A las 20.08 del domingo el alcalde de Adamuz, Rafael Ángel Moreno, de 39 años, recibió una llamada del servicio de Emergencias 112 Andalucía. Le avisaban de que un tren había descarrilado 23 minutos antes a las afueras de su municipio. Había poca información más, pero en ese momento comenzó el mayor dispositivo en la historia de esta pequeña localidad cordobesa rodeada de olivos, montes y campos de cereal a orillas del río Guadalquivir. Buena parte de sus 4.000 habitantes se movilizaron desde entonces para rescatar y ayudar a los más de 500 viajeros de los trenes involucrados en la tercera mayor tragedia de la historia ferroviaria de España. El pueblo se volcó con los heridos leves mientras bomberos, agentes de la Guardia Civil y profesionales sanitarios atendían a los más graves en un trabajo que no cesó durante toda la noche.
Tras la inesperada conversación con el equipo del 112, Moreno avisó sus concejales de que algo grave había pasado. “Nos pusimos en lo peor y empezamos a preparar todo para atender a los heridos lo mejor posible”, cuenta Belén Moya, concejal de Seguridad y, también, coordinadora de Protección Civil en la localidad, donde hay apenas una docena de efectivos.
Moya activó a su equipo, pero también a los de la comarca. Es lo mismo que hizo el jefe de la Policía Local, Antonio Ruiz, cuyo cuerpo policial apenas cuenta con tres agentes en el municipio más un cuarto de prácticas. “Llamamos a Lucena, Montoro, El Carpio, Villafranca, La Carlota, El Carpio, Villanueva de Córdoba, Pedro Abad o la propia capital y sumamos así muchos efectivos”, explica el responsable policial, que fue uno de los primeros en llegar a las vías.
Antes lo había hecho el alcalde, que se había subido al coche de un agente municipal y se había desplazado hasta el edificio técnico de Adif. Cerca de allí se produjo el descarrilamiento del tren que iba desde Málaga a Madrid, en un punto ubicado a unos cinco kilómetros de distancia por una vía de tierra. “Había mucha gente que había salido de su propio pie de los vagones, pero quedaban los tres más afectados y nos pusimos a sacar gente de allí. Hasta que nos dijeron que había otro tren más abajo y estaba peor. Es que no se veía porque estaba todo a oscuras”, subraya el regidor, que de camino se encontró a una persona deambulando que le avisaba del horror que se iba a encontrar. “Las imágenes eran dantescas”, recalca el alcalde. Entonces empezó a ayudar a los heridos y vio que llegaban refuerzos: una veintena efectivos del Consorcio Provincial de Bomberos, que se habían desplazado desde Montoro, a unos 15 minutos de Adamuz. Y los primeros de los 220 uniformados que movilizó la Guardia Civil, con agentes de todas las unidades y comandancias de distintas provincias.
El alcalde se apartó, dejó trabajar a los profesionales y empezó a organizar a su equipo desde las vías. “Él nos iba diciendo lo que hacía falta: mantas, coches para llevar a los heridos a los hospitales, más ambulancias. De todo”, destaca Belén Moya, que repetía esas necesidades a grupos de WhatsApp del pueblo. También llamó a varias empresas de transportes del entorno. En pocos minutos había cuatro autobuses camino del lugar del accidente y otros dos quedaron aparcados en el pueblo, a la espera y para no saturar la estrecha vía por la que también circulaban decenas de ambulancias. Igualmente, algunos vecinos fueron con furgonetas y vehículos todoterreno para trasladar a los primeros heridos directamente a los hospitales más cercanos, especialmente el Reina Sofía de Córdoba, a algo más de media hora por carretera. Otros, como Gonzalo Sánchez, trasladaban a heridos y rescatadores entre los dos trenes, según le iban pidiendo. Este vecino dice que jamás olvidará las manos que salían de las ventanillas de uno de los vagones volcados pidiendo ayuda. “Pero no podíamos hacer nada porque era imposible levantarlo en esos momentos”, explica.
“Era muy angustioso”
El gobierno local empezó a habilitar instalaciones públicas para acoger a los viajeros leves o ilesos. Primero fue la caseta municipal, donde se reunieron decenas de residentes movilizados a través de redes sociales. Unos llevaban mantas, otros alimentos, agua o estufas para calentar el frío ambiente del recinto, parecido a una nave industrial. Después se abrió también la escuela de música y la iniciativa privada aumentó la oferta: abrió la cooperativa y varios alojamientos turísticos se pusieron a disposición del ayuntamiento, como también hicieron dos hermandades con sus sedes, que rápidamente se llenaron de ayuda. También abrió la iglesia.
