A rebufo de los fuegos que torturan a media España, la imposición del sintagma "emergencia climática", como pretende Pedro Sánchez, no es un mero ajuste semántico, sino una trampa retórica que transforma un problema real de gestión tecnológica y económica de riesgos en un relato sectario e interesado de crisis existencial permanente. Esta narrativa, impulsada por sectores de la izquierda –medios como The Guardian, organizaciones como Greenpeace, figuras como Al Gore y gobiernos como el de Pedro Sánchez–, sirve a una agenda política consistente en la centralización del poder, la expansión del Estado y la subordinación de la evidencia empírica a objetivos ideológicos. No es cuestión de negar el calentamiento ni el papel del CO₂ antropogénico, sino de cuestionar el marco del término "emergencia" porque este marco sistemáticamente obstaculiza las soluciones más eficaces para adaptarnos al cambio climático: de la energía nuclear a la ética del discurso público pasando por los mecanismos de mercado.
La izquierda es hábil a la hora de remodelar la mente de la ciudadanía a través de la manipulación lingüística, del inclusivinés de la ideología de género a escribir "A Coruña" a la altura de Burgos camino de La Coruña. En el campo del ecologismo, la izquierda ha lanzado campañas de desprestigio contra Norman Borlaug, el fundador de la revolución verde, o ha impulsado, para el caso que nos ocupa, el lanzamiento propagandístico del término "emergencia climática", un sofisma al servicio de justificar medidas autoritarias ya que una emergencia permite suspender el debate ordinario, acelerar regulaciones, aumentar impuestos y transferencias, y descalificar a los críticos como "negacionistas".
The Guardian ha normalizado el uso de "emergencia climática" en su estilo editorial catastrofista y escorado al ecologismo de extrema izquierda para la movilización de sus fieles. Al Gore, en Una verdad incómoda, popularizó escenarios alarmistas –subidas de nivel del mar, desaparición de glaciares del Himalaya en plazos muy cortos, etc.– que posteriormente fueron matizados o, sobre todo, desmentidos. Rodríguez Zapatero se gastó casi el equivalente de la tasación de sus célebres joyas en hacer que los bulos de Gore llegaran a los institutos de toda España, mientras que Sánchez ha declarado "emergencias climáticas" para combatir el fuego con retórica y demagogia en lugar de llevar a cabo paquetes legislativos de gasto en prevención, de regulación pro mercado y aproximaciones tecnológicas efectivas. Hay negacionismo, sin duda, pero es el de Sánchez.
La agenda subyacente no es realmente ecologista. Orwell nos enseñó que en boca de socialistas "paz" significa "guerra" y "memoria democrática" significa "borrado de nuestros crímenes", lo que llevado al terreno ecologista implica que "salvar el planeta" significa más Estado, más burocracia climática, más control sobre la producción y el consumo, y una moralización del debate que convierte la disidencia técnica en herejía ética. El cambio climático se presenta no como un problema de externalidades que requiere un marco que fomente precios transparentes, innovación progresista y adaptación conservadora, sino como el presunto síntoma de un sistema económico "insostenible" que debe ser transformado de manera que alimente al Leviatán estatal. Sánchez se apoya en corrientes de la ultraizquierda vinculadas con el decrecimiento, la "justicia social" climática y la crítica al capitalismo, que se usa como chivo expiatorio del nihilismo en el que ha desembocado una izquierda que ha claudicado de sus utopías y solo trata de implantar una distopía de vigilancia, control y sometimiento. Véanse las jóvenes camadas del ecologismo de izquierdas vandalizando pinturas en los museos occidentales –en China, Cuba y Arabia Saudí no se atreven–. Sánchez es la encarnación del Big Brother orwelliano teñido de verde, enemigo de los agricultores y los ingenieros, y que en lugar de soluciones tecnológicas efectivas favorece a lobbies que buscan capturar subvenciones y representan nuevas posibilidades de seguir parasitando el presupuesto público.
Ningún ejemplo ilustra mejor el coste de esta agenda que la oposición ideológica a la nuclear, como denuncia en estas mismas páginas el operador nuclear y divulgador científico Alfredo García. La nuclear es la única fuente de electricidad a gran escala de baja intensidad y con huella mínima de carbono. A la ola nuclear se suman cada vez más países que apuestan por la modernización ecológica a fuer de tecnológica. Sin embargo, Greenpeace y buena parte del movimiento ecologista histórico han mantenido una oposición dogmática, heredera del extremismo ideológico de los años setenta y ochenta. España, bajo gobiernos de distinta orientación pero con fuerte influencia de la narrativa verde, ha mantenido un calendario de cierre nuclear que prioriza la corrección política sobre lo que es correcto en términos tecnológicos, económicos y, sobre todo, éticos.
El término "emergencia climática" le funciona a Pedro Sánchez como una cortina de humo, ya que convierte un problema de gestión de riesgos en una justificación permanente para más intervención estatal, más sermones hipócritas y más magufería tecnológica. Prioriza la consigna ideológica sobre la física de la energía, las tecnologías eficientes y los incentivos de mercado. Una política racional trataría el clima como un problema de ingeniería y economía política que fuese capaz de asignar precios correctos, fomentar la tecnología nuclear de manera complementaria –no sustitutiva– de las renovables y sostener un discurso público que no convierta cada desviación de la línea oficial del Partido en herejía. Sánchez a estas alturas se cree una mezcla de Pétalo, Burbuja y Cactus, pero en realidad se ha convertido en una combinación del mago de Oz, el oso Lotso y Xi Jinping.

Hace 3 días
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