El Reino de Marruecos va razonablemente bien en el plano económico –crecimiento, nuevas infraestructuras, inversión extranjera– y ha cumplido los deberes asignados por Occidente en cuanto a antiterrorismo yihadista y control de los flujos migratorios. Sus apuestas le han convertido en un país estable, justo cuando los países del vecino Sahel se desmoronan. Crecido en autoestima, Marruecos necesitaba algo que proyectase al mundo una pujanza mal conocida. Y ese algo ha sido el fútbol...
El rey Mohamed VI aparece y desaparece de la vida pública pero su figura es omnipresente e intocable. Los méritos de su país son suyos, los deméritos de otros, fácilmente sustituibles. Y mientras nadie diga lo contrario, Mohamed VI ha sido el gran impulsor de una ofensiva futbolística ambiciosa y doble: potenciar la selección nacional a base de plata y persuasión –“pescando” a excelentes jugadores nacidos o criados en Europa de padres marroquíes– y acoger un Mundial, el del 2030, logro alcanzado gracias a una candidatura conjunta con España y Portugal. El grado de cooperación y entendimiento dará mucho de qué hablar estos años. Nadie organiza un Mundial a tres bandas para acoger un Trinidad y Tobago-Rumania en la fase de grupos...
Rabat ha apostado por el fútbol como escaparate de su modernización, pero lo visto en la Copa de África...
La Copa de África, organizada por Marruecos, estaba ideada para reforzar el protagonismo en el Mundial del 2030. Estadios rutilantes, medios de transporte “occidentales” y la pasión de los marroquíes por el fútbol, valor que les diferencia de otros estados musulmanes donde todo es más artificial.
La final de la Copa África fue el único partido que llegó a las audiencias televisivas europeas. Y lo más parecido a pegarse un tiro en el pie. Solo faltaba este colofón surrealista de retirar el título a Senegal y dárselo al país anfitrión por 3-0. Hoy, Marruecos está más débil que antes del gran torneo africano en sus aspiraciones de ganar el favor de la FIFA con vistas al reparto de sedes y, sobre todo, cuartos, semifinales y final del Mundial 2030.
Rabat esgrimirá que las críticas o aun la islamofobia están detrás de un estado de opinión occidental que desconfía de la capacidad marroquí de acoger los grandes duelos del Mundial 2030, sobre todo si su selección está en liza. Sin duda, sus detractores aprovecharán esta debilidad, como haría Marruecos si una final de la Eurocopa disputada en España o Portugal hubiese terminado como el rosario de la aurora, tal que el 18 de enero en Rabat. Un ambiente ultranacionalista, un arbitraje sospechoso y aún así la victoria heroica sobre el césped de Senegal tras desaprovechar Brahim Díaz un penalti. La impugnación del resultado, a instancias de la Federación marroquí, no fue una buena idea y no sería extraño que rodasen cabezas. El mal perder no cotiza.

Nacido en Barcelona, licenciado en Periodismo por la Universidad de Navarra y becado un curso en la Missouri-Columbia University, entró en 'La Vanguardia' en 1982, donde ha hecho casi de todo. Corresponsal en Hong Kong (1987-1993), Washington (1993-96) y París (1996 al 2000). Ha cubierto tres elecciones presidenciales en EE.UU., tres en Francia, las guerras de Kuwait, Irak, Ucrania y Gaza, los funerales de Hiro Hito, Rajiv Gandhi, Deng Xiaoping, Nixon o Hassan II, el 11-S de Nueva York, el accidente nuclear de Fukushima así como tres mundiales de fútbol y los JJ.OO de Seúl, Barcelona, Atlanta y Atenas. Redactor jefe de Internacional y actualmente articulista del diario. Ha perpetrado tres libros: 'Menuda tropa', 'Esta ronda la pago yo' y 'Cuando de dejan'.

Hace 1 día
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