Los primeros heridos empezaron a llegar alrededor de las once de la noche. “Era muy angustioso ver venir a tanta gente herida. Los graves necesitaban traslados porque algunos podían fallecer y a los demás les atendimos como pudimos”, explica Rafael Prados, párroco local, que también se sumó al operativo de ayuda. A esa hora la Junta de Andalucía que tras poner en alerta al Hospital de Andújar y al Virgen del Rocío de Sevilla, activó el protocolo de grandes catástrofes del Reina Sofía de Córdoba. También había montado ya un hospital de campaña junto a uno de los trenes accidentados y ya habían llegado equipos de Grúas Barea para iluminar y aportar maquinaria para participar en el rescate. También lo había hecho la Unidad Militar de Emergencias (UME). El último viajero con vida salió de las vías ferroviarias a las una de la madrugada. A partir de ahí ya solo quedaban fallecidos.
De manera voluntaria, cada sanitario de Adamuz —auxiliares de clínica, médicos, ATS o hasta estudiantes de Medicina— ofrecían una primera atención a cada viajero para conocer su estado de salud. Llegaron por decenas desde las once de la noche. La caseta municipal parecía, por momentos, zona de guerra. Había decenas de personas esperando ayuda, caras de desconcierto, multitud de profesionales con chalecos reflectantes que iban y venían. Los heridos más graves salían en ambulancia a toda velocidad por una carretera cortada solo para ellos y el resto de víctimas ilesas se encontraba a mitad de camino entre la resignación por lo vivido y la suerte de salir con vida. “Vi golpes en la cabeza, personas con fracturas que venían en camilla, gente con muchas heridas y que sangraba mucho. Había de todo y eso que eran los que en principio se encontraban mejor”, explicaba Julio Pastor, de 22 años, que acudió a poner su granito de arena.
La ayuda vecinal colmó las necesidad es de los viajeros que, poco a poco, fueron abandonado las instalaciones municipales. Unos lo hacían en vehículos sanitarios, otros con sus familiares que habían llegado en coches privados y algunos esperaron a los autobuses. A las dos de la mañana partió el último de ellos hacia Huelva con unas 40 personas. Un poco más tarde llegaron las madres de tres chicas de Toledo que fueron las últimas en partir. En ese momento el convoy de la UME tomaba rumbo a su base. Mientras, el hogar del pensionista comenzaba a recibir a personas que no habían conseguido contactar con sus familiares. Allí les atendía un equipo de psicólogos, que iba anunciando con discreción las personas fallecidas que se iban identificando. “He visto desmayos, gente llorando. Ha sido durísimo”, decía el responsable del bar del centro de mayores, Antonio Pérez, de 53 años.
El alcalde, que no durmió en toda la noche, como gran parte de su equipo, había dejado ya paso a los profesionales que se hacían cargo del operativo de rescate en el lugar del accidente. Allí acudían agentes del Equipo Central de Inspecciones Oculares de Criminalística y personal que participó en la dana de Valencia para proceder a la identificación temprana de las víctimas, así como las unidades caninas que apoyaban en la búsqueda de personas. Al alba, también llegaba un helicóptero y drones de la Guardia Civil, que continuaron los trabajos durante toda la jornada junto a un amplio equipo de especialistas e investigadores que tratan de aclarar las circunstancias del accidente con el apoyo de otros 20 bomberos y distintos profesionales. A esa hora diversos operarios barrían los restos de la caseta municipal, ponían los alimentos a disposición del operativo de rescate y la prensa y doblaban las mantas que habían calentado a los viajeros en una noche que jamás se olvidará en este pequeño pueblo andaluz.
La noche de este lunes Adif aún no ha retirado los dos vagones del Alvia que terminaron en un talud y donde se encuentran aún tres pasajeros muertos sin posibilidad de ser extraídos, según el relato del consejero andaluz de Sanidad, Presidencia y Emergencias, Antonio Sanz. Aún hay tres cadáveres de pasajeros atrapados en los vagones del Alvia, “totalmente destrozados”, confirma Sanz, informa Javier Martín-Arroyo. "Es una zona de muy difícil acceso”, ilustra el consejero.
Por eso la UME regresó con unos 40 militares y dos contenedores frigoríficos, en apoyo al personal del Instituto Anatómico Forense, y esta tarde se ha requerido a un equipo de rescate para ayudar en las tereas de recuperación de los coches que cayeron por un talud a una zona de difícil acceso, informa Miguel González. Las mismas fuentes subrayan que la UME cuenta con un enlace en el puesto de mando de la emergencia, por lo que existe una comunicación permanente y una disposición total a aportar los medios disponibles que en cada caso requiere la dirección del dispositivo de rescate.

Hace 18 horas
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