‘The Boroughs’: estar vivo es seguir creyendo en monstruos

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El protagonista de The Boroughs (Netflix), curiosísima pirueta narrativa que recupera el universo cerrado para el género que reinó en los ochenta —el terror soft de aventuras—, es un hombre de edad avanzada, Sam Cooper (un insustituible Alfred Molina), que acaba de mudarse a un utópico complejo para jubilados. Lilly (Jane Kaczmarek), su mujer, ha muerto de repente. Se desplomó una noche mientras canturreaban abrazados Thunder Road de Bruce Springsteen. El puzzle que había estado haciendo saltó por los aires y de repente hubo piezas por todas partes. Piezas que no casualmente reaparecen en ese otro universo en el que Cooper se resiste a encajar al principio —el propio The Boroughs— pero del que no tarda en convertirse en pieza fundamental. ¿Le estaba el complejo esperando para atacar? Un momento, ¿ese sitio ataca?

No exactamente. Es decir, el sitio es un aparentemente idílico lugar de retiro, una ciudad de cartón piedra, el mencionado universo cerrado —la isla de Perdidos, el barco de Los Goonies, sobre todo, la ciudad de Stepford del clásico de Ira Levin, Las mujeres perfectas—, tan agresivo mercadotécnicamente que nada más allá de él existe. De hecho, está en mitad del desierto. Nuevo México. En concreto, el Albuquerque de Vince Gilligan (el de Breaking Bad, el de Better Call Saul), ya convertido en favorita backroom al aire libre de lo distópico presente. Sí, es el Albuquerque de Pluribus. El del penúltimo fin del mundo televisivo. ¿Se ha acabado también el mundo en The Boroughs? No, en The Boroughs hay un monstruo. Y es curioso. Es un monstruo de armario. O algo parecido. Pero uno que acecha a otro tipo de niños. Los que ya no tienen mucho que perder.

Clarke Peters, Alfre Woodard, Alfred Molina y Geena Davis, en 'The Boroughs'.COURTESY OF NETFLIX

Decir que The Boroughs, como se ha dicho, es un Stranger Things “para mayores” —sí, los hermanos Duffer producen la serie, pero también acaban de producir Algo terrible está a punto de suceder y nadie ha dicho que sea Stranger Things “para futuros marido y mujer”— es tratar de simplificar una ficción que, sin pretender tanto como aquella, no deja de explorar un terreno interesante y prácticamente virgen para el género (de terror) contemporáneo. Y no sólo el contemporáneo. Porque ¿en qué otro momento ha sido la edad reducida a un tema de conversación, y se ha permitido que hombres y mujeres de más de 70 salven el mundo? Puede que el capitalismo esté buscando desesperadamente nuevos públicos, pero bienvenido sea su esfuerzo si sirve para incluir —ser inclusivo contando como activos a otros niños, esos que, tarde o temprano, seremos todos.

“Todos estamos intentando descubrir qué hacer con el tiempo que nos queda. Los jóvenes y los viejos”, dice, en un momento determinado, Jack (Bill Pullman), el vecino entusiasta del gruñón Sam (Molina). Bromas aparte —hay citas a Paulo Coelho, escritas y dichas jocosamente a propósito: suenan ridículas y, sin embargo, dicen verdades—, se diría que esa frase está en el centro de lo que subyace en la aventura monstruosa —hay “un búho en las paredes” y su sangre brilla en la oscuridad y tiene aspecto de araña o de, simplemente, “cosa”— que proponen Jeffrey Addiss y Will Matthews, sus creadores. Aunque de lo que verdaderamente trata es de seguir siendo tú mismo cuando parece que todo ha acabado. ¿O no es fundamental que haya un médico, un ingeniero, una periodista y hasta una ejecutiva en esa extrañísima isla desierta?

Alfred Molina, en un momento de la serie 'The Boroughs'.COURTESY OF NETFLIX

El duelo, con sus posibilidades desestabilizantes —¿estás viendo lo que crees que estás viendo o el trauma está haciendo que lo veas?—, y una rebeldía inevitable —la de aquel a quien han dado por sumiso sin serlo— hacen el resto, acompañado de una diversidad de vejeces —entre las que destaca la de la operadísima Geena Davis, cuya inmovilidad facial resulta inquietantemente terrorífica— y una ambientación que retrocede visualmente en el tiempo, y lo borda. La música de John Paesano, el discípulo más aventajado de John Williams (el hacedor de todo, desde Tiburón hasta Jurassic Park pasando por Star Wars), merece una mención aparte. Ella hace de un misterio aparentemente horripilante, pura ilusión. Vida. Porque estar vivo es también y sobre todo seguir creyendo en monstruos (y milagros).

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