Trump, el presidente hiperactivo

Hace 2 días 1

En unas semanas, Trump ha capturado a Nicolás Maduro en Caracas, ha reafirmado su deseo por Groenlandia y ha amenazado con bombardear Irán. Trump esboza el perfil de una potencia que se parece cada vez más a los viejos imperios.

Donald Trump quiere ver su cara esculpida en el Monte Rushmore, junto a los grandes presidentes de EE.UU.

Donald Trump quiere ver su cara esculpida en el Monte Rushmore, junto a los grandes presidentes de EE.UU.REDACCIÓN / 

Han pasado apenas tres semanas desde que Donald Trump ordenó la captura de Nicolás Maduro en el complejo militar de Fuerte Tiuna (Caracas) por un comando de la Delta Force. La operación en la capital venezolana no fue una hazaña militar como a él le gusta explicar. Pero sí ha sido excepcional lo que ha venido después: mantener el régimen chavista en el poder a cambio de que le garantice la apropiación del petróleo. Parece una decisión propia de la Era de los Imperios, título que eligió el historiador Eric Hobsbawm para delimitar el período que discurre entre los años 1870 y 1914.

El golpe en Caracas dio verosimilitud a las amenazas lanzadas por Trump de anexionarse nuevos territorios. Ahora sabemos que lo de Groenlandia no era una excentricidad. Quiere quedarse con la isla.

El trabajo del presidente ha sido intenso estos días. Ha animado a los iraníes, exhaustos por el colapso del régimen de los ayatolás, a salir a la calle y a asaltar las instituciones. Les ha dicho que la ayuda estaba en camino y, al final, los ha dejado en la estacada (en las protestas han muerto 2.000 personas). Finalmente, ha nombrado un consejo de tecnócratas para Gaza en el que hay familiares, financieros y viejas glorias.

Los EE.UU. de hoy se parecen bastante a los imperios de ayer. Hay un centro y hay una periferia de la que la metrópolis extrae las riquezas y los recursos que necesita. Sorprende que medio siglo después de un año esperanzador como 1989 y el avance de un orden internacional basado en reglas, lo que haya venido sea el imperio. Pero así es la historia. Después de una era liberal dominada por el mercado, llega otra neomercantilista e imperial.

Quien mejor ha definido este giro ha sido Stephen Miller, quizás el hombre que más influye en las decisiones de Trump: “Vivimos en un mundo en el que puedes hablar todo lo que quieras sobre sutilezas internacionales, pero vivimos en un mundo, en el mundo real que está gobernado por la fuerza, gobernado por el poder”.

El imperio de Trump está guiado por la búsqueda de recursos. Compite con otro imperio con corte en Pekín, al que hace dos décadas la elite de Washington identificó como adversario. Lo que no evitó que China se extendiera por Latinoamérica para aprovisionarse de materias primas. El golpe en Caracas, proveedor de petróleo a China, ha sido un aviso que ha reverberado en todo el continente.

La frenética carrera por la Inteligencia Artificial ha acentuado esa competición. El término imperio, en realidad, se ajusta bien al funcionamiento de la oligarquía tecnológica que apoya al presidente. Requiere cantidades ingentes de energía, traspasan fronteras y dictan a las naciones lo que deben pensar.

A Trump le motiva la posteridad, la exhibición de poder. Una de las escenas que más ha disfrutado el presidente ha sido la reunión en la Casa Blanca con los ejecutivos de las grandes petroleras para pedirles que inviertan en Venezuela y que estos le hayan agradecido la invitación.

En esa línea, en el apetito por comerse Groenlandia hay tanta estética como contenido. Sobre el papel, EE.UU. necesita la isla por razones de seguridad nacional, a la que ve rodeada de barcos chinos y rusos. La quiere porque en el subsuelo hay tierras raras y otros recursos.

Pero si explotar el petróleo venezolano llevará cinco años, la explotación minera de Groenlandia tardará al menos diez. De hecho, cuando empezó a interesarse por la isla, Trump pensaba en ella en términos inmobiliarios. Desconocía su valor¿Por qué entonces la urgencia? Por la voluntad de dominio. Por el mapa y la bandera sobre el hielo ártico. “Groenlandia es psicológicamente importante para mí” dijo en una entrevista a The New York Times.

La posteridad. En 2018, la primera vez que Trump conoció a Kristi Noem, congresista por Dakota del Sur, le dijo que su sueño era ver esculpida su cara en el Monte Rushmore, panorámica escultura que representa a George Washington, Thomas Jefferson, Theodore Roosevelt y Abrahan Lincoln. Representan el nacimiento y posterior expansión de la nación. ¿Por qué no él? De momento solo ha conseguido que la venezolana María Corina Machado le regale la medalla del Nobel de la Paz.

Trump ha sembrado el caos, pero quiere más poder para EE.UU. y actúa como el matón de un patio de colegio. Respeta a quien teme (Rusia y China). Y golpea a los que no teme. En lo que va de mandato ha bombardeado siete países. Pero solo volverá a bombardear Irán si creyera que puede obtener un resultado inmediato. Y no va a ser así.

La guerra por los recursos y los sueños de posteridad marcan la política del presidente

Muchos comparan el actual caos con los años 30 del siglo XX. Pero también hay quien lo relaciona con los años 1870-1914, período de transición entre grandes potencias. Gran Bretaña dominó el mundo con la Revolución Industrial y alcanzó el cenit en esos años. Pero para entonces, Estados Unidos y Alemania, las dos gracias a haber adoptado y mejorado la tecnología británica, estaban ya a su altura. En 1914, aunque ellos no lo percibieran, Gran Bretaña era ya solo una potencia europea. Y Estados Unidos, la potencia mundial.

Vista de ese modo, la hiperactividad de Trump sería un reflejo de la crisis de la hegemonía de EE.UU., que ha gobernado el mundo en solitario desde 1989 hasta que ya no ha podido garantizar el orden mundial. ¿Está China a las puertas de tomar el relevo? ¿O es que quizás ya lo ha hecho y no nos hemos dado cuenta?

Ramón Aymerich Piqué

Redactor jefe de Internacional

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