La reciente visita de León XIV a España ha resultado de una intensidad y repercusión extraordinaria. A ello ha contribuido en buena manera la desorientación generalizada de un Occidente que anda a la búsqueda de personalidades que alimenten no solo la idea de trascendencia, sino también de que un mundo mejor es factible. Además, su primera y reciente encíclica Magnifica humanitas, de especial contundencia frente al llamado tecnofascismo al que puede conducirnos la inteligencia artificial, ha alcanzado una enorme repercusión, como también sucedió con motivo de su enfrentamiento con Donald Trump. Todo ello le ha convertido en una gran referencia ética global, no solo para el catolicismo.
No ha sido esta la única ocasión en la que un pontífice ha congregado a cientos de miles de fieles en el espacio público, pero, seguramente, sí es la primera vez que sus intervenciones han sido tan recogidas por la política. Y es que todos, a derecha e izquierda, han querido capitalizar los posicionamientos del Vaticano: los progresistas, destacando la coincidencia entre sus políticas sociales y migratorias y la renacida doctrina social de la Iglesia, mientras que los conservadores han visto en la respuesta masiva de la ciudadanía a la llamada del Papa una bofetada al sanchismo y un renacer de aquellos valores y tradiciones que la izquierda radical había diezmado en los últimos tiempos.
Las élites a las que apela solo quieren entender del Papa lo que sirve a sus intereses
Ciertamente, en diversas intervenciones se ha dirigido a los líderes políticos españoles apelando a superar el clima de desencuentro y rechazo sistemático del otro; unas críticas que cada bando ha dado por sentado que iban dirigidas al otro, por lo que, como ya podemos comprobar, de nada habrá servido su estancia entre nosotros. Pero, más allá de referirse a la inmediatez política de un país concreto, ha insistido en señalar como origen último de los males que nos aquejan “la dictadura de una economía que mata” y, así, viene criticando “las ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera” o señalando cómo “los pobres no están por casualidad o por un ciego y amargo destino”. Este es el fondo de un mensaje con el que da continuidad al legado de su predecesor, el papa Francisco, quien ya empezó a denunciar con contundencia el desvarío del dinero global y sus consecuencias devastadoras.
Para reconducir el enorme caos, León XIV confía en el fortalecimiento de unos estados democráticos capaces de regular la revolución tecnológica y en un rearme moral al servicio del bien común. Sin embargo, a quienes apela especialmente con su mensaje, aquellas élites que se declaran católicas, solo quieren entender del Papa lo que sirve a sus intereses. Muestra, todo ello, de que el dinero se sigue situando muy por encima de la fe.

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