Ni chicles, ni camisas con bolsillos, ni zapatos con suelas dentadas. Y, por supuesto, nada de móviles. Como excepción, nos dejan entrar con cámara y grabadora. Para acceder a la zona de alta seguridad del cuartel general de Namibia Diamond Trading Company (NDTC) en Windhoek, hay normas estrictas. También tres puertas dobles que solo se abren con acreditación, escáneres y cámaras en cada recodo. Aquí se procesan, clasifican y preparan para su venta dos millones de quilates al año.
Todos los diamantes que se extraen en Namibia cruzan por estas oficinas, inauguradas en 2007. Es el cuello de botella estratégico de la cadena de valor: el momento en que el diamante pasa de la mina al mercado. Solo hay 10 compradores con acceso a su producción —sightholders, en la jerga minera—. Entre ellos, André Messika LTD, la empresa homónima que un diamantero tunecino fundó en los años setenta y de la que hoy sus hijos, Ilan y Ben, son consejero delegado y director estratégico, respectivamente. Aunque a pie de calle el apellido sea más conocido por la firma que su hija Valérie (París, 49 años), creó en 2005 y que, con 600 tiendas y un enfoque irreverente, juega en la liga de los grandes. Acostumbrada a hacer bailar diamantes, no puede (ni quiere) moderar su sorpresa. “Incroyable”, repite ella. No es su primera vez en Namibia, pero sí la primera que cruza las puertas de NDTC y se encuentra frente a las pilas de piedras alineadas en una larguísima mesa, clasificadas por tamaño, color y forma. “La gente necesita entender todo lo que hay detrás de un diamante natural. No se comunica lo suficiente que en África mucha gente vive de ellos de forma legítima”.
NDTC es el eje de un sistema que rompió el patrón colonial, vigente hasta la independencia de Namibia, en 1990. El país, que fue durante ocho décadas productor sin soberanía sobre su recurso más valioso, hoy no se limita a recaudar impuestos por dejar a otros explotar sus recursos: es copropietario de las minas, del sistema de comercialización y del beneficio final. De cada dólar generado por diamantes, 80 centavos van a las arcas públicas. Los sightholders de NDTC deben procesar sus gemas en el país: es el quid de una cadena de valor de la que Messika, especializada en piedras de entre 1 y 20 quilates, es eslabón clave. El 95% de los trabajadores son namibios y un 50% discapacitados. Los empleados locales poseen el 25% de las acciones. Todos ganan. Namibia captura valor, industria, empleo y soberanía. Messika, acceso estable a uno de los orígenes más valiosos del mundo, control del proceso desde el origen y trazabilidad acreditada. La cual, defiende Ilan (París, 32 años), para ellos no es una opción sino un imperativo: “Sin factura, no hay trato”. Solo compran de fuentes acreditadas y esa exigencia, añade Ben (París, 25 años), apuntala la confianza de sus clientes.
Namibia es de los pocos países productores que ha logrado controlar el viaje del diamante desde el origen. La idea de certificar su procedencia empezó a fraguarse en los años noventa, cuando “diamantes de sangre” entró en el léxico del primer mundo. El primero fue KP en 2003. RJC, en 2005. Fairmined, en 2014. “Cuanta más regulación y transparencia, mejor”, afirma Ben.
Pero ¿por qué conformarse con un papel? La manufactura de Messika en Namibia fue la primera del mundo en implantar un sistema de trazabilidad que no se basa solo en documentación administrativa. Desde 2020, cada diamante pasa por escaneos digitales que registran su anatomía y generan un perfil único e inalterable. Todo empieza en una sala que llaman The Galaxy. La piedra se introduce en una máquina —básicamente, una resonancia magnética—, y en 20 segundos desvela en una imagen 3D su anatomía: peso, claridad, color, fluorescencia, inclusiones. Una suerte de mapa que sirve para planificar el tallado y queda vinculado a un certificado, asociado al número GIA grabado en el filetín con un código QR que muestra en vídeo el viaje de la piedra.
Hoy los diamantes de conflicto representan, según el Proceso Kimberley —el único sistema de certificación internacional respaldado por la ONU—, menos del 1% del comercio mundial. La aguja del debate se ha desplazado a las gemas sintéticas. “Los diamantes naturales no son solo un producto de lujo. Para países como Namibia son un pilar de desarrollo nacional. Sus ingresos construyen colegios, hospitales, infraestructura y estabilidad económica a largo plazo”, defiende Feriel Zerouki, presidenta de World Diamond Council. “Los de laboratorio no crean empleo en las comunidades mineras, no sostienen los presupuestos nacionales ni contribuyen a la diversificación económica de los países productores”.
