaba no lo hac?a en nombre de Dios: se limitaba a afirmar que Dios era ?l. Clamorosa afirmaci?n en verdad. Y no se me ocurre explicaci?n m?s plausible del inexplicable ?xito de su exigente mensaje -difundido por sus m?s que mejorables seguidores- que confiar en la alta probabilidad de que sea veraz la tremebunda autoproclamaci?n del crucificado.
Desde luego, contin?a sin ser excesivamente pac?fica la relaci?n de la doctrina cat?lica con la mentalidad de las distintas ?pocas en las que convive. Especialmente con la nuestra. La defensa de la indisolubilidad matrimonial, la oposici?n al aborto y la eutanasia, el celibato sacerdotal o el rechazo a los m?todos anticonceptivos, constituyen un 'programa electoral' al que se le podr?a augurar un ?xito an?logo al de Custer en Little Big Horn. Muy probablemente por ese motivo, dentro del 'amplio men?' que ofrece el cristianismo, en sus m?ltiples versiones protestantes se presenta una visi?n m?s acomodaticia con la modernidad: divorcio, sacerdocio femenino, bendiciones de parejas homosexuales y aceptaci?n de una moral m?s relajada que evite el conflicto.
Sin embargo, cualquiera que visite un bello templo protestante, tendr? que limitarse a contemplar la belleza, porque feligreses no va a encontrar ni uno. Por el contrario, con la firmeza de sus valores y su poca complacencia con los pendulazos morales de la historia, la iglesia cat?lica contin?a custodiando la m?s numerosa de las religiones y, aun padeciendo persecuciones y lamentables crisis internas, siempre resurge cual Ave F?nix.
Este hecho incontestable no impide que personas muy razonables consideren un fracaso de la doctrina cat?lica su nula capacidad de adaptarse a la mentalidad de las diferentes ?pocas con las que convive y err?neo el empe?o en mantener inalterable su contenido pese al transcurrir de los siglos. Tan respetable es esa cr?tica como comprensible es replicarla, pues una muestra importante de la vitalidad y vigor de una idea es su pervivencia a lo largo del tiempo. Para G.K. Chesterton "el mayor logro de un planteamiento es alcanzar el prestigio de poder denominarlo anticuado".
Los cientos de miles de j?venes que estos d?as han acompa?ado a Le?n XIV muestran el crecimiento de esa pr?ctica religiosa que tanto escandaliza a los que la desprecian, sin recibir un desprecio an?logo por parte de los despreciados. Es cierto que los millones de seguidores del rigor de esa doctrina son tan d?biles y falibles como los Doce que en sus or?genes la difundieron y, al igual que ellos, en no pocas ocasiones fracasan cuando tratan de seguirla.
Fracaso ?ste compensado con el ?nico tribunal del universo en el que confesar que un delito se sanciona con el perd?n. Quiz?s por ese motivo habr? que dar la raz?n a Oscar Wilde cuando afirmaba que "el catolicismo es una religi?n para pecadores, porque para las personas decentes ya tenemos la religi?n anglicana". De hecho, el bueno de ?scar acab? sus d?as muriendo en el seno de la iglesia cat?lica; probablemente porque fue un gran pecador y, sin duda -al igual que tantos como ?l-, hoy est? disfrutando de la gloria que nunca termina.
*?lvaro Mart?nez-Echevarr?a es director del Instituto de Estudios Burs?tiles (IEB).

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