¿Superará Vox la barrera del 20%? (¿y descenderá el 15-M a los infiernos?)

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María Dolores García García

Lola García

19/03/2026 06:00 Actualizado a 19/03/2026 06:21

Las elecciones autonómicas de los últimos meses han permitido constatar que el PP ya no abjura de los pactos con Vox para gobernar en España, al contrario. Alberto Núñez Feijóo ha asumido que Santiago Abascal será su compañero de viaje si quiere llegar a la Moncloa. Lo que se dirime en esta sucesión de comicios que acabará en verano en Andalucía es en qué condiciones llegan ambos partidos para llegar a un acuerdo. De ahí que los resultados en Castilla y León fueran recibidos con euforia en la calle Génova, ya que Vox ha dado síntomas en esa cita de tocar techo. Por el otro lado del espectro político, la conclusión principal de este ciclo electoral es que el PSOE resiste, pero sin un complemento sólido a su izquierda sus opciones de competir se reducen sustancialmente. Ya no se trata simplemente de que Sumar y Podemos concurran juntos, sino de la constatación de que el proyecto impulsado por el 15-M de hace ahora quince años puede darse por agotado. Esos son los dos escenarios que se abren paso.

En las generales de 2023 Vox logró un 12,5% de los votos y 33 diputados en el Congreso. Los de Abascal persiguen el 20%, no solo porque constituya una barrera psicológica, sino porque la ley electoral permite saltos en la representación importantes con un crecimiento porcentual aparentemente menor en función de los territorios. Con un 18-19% de los votos podría situarse en más de 70 diputados en la Cámara baja. Aunque no puede hacerse un paralelismo claro con lo que ocurrió con Ciudadanos o con Podemos porque cada electorado se distribuye de forma diferente, hay que recordar que los morados lograron pasar de 35 diputados con el 12,8% a los 71 escaños de 2016 con el 21% de los votos. De la misma forma, la formación de Albert Rivera pasó de los 32 diputados con el 13% a los 57 con el 15,8%.

¿Qué nos dicen las últimas convocatorias electorales? En las elecciones extremeñas Vox logró pasar de 5 a 11 escaños con un 16,9%. En las de Aragón también dobló su representación de 7 a 14 diputados con un 17,9%. Y en Castilla y León sólo subió un escaño, de 13 a 14, con un 18,9%. Por este último resultado, se especula que ha alcanzado su techo, pero también es verdad que en todo caso lo habría hecho con un porcentaje muy elevado. Así pues, podría concluirse que la progresión ascendente de ese partido es indiscutible, aunque la meta del 20% sigue siendo, por ahora, una aspiración que no está ni mucho menos garantizada. El “asalto a los cielos” que un día proclamó Pablo Iglesias no parece todavía al alcance de Abascal. Lo que sí tiene en la mano Vox es marcarle el paso al PP.

Vox entrará en los gobiernos autonómicos con el PP antes de las elecciones andaluzas para conjurar la acusación de bloqueo

Mientras la extrema derecha se mueva en esos parámetros, el PP se mantendrá como una opción sólida en ese bloque. Pero al mismo tiempo tendrá difícil dar un salto significativo que le permita mirar a su competidor con cierta displicencia. La conclusión es que están condenados a entenderse. Sin embargo, los acuerdos están resultando complicados de parir en las autonomías. La estrategia de Vox era mantenerse como un partido protesta, que recoge el malestar de determinadas capas sociales, del voto joven y de la abstención. Para eso salieron de los gobiernos regionales. Pero el PP, que inicialmente fracasó pidiendo simplemente el voto útil para echar al PSOE, en las últimas elecciones, las de Castilla y León, ha logrado rentabilizar el discurso de que los dirigentes de Vox no se atreven a asumir responsabilidades de gobierno y que, por tanto, su voto no sirve para nada más que no sea para bloquear el cambio. Sin duda, Abascal ha acusado ese golpe, además del voto que atrajo Alvise Pérez y que, según calcula Vox, le restó tres diputados por poco más de un millar de sufragios.

Vox admite que les ha pasado factura el mensaje de que rehúyen la responsabilidad de gobernar. Más que su posición sobre la guerra de Irán o las desavenencias internas. Por eso, Abascal ha decidido cambiar de estrategia y antes de las elecciones andaluzas prevé acuerdos en las tres comunidades que ya han ido a las urnas. De esta forma, Feijóo ya no podrá utilizar contra Vox el argumento del bloqueo de la gobernabilidad y para el candidato popular, Juanma Moreno Bonilla, la pregunta constante hasta las elecciones de mayo o junio será si asumirá las exigencias de Abascal también en su comunidad, donde se alzó con la presidencia gracias a un discurso moderado, fronterizo con el PSOE clásico. Vox quiere cuidar la escenografía de esos acuerdos para transmitir la idea de que cuenta con programa más allá del foco de la inmigración y con equipos, que son algunas de las carencias que se le imputan.