Si en 2020 la proporción de naturales y de laboratorio despachados en las joyerías norteamericanas era de 90-10 a favor de los naturales, hoy es de 54-46. Más baratas que su homólogo natural, el atractivo de las piedras de probeta es económico. También su punto débil. El precio medio de un anillo de pedida, por quilate, ha caído de 3.240 dólares a 1.400. “El eslogan en el último JCK de Las Vegas [la mayor feria del mundo para profesionales de la joyería] era: ‘Compra diamantes de laboratorio, paga solo el oro”, reseña Ilan. “El mercado empieza a distinguir que no son lo mismo”, apuntala Ben.
Aunque química y estructuralmente idénticos, no tienen el mismo valor. “Es un problema de narrativa y percepción”, sopesa Ilan. “Un diamante natural es una gema infrecuente formada por la Tierra durante billones de años, producto del tiempo, la geología y el azar; uno sintético se fabrica en semanas mediante procesos tecnológicos intensivos en energía. Son historias distintas, y deberían entenderse y valorarse así”.
“Estoy seguro de que habéis investigado el peso económico de los diamantes para Namibia”, dice Brent Eiseb, CEO de NDTC. Correcto: el 7% del PIB, el 30% de sus exportaciones, unos 4.000 empleos directos. “Pero también tienen un valor humano incalculable. Yo soy hijo de los diamantes. Sin ellos no habría tenido las oportunidades que me han traído aquí. Y mucha gente, igual”. María entró en la manufactura de Messika en 2007 como limpiadora; hoy controla cada gema que entra y sale como stock control manager.
“Namibia es un gran ejemplo de lo que se puede construir”, apunta Ilan. “Ignorar esta realidad sin reconocer la riqueza y el valor a largo plazo que generan los diamantes no solo es una lectura errónea, sino peligrosa. Plantea el riesgo de debilitar economías y medios de vida”. También de desplazar valor y empleo a otros lugares como China y EE UU, donde operan los grandes laboratorios de gemas sintéticas. “Defender el diamante natural hoy significa contar toda la historia: la trazabilidad, la gobernanza, la beneficiación, el impacto local”, dice Ilan. Las gemas namibias son más puras, más grandes, con menos fracturas internas. “Un diamante G de otro lugar, seguramente bajará a I al pulirlo. Uno namibio, subirá a F”. La letra, de la D a la Z, se refiere al color, uno de los cuatro pilares de la jerarquía gemológica.
La primera piedra de la industria diamantera namibia la encontró Zacharias Lewala, trabajador ferroviario, en 1908, durante la construcción de la línea entre las ciudades de Aus y Lüderitz de esta por entonces colonia alemana. Hoy, más del 70% de sus gemas sale de la costa. Junto con Sudáfrica es el único país del mundo que extrae diamantes del mar. La diferencia entre un diamante de minería terrestre y otro de marina es palpable. El primero es anguloso e irregular; el segundo, suave, como un canto rodado. Pero el quid es interno: la fuerza del agua deja una producción pequeña en volumen pero excepcional en pureza, color y potencial de talla.
La proporción de piedras importantes que pasan por NDTC es alta. Las de más de 10,80 quilates van a una sala aparte, con extra de seguridad. Nos dejan sostener un ejemplar del tamaño de una castaña. Unos 60 quilates, calcula Ilan. Cuando lo tallen, se perderán cerca de la mitad. “Es lo habitual”. Talla pera, vaticina, por su forma ovalada. “Las piedras dictan el diseño. Hablan; tienes que escucharlas”. Aunque las tendencias también tienen voz y voto. Ahora gustan la marquesa y la cojín antiguo, por el anillo de pedida de Taylor Swift. “Extraer diamantes es como abrir una bolsa de M&M’s: no sabes lo que te va a tocar. ¿Y si el mercado solo quiere rojos?”, plantea Ben. No siempre la mejor gema es la más apreciada. El valor lo marca la demanda. En EE UU premian el tamaño. En China, el color. “Hay que saber adaptarse”.
La gema más grande que han pulido en la manufactura de Namibia tenía 60 quilates. El más grande que han comprado, 110, de la mina botsuana de Lucara. Se hicieron con él en 2020 y, nada más verlo, Ilan supo que era perfecto para su hermana. Valérie lo cortó en 15 piedras que dieron forma al collar Akh-Ba-Ka. Aquella piedra motivó su primer viaje a Namibia. “Le dijimos que tenía que ver de dónde venían sus diamantes”, recuerda Ben. Fue el catalizador de la colección Terre d’Instinct, celebración del 20º aniversario de la firma y un homenaje a Namibia. “A sus paisajes, su gente, lo que representa. África es la cuna de los diamantes más bellos del mundo, y ese vínculo es fundamental para Messika”, dice Valérie. Mostrarnos todo lo que hay detrás es su forma de defender su verdadero valor. “No tienen el precio que merecen. Son demasiado baratos”.

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