Mira Rai, de niña guerrillera a superatleta: la conquista del Mont Blanc

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Con 14 años formaba parte de la guerrilla maoísta, un grupo de ideología comunista que llevaba años protagonizando una guerra civil en Nepal. Con 26 años, establecía el récord en los 80 kilómetros del Maratón del Mont Blanc, una de las carreras más exigentes del planeta. Un cambio, pasando por diferentes fases, que resume una historia de superación. De lucha. De entrega. Y de amor por un deporte, el atletismo, que le ha salvado la vida.

Nacida el 31 de diciembre de 1988 en la remota Bhojpur, al este de Nepal, la infancia de Mira Rai pasó entre una pobreza extrema a la que no todos sobreviven. Para lograrlo, o para intentarlo, debía ayudar en las tareas familiares que les permitían llevarse algo de comida a la boca. Y no eran tareas precisamente sencillas. Principalmente, eran dos: transportar sacos de 28 kilos de arroz para intentar venderlos en el mercado y caminar durante tres horas para ir a buscar agua.

Por eso, cuando con 14 años pasaron por su pueblo varios miembros de la guerrilla maoísta reclutando colaboradores, no se lo pensó. "Vi que en el partido comunista se trataba igual a ambos géneros. Las mujeres tenían la oportunidad de aprender y eso me gustaba", afirmaría años más tarde. Para ella, y para la mayoría de las niñas del país, el acceso a la educación formal no estaba permitido en un Nepal en el que la desigualdad de género es muy pronunciada.

De inmediato pasó a formar parte de los insurgentes del partido comunista como niña soldado. El objetivo de la guerrilla maoísta, con el que llevan más de un lustro de guerra civil, era el de instaurar en Nepal un Estado socialista con grandes semejanzas a la vecina República Popular China, siguiendo los principios revolucionarios de Mao Zedong. Una guerra popular prolongada desde zonas rurales hacia urbanas.

En el caso de Mira Rai, era más sencillo: quería vivir en mejores condiciones. Aprender. Y conseguir algo de dinero para su familia. "Durante mi vida en la jungla, estuvimos en varios pueblos manteniendo la seguridad", explica. "Nunca participé en una lucha. Me pasaba el día entrenando, saltando, corriendo e incluso practicando kárate. Además, aprendía a usar y limpiar las armas, me enseñaron táctica militar, a cocinar y a construir edificios. Se trataba a las mujeres y los hombres de la misma manera. Esto me hizo tan fuerte como los demás, daba igual tu género", añade.

La ilusión de correr

En 2006, tras 10 años de conflicto y más de 12.700 fallecidos, se alcanza la paz en Nepal. Pocas semanas después Mira Rai cumple los 18 años y se inscribe en un programa de rehabilitación del Gobierno. Aquello le permite correr por diversión. Correr. Una afición que había descubierto que amaba en la guerrilla, y sobre todo que se le daba especialmente bien. Quizá por todos aquellos sacrificios hechos desde su infancia. Quizá porque, como declararía ella misma, "empecé a correr para escapar de mi futuro".

La primera carrera en la que puede participar es de 21 km. Sin apenas comida, ni la equipación adecuada, se desploma poco antes de la llegada. Pero ya se ha enganchado. Se traslada, gracias al programa, a la capital del país, Katmandú, donde es entrenada por un profesor de kárate. "Quería una vida más allá de lo que había en mi pueblo. En el ejército había aprendido muchas cosas y quería vivir en Nepal como una mujer libre".

Pero en estas historias de superación, de final feliz cuando parece imposible, siempre debe intervenir en algún momento la diosa fortuna. Esa, para una Mira Rai que ya estaba a punto de arrojar la toalla, se aparece en forma de unos soldados que se cruza mientras estaba entrenando en las montañas de Chandragiri. Rai corre un rato con ellos, y estos, al ver la facilidad con que lo hace, le proponen acompañarles el siguiente fin de semana. Mira acepta, sin saber que se había apuntado al Himalayan Outdoor Festival, una carrera de 50 kilómetros. "Las oportunidades son como las hojas en un río: si no las atrapas, puede que no vuelvan nunca más".

Y a partir de ahí, el ascenso. Porque en esa misma carrera, en la que puede correr en condiciones correctas gracias a sus nuevos amigos, logra la victoria. Con la fortuna de que una gran empresa, Red Bull, forma parte de los patrocinadores de la prueba. La marca de bebidas energéticas descubre sus cualidades y su historia, su pasado, y decide apostar por ella. Auspiciarla. Fomentar su carrera.

Gracias a ello Mira Rai viaja a Italia en 2014. Participa en la carrera Sella Ronda, de 57 km, y vence. Solo quince días más tarde también se hace con la victoria en el Ultra Trail Degli Eroi, de 83 km. En 2015 acude a Australia y queda tercera en la Buffalo Stampede de 42 km. Encadena ocho podios —seis victorias— en sus ocho primeras carreras oficiales.

Pero es ese mismo 2015 cuando lleva a cabo su gran gesta. Es en el Maratón del Mont Blanc, una de las pruebas más exigentes del planeta, con 81,9 kilómetros de distancia y una elevación de 6.000 metros por algunos de los senderos más complicados de los Alpes. Mira Rai se proclama vencedora, por delante de nombres ilustres como la española Anna Comet Pascua o Hillary Allen. Y logra el récord histórico de la prueba: 12 horas, 32 minutos y 12 segundos.

"Esa fue una carrera muy emotiva para mí", declararía una Mira Rai que entró en meta levantando la bandera de Nepal. "Pude hacer que mi país se sintiese orgulloso en ese momento. Aquello tuvo mucho valor para mí".

Los éxitos no se terminan ahí. Llegan podios en varias carreras de enjundia, como la Ultra Pirineu, la Mustang Trail Race (168 km), la subida al Annapurna o la victoria en el Salomon Skyline de Escocia, de 118 km y 4.000 metros de desnivel. Y no es cosa del pasado. Hace poco más de un mes era segunda en la Desert RATS Trail Running, en Estados Unidos. En total, en lo que lleva de trayectoria, acumula 23 podios (10 oros, 10 platas y 3 bronces) en 31 carreras oficiales. Una barbaridad. No hay duda de que hablamos de una de las mejores, si no la mejor, atleta de trail de la última década.

Ayudar mientras corre

Todo eso, además, compaginado con una labor social de la que, afirma, se siente obligada moralmente a llevar a cabo. Por lo que significó para ella el deporte. El atletismo. La rotura de todos los estereotipos de su sociedad para poder volar y ser libre. Mira Rai no es solo un símbolo de esperanza para su país, que lo es. También ayuda de manera física. Material. Tangible. Mediante la Mira Rai Initiative entrena a niñas de aldeas rurales de su país para que se formen como atletas. El programa también proporciona fondos para becas con las que poder vivir, gozar de una buena educación y alimentación, dar clases de inglés, formarse como guías de montaña... Colaborar, en definitiva, a que las mujeres nepalíes puedan ser independientes desde el punto de vista socioeconómico.

Y quién sabe. Quizá, así lo desea ella, en un futuro muchas niñas y mujeres podrán ondear, como ella hizo nada menos que en el Mont Blanc, la bandera de Nepal al llegar a la línea de meta. Sin tener que haber formado antes parte de una guerrilla.

Este artículo forma parte del libro Heroínas a través del deporte, del mismo autor. Una colección de 25 historias de mujeres deportistas que iniciaron nuevos caminos, rompieron barreras y trascendieron en las generaciones venideras, en la línea del artículo que acaban de leer.

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