La izquierda espera que esa escenificación de las alianzas del PP con la extrema derecha les ayude a movilizar a su electorado en Andalucía, aunque las expectativas del PSOE en esa comunidad son más que modestas. La pieza andaluza será la más importante del tablero. Provocará de rebote un cambio de gobierno. Saldrá un puntal de Sánchez, la vicepresidenta María Jesús Montero, y probablemente su cartera de Hacienda la asumirá el actual ministro de Economía, Carlos Cuerpo. Pero eso no significa que Cuerpo se convierta en vicepresidente. A Sánchez le gustaría que continuara siendo una mujer y preferiría un perfil más político. No hay que olvidar que después de los enfrentamientos entre el propio presidente y Feijóo en las sesiones de control del Congreso, quien asume a continuación la réplica a la oposición en esa Cámara es la vicepresidencia primera del Gobierno.

Durante este ciclo electoral autonómico se ha extraído como conclusión que los candidatos menos “sanchistas” son los que mejor resultado obtienen. Pero la realidad no corrobora tal aseveración. Para empezar, el aspirante extremeño no era afín a Sánchez y obtuvo un resultado nefasto. Por otra parte, el candidato de Castilla y León, Carlos Martínez, sí ha crecido y no es sanchista. Sin embargo, tampoco ha hecho un discurso contra el presidente del Gobierno y éste ha estado presente en su campaña junto con alguien muy identificado con el sanchismo como es José Luis Rodríguez Zapatero. Dicho de otra forma, Martínez no es Emiliano García-Page, el presidente de Castilla-La Mancha, que ancla todo su discurso en representar a un PSOE crítico con Sánchez. El resultado ligeramente al alza de los socialistas en estas últimas elecciones es más bien un síntoma del efecto de la posición contra la guerra de Irán, que veremos cuánto tiempo dura.

Hay tres millones de votantes a la izquierda del PSOE que no elegirán a Sánchez que no encuentran un proyecto ilusionante

Aunque el PSOE recogió algo de voto útil de la izquierda radical o alternativa, hay tres millones de electores de ese espacio que difícilmente elegirán la papeleta socialista en unas generales, pero muchos se pueden quedar en casa. De ahí que a Sánchez le convenga que el conglomerado de esos partidos acuda de forma unitaria. Hasta ahora se ha planteado el debate sobre cómo se presentan a las elecciones. Se discutió hasta la extenuación sobre una reconciliación entre Podemos y Sumar que no llegó nunca. Gabriel Rufián lanzó una propuesta de candidatura única que tampoco tiene viabilidad. Es cierto que en Extremadura los resultados fueron buenos para este espacio y allí se mantuvo la alianza Podemos-IU. En Castilla y León no han llegado ninguno de los dos ni al 1%. La alianza entre Sumar, IU, Más Madrid y Comuns no cuenta con un candidato después de la retirada de Yolanda Díaz y Podemos sigue su hundimiento prácticamente a cada elección. El problema para todo ese espacio es que su proyecto está agotado.

Se han cumplido ahora quince años desde las acampadas del 15-M que sirvieron de impulso para la miríada de partidos liderada por Podemos. Los morados creyeron que salir del Gobierno y desmarcarse del PSOE y de Sumar les permitiría rehacerse, pero no ha sido así. Gaspar Llamazares, que fue coordinador general de IU entre el 2000 y el 2008, resumía de forma muy clara los problemas de Podemos y de Sumar para erigirse en un proyecto propio que no ejerza de mera muleta del Gobierno de Sánchez, incluso aunque los morados se muestren muy exigentes con el PSOE en el Congreso. Decía Llamazares: “Podemos recogió un momento de indignación, propició cambios puntuales, pero no pudo ir más allá. Sumar es un proyecto desvinculado del movimiento social. Hay que reconciliar ambas cosas. Si otra vez va de que hay una izquierda cobarde y otra valiente, no hay solución”. Siendo acertado el diagnóstico, probablemente las causas de la debacle van más lejos. Ni Podemos ni Sumar son capaces de ofrecer un proyecto que ilusione a su electorado. Desde hace cinco años su progresión es descendente. Están agotados los liderazgos, las promesas e incluso el lenguaje de tintes populistas que emergió de aquellas movilizaciones callejeras.

María Dolores García García

Licenciada en Periodismo y Políticas. Directora adjunta de La Vanguardia. Autora de la newsletter 'Política', que se publica cada jueves, y de los libros 'El naufragio' y 'El muro', sobre el conflicto catalán